lunes, 6 de junio de 2011

Alfonsín eligió el pragmatismo sin límites que caracterizó al menemismo de los ’90

Cuando finalizaba 2010, en el bloque radical se decía que con la llegada a la conducción de un representante del alfonsinismo se terminaría la derechización que representaba la presidencia del cordobés Oscar Aguad. Sin embargo, la tarea del elegido, Ricardo Gil Lavedra, no difirió mucho de su antecesor. En todo caso, demostró que el desplazamiento hacia un pensamiento conservador, y por momentos reaccionario, es lo que predomina en la UCR. 
Eso es lo que lleva a Ricardo Alfonsín a reproducir en su carrera a la presidencia lo que fue la experiencia del Grupo A en el parlamento. La prueba es la participación de representantes del menemismo en la fórmula presidencial con Javier González Fraga o la postulación a gobernador por Buenos Aires del diputado Francisco de Narváez. Toda una definición.
En estos últimos tiempos, la UCR sobresalió no por ser el gran partido tradicional aspirante a ser el de la alternancia democrática, sino más bien por su giro ideológico, dejando en el pasado ese papel de referente progresista para concentrarse en disputar, con el PRO de Mauricio Macri, la conducción del espacio conservador. Los bloques de diputados y senadores del radicalismo fueron desde el 1 de marzo de 2010 los que condujeron la tarea de imponer proyectos que tenían como objetivo debilitar al gobierno nacional a través del desfinanciamiento del Estado. Basta con recordar los intentos de coparticipar el impuesto al cheque, terminando con el aporte que hace la ANSES o la imposición del 82% móvil para las jubilaciones.
Los radicales, y ya con Alfonsín hijo entre los curules del bloque, trabajaron duro en esos intentos que terminaron en fracaso. Entre los que acompañaron esas iniciativas estuvieron sus viejos aliados socialistas y del GEN que conduce la ex radical Margarita Stolbizer.
En ese armado parlamentario, es bueno recordarlo, también estaban los peronistas federales, donde abrevan menemistas como el propio De Narváez.
Con la decisión de Alfonsín de preferir como socios a los menemistas se podría decir que el otrora partido libertario, defensor de las instituciones democráticas y la República, hizo un giro copernicano. El hijo del ex presidente se inclinó por el desenfadado pragmatismo que caracterizó al menemismo durante los ‘90, cuando abandonó las banderas de la justicia social del peronismo para abrazar sin vergüenza el neoliberalismo. Alfonsín no lo demostró ahora con la elección de su compañero de fórmula, el ex presidente del Banco Central durante los ‘90, sino que en realidad es el corolario de lo que vino realizando en el Congreso.
Los socialistas y los legisladores del GEN no es que sean realmente de izquierda, pero demostraron tener algo más de vergüenza. Poco a poco fueron desligándose de la influencia suicida de la Coalición Cívica que conduce Elisa Carrió, para acompañar, aunque más no sea con las firmas, los despachos de comisión de proyectos como el que declara de interés público la producción, distribución y venta del papel para diarios.
Ahora bien, la incógnita por develar debería ser si estas decisiones y alianzas electorales afectarán el desarrollo de la tarea parlamentaria de la oposición. Es más que probable que nada suceda, que nada cambie.
Desde el comienzo de las sesiones ordinarias de este año, la agenda la escribió el oficialista Frente para la Victoria. Ante un apretado calendario electoral, donde el FPV viene imponiéndose con holgura, la oposición prefirió ceder el protagonismo en el Congreso, acordar los proyectos a debatir y evitar así nuevos papelones y más fracasos que le debiliten aún más la estantería electoral.

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