domingo, 18 de diciembre de 2016

Las ideas no se matan

Quiero responder con esta columna al estimado sociólogo Horacio Gonzalez: si lo vimos. El "macaneo" del macrismo se vio venir antes de los timbres: con los globos. Con esos globos vacíos. Con esas falsas promesas. Con ese color amarillo copiado del liberalismo conservador alemán (FDP), partido precipitado en crisis. Con ese color amarillo de pro(segur), empresa que vende seguridad privada, ante la crisis de todo lo que provenga de la esfera "pública", de la res publica. Porque ni los colores son casuales: el amarillo (amarillismo) de las radios que promueven en los taxis el sensacionalismo-amarillismo (estigmatización/linchamiento) constante. El no dialogo político.

"Seguramente pasarán muchos menos para que una verdadera movilización de las fuerzas culturales, humanísticas, críticas, analíticas, científicas y tecnológicas del país, reaccione con argumentos novedosos y congregantes ante estos macaneos vergonzosos, al gusto de una nueva clase de lúmpenes-empresarios. Hay que decirles que están secas las pilas de esos timbres que van a apretar", afirma Gonzalez.

El falso "bus“ donde Macri simula estar con "pasajeros" de verdad, es un resumen de su política comunicacional: demagogia y simulación. Vender mentiras. Puestas en escena. Globos de colores. Mise en Scene: lo único que podemos hacer desde la cultura para contrarrestar esto, estimado Horacio, es apelar a lo único que sabemos hacer: frente al marketing y el vaciamiento de las ideas y los debates (el vaciamiento de la palabra, de la noción de deber civil, frente a la banalización constante del compromiso político, frente a la banalización de la militancia), responder con la cultura, la palabra, la poesía: la política. Volver a situar el discurso político como discurso develador de verdades incómodas y criticas con el verdadero poder, aquel que como dijo Saramago, es invisible, no se muestra, y no va a elecciones. Nadie lo elige y no se hace ver: y no le gusta que lo nombren. Que lo señalen con el dedo. Y eso fue lo que se hizo durante una década: mostrar lo que no podia ser mostrado (el verdadero poder detrás del poder formal), juzgar lo que no podia ser juzgado, decir lo que estaba prohibido mencionar. Volver más democrática la cultura y la sociedad, visibilizando poderes que condicionan nuestra vida, pero no se hacen ver, no se dejan ver, no van a elecciones. Mostrando al pais la verdad. Hacerlo tiene un costo. Nada es gratis. Nada es fácil. La gran victoria de la oposición mediática fue precisamente esa: no haber enhebrado un discurso consistente propio (que no tienen), sino haberle quitado valor, espesura, "peso ético" y moral a nuestra palabra. Nos han robado la palabra. Y lo han hecho de un modo muy sencillo, ya estudiado por Ibsen y las neurociencias: la estigmatización. Con la estigmatización lograron proscribir e imponer el silencio, renunciando a todo debate politico. (Hay honrosas excepciones en todos los medios, gente digna que aun intenta debatir, dialogar, decir verdades incómodas)

Reemplazando la palabra politica (que ponia y puso esos poderes en cuestión, los nombra, los desvela en los dos sentidos de la palabra, en una ambigüedad sugestiva) por el marketing y el "managment", por el "coaching" de ocasión de gurues extranjeros. Gonzalez olvida una pata importante de la propaganda pro-amarilla-globos vacios: la estigmatización a priori del que piensa diferente. Una vez estigmatizando todo lo "K", el terreno arrasado queda listo para una verdadera puesta en escena, donde se desdibuja –desdibujada la palabra política- la linea tajante entre mentira y verdad. En el marketing nada es mentira y nada es verdad. En la política si. En el marketing la palabra no cuenta. No sirve. Se puede contratar actores para que simulen ser pobres pasajeros al costado de un camino en un bus rodeado de guardaespaldas. Esa escenificación es lo que se "ve". Lo que tenemos que hacer, Horacio, como en el caso del Bus, es mostrar el "detrás de escena", donde se esconde lo "falso" (y a su vez verdadero: el verdadero poder, que usa, incluso al presidente, junto a los otros "actores", como genuinos "títeres").
Mostrar donde están y quién mueve los hilos, incluyendo los hilos detrás del presidente, que es otro actor. Son todos actores. Por eso Duran Barba dice con razón que el "no trabaja para el gobierno ni el Pro". Está por encima. La tarea es descubrir quien es el títere y quien lo mueve. Y para qué. De qué se trata el espectáculo que vemos. A donde apunta. Donde termina. A donde nos conduce. El presidente, en ese bus falso, no es el presidente: es un actor más. Son todos actores: pasajeros falsos y ministros "falsos". Incapaces de decir la verdad. Lo único que nos queda es empezar un nuevo camino político y cultural, donde la palabra (la palabra prohibida, la palabra política, que señala a esos verdaderos poderes, que manejan los hilos) vuelva a contar. Vuelva a nombrar. Vuelva a mostrar. Donde la verdad vuelva a tener un sentido critico. Donde la mentira y la verdad no sean simples puestas en escenas, meros "relatos".

Durán Barba simplemente Horacio, vio una oportunidad y la aprovechó. Vio que los medios no generaban debate, no generan conciencia: vio que podian ser funcionales a un candidato vacío, light, anti politico. Sin programa. Sin discurso. Donde todo es show. Donde todo es como el bus detenido: algo falso. Una puesta en escena. Un engaño a la sociedad. Una falsa promesa de “cambio” en lo que no se puede cambiar. Para luego hablar de que los pobres son “estructurales”, son “estructura”, y de que todos los planes para sacarlos del pozo y el olvido tienen un enorme “costo” fiscal, que no analizan a la hora de sobreendeudar al país en los centros financieros, que solo especulan, nunca producen nada. Fugan ganancias. Juegan con el hambre.

Los medios tienen la capacidad de revertir esto, de advertirle esto a sus lectores. No lo han hecho. Ni antes ni ahora. Ni en dictadura ni en democracia se han atrevido a cruzar esa linea, a dar ese paso, que supone dejar la banalización, dejar el espectáculo, decir las cosas. (porque hacerlo supondría quedarse sin “lectores”, ese es el “precio a pagar”, dijo Rousseau: quedarse solo)

Pero ser íntegro, tener unos principios. Ettiene de la Boetie ya lo vio en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Llamar a las cosas por su nombre. De eso se trata la política. El pan y circo no quiere que las cosas lleven un nombre. Prefiere que ciertos mecanismos queden invisibles y que la política sea “distracción”, show, mirar para otro lado. No donde hay que mirar, poner los ojos. No ver. Como con el obelisco de pan dulce, 1979: 30 mil muestras de pan. Eso comieron los paseantes. Eso era el “arte”. Hoy volvemos a re-discutir el número. Pero no lo que pasó. Lo tienen que hacer (nombrar) la cultura y la política. La palabra. La reacción es empezar por asumir el discurso prohibido. No desligarse de él, siendo funcional a la apatía política y la escenificación. Mostrar que lo verosímil (el diálogo de un presidente con pasajeros de un bus detenido en Pilar) puede ser falso. Un engaño deliberado y estudiado minuciosamente: organizar y estudiar la capacidad de mentir. Eso es el marketing. Eso no es la política.
Del Blog: Será Justicia https://gcroxattoblog.wordpress.com


Cristina Fernandez de Kirchner 

lunes, 12 de septiembre de 2016


Por Roberto Caballero



Tardío homenaje le hizo un sector del PJ a Antonio Cafiero recordando su triunfo de 1987, cuando derrotó en provincia de Buenos Aires al radicalismo hegemónico posdictatorial y aseguró el éxito de la renovación peronista, jugando por afuera de un aparato partidario anquilosado. No se recordó durante la ceremonia, sin embargo, la mejor versión de Cafiero (los nombramientos de Luis Brunati, Floreal Ferrara, los Atamdos, la firme defensa de la democracia frente a la extorsión carapintada, la constitución provincial progresista), sino que sobrevoló en el NH la más edulcorada, acuerdista y bipartidaria que también habitó entre los pliegues de su pródiga figura.
La movida, en verdad, fue más un rescate a sus buenos modales que al núcleo de su legado político y, bajo una mirada más severa, reveló la pavloviana intención de un sector del peronismo por juntarse a armar una corriente que pueda surfear en la misma ola en la que hoy lo hacen el massismo y el macrismo, tras la derrota de noviembre pasado, despojándose de todo el kirchnerismo.
La figura de Cafiero, en realidad, fue una excusa para juntar lo que debería estar junto y hoy no lo está; y dejar atrás el revés electoral –con lecturas incompletas y autoindulgentes sobre sus razones- en manos de los candidatos que la encarnaron ocasionalmente, para avanzar sin lastres hacia un supuesto nuevo triunfo electoral. En el ’87 era Herminio Iglesias y su patota, que Cafiero barrió con la Renovación. En 2017, Cristina Kirchner y sus fanáticos, a quienes este armado dirigencial poskirchnerista identifica, junto a la prensa antiperonista, como mariscales de la derrota. 
Algunos de los discursos, siendo un acto peronista, sorprendieron por su escasa dosis de peronismo en sangre. Los criterios de éxito y fracaso allí expuestos fueron los de una cooperativa de reparto electoral, casi calcados a los que se escucharon en las últimas convenciones radicales que dieron vía libre al acuerdo con el PRO de Mauricio Macri. Volver al gobierno, de cualquier manera, pero volver, todos juntos, cantando la marcha. Habría que refrescarles a algunos de los dirigentes que ser peronista no es ser exitoso siempre; a veces, muchas veces, al peronismo le tocó perder. Por errores propios o por éxitos ajenos, o por ambas cosas a la vez. La historia demuestra que el movimiento nacido el 17 de octubre de 1945 atravesó golpes, proscripciones, traiciones, persecuciones, encarcelamientos, asesinatos, desapariciones, humillaciones electorales, demonizaciones y difamaciones como ningún otro espacio político nacional. Ser peronista nunca fue retozar en un lecho de rosas, porque nunca lo es discutir el patrón de distribución de la economía, convertir a las mayorías en sujetos democráticos con derechos y autonomizarse de las políticas del Departamento de Estado para la región, decisiones fundantes del primer peronismo, el clásico, el de Perón y Evita. Y también el de los años del kirchnerismo. 
Las lecturas almibaradas sobre el “ser peronista”, traducido como fatalidad exitosa permanente son un extravío conceptual. El creer que el peronismo es un partido de Estado y su razón de existir está exclusivamente atada a los triunfos electorales de coyuntura y los distritos que gobierne evita reconocer que el peronismo estuvo, del '55 en adelante, más tiempo en el llano que en el gobierno. Más en las casas y los sindicatos que en los despachos oficiales. 
Tres en los '70, 10 en los '90 y los últimos 12 con Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner. Son 25 años de peronismo contra 33 de gobiernos radicales y dictaduras militares. Sin contar que buena parte del peronismo, sobre todo sus bases, terminaron por considerar el gobierno de Menem como un gobierno no peronista cuando comenzó a aplicar planes neoliberales alejados de las tres banderas históricas del movimiento. 
Otro mito derrumbado. Ser peronista, en definitiva, no es ganar siempre, también es perder. Por lo tanto, el exitismo no es constituyente de su identidad política, ni una derrota electoral es un llamado a replanteársela en su conjunto. El peronismo exitoso de Menem fue una derrota de su doctrina esencial. Es verdad, hubo muchos cargos, ministerios, gobernaciones, presupuestos para repartir durante una década. Pero al país le fue pésimo y el peronismo neoliberal fue derrotado por la Alianza. 
Hasta que llegó Néstor Kirchner, el gran renovador del peronismo del siglo XXI, y construyó las bases de un nuevo éxito, esta vez, electoral, social y doctrinario, por otra década. Muchos de los que estaban el otro día en el homenaje a Cafiero también les deben a Néstor y a Cristina Kirchner sus gobernaciones, diputaciones, intendencias, cargos y presupuestos. Desde una perspectiva moral, que hoy pretendan mostrarse lejos de esos liderazgos que le permitieron crecer hasta poder llamarse a sí mismo dirigentes, habla de cierta priorización de la deslealtad como motor de superación. Es cierto eso. Pero ver la política, exclusivamente, con anteojos de moralidad, no es aconsejable. La astucia y el oportunismo juegan también su papel, siempre. 
La pregunta que deberían hacerse los participantes del encuentro es qué tan oportuno es tomar distancia de Cristina Kirchner cuando ella está siendo acosada mediática y judicialmente, sin piedad. No en términos personales, porque al fin y al cabo es natural que nadie quiera atravesar idéntico calvario. El miedo a verse envueltos en causas penales o campañas de difamación continuas es humano. La indagación, más bien, es de carácter político. El votante peronista kirchnerista y el votante kirchnerista no peronista existen, aunque los poskirchneristas, aupados por el dispositivo massista y macrista, traten de barrerlos al tacho de la historia. El nuevo diseño con el que sueñan, el de ser opositores blandos a un proyecto duro, supuestamente de época, ya lo probó Cafiero con el Alfonsín modernizador de los ’80, y la interna a la presidencia se la terminó ganando finalmente Menem, ofreciendo lo que Cafiero no tenía: distancia del último Alfonsín que, agobiado por los grupos de poder y el FMI cedió hasta enfrentarse con la CGT por sus planes de ajuste y olvidándose de las premisas progresistas esbozadas en el Consejo para la Consolidación de la Democracia. 
Cafiero era, para el votante peronista, demasiado parecido a Alfonsín, cuando Alfonsín ya no era el mismo que había ganado en el ’83. No encarnaba una esperanza, sino un presente de carencias. 
La caracterización que el peronismo poskirchnerista hace de Macri, de su modelo económico y de su alineamiento internacional es débil, insuficiente para explicar por qué están entregados a alejarse de un votante al que van a tener que convocar, aún por cuestiones de pragmatismo, para las elecciones que vienen. Porque el resto de los votantes ya tienen a quién elegir: Massa o Macri. La representación ausente, la que el peronismo debería encabezar por historia y doctrina, es toda aquella que reúne a los que no van a votar a los candidatos del ajuste porque el ajuste les va a resultar insoportable. 
Una parte grande de esos votantes tiene un liderazgo. El de Cristina Kirchner. Lo menos parecido a Macri y a Massa. El poskirchnerismo que ahora quiere lanzar “La Cafiero” corre un riesgo enorme, inaceptable en dirigentes que se dedican a la política full time: parecerse demasiado a lo que la gente tarde o temprano va a terminar rechazando. Le pasó a Cafiero con Alfonsín. Le va a pasar al poskircherismo del NH Hotel con Macri y con Massa. 
Decir, como acusan, que Cristina es maltratadora y sectaria probablemente los ayude a amontonarse, pero revela un profunda desconexión e incomprensión de lo que pasa en el mundo y en la región con los liderazgos populares y su construcción. Son críticas de cabotaje, rezongos infantiles. Como cuando hablan de “la unidad” en abstracto. Si el peronismo hubiera ido unido en 2003, Menem hubiera vuelto a ser presidente; y si no era Menem, podría haber sido López Murphy. Cualquiera de las dos variantes era neoliberal. 
Si quieren volver a ganar, de verdad, van a tener que reivindicar al kirchnerismo y su modelo -del que fueron parte-, y a sus votantes, porque es lo contrario de lo que se viene haciendo ahora, es la memoria reciente de que se puede vivir distinto. Salvo que por toda misión en la vida quieran pararse al costado de la historia, saldar cuentas con su antigua jefa viendo cómo la despedazan en Comodoro Py y Clarín, ignorando que esa situación es apenas un anticipo de lo que también les espera, si el proyecto de Massa y Macri prospera y se consolida en el tiempo sin oposición peronista real. 

Eso que la gente no vio en Cafiero, allá por los ’80, y eligió castigar con Menem. 

lunes, 5 de septiembre de 2016

La imperdible carta de Gabriela Cerrutti a Stolbizer: “Margarita, ¿quién te creés que sos?”


cerruti

La legisladora de Nuevo Encuentro le dedicó memorables palabras a Margarita Stolbizer en una crítica que queda para la historia.

La carta completa:

Juguemos con los nombres, dale.
Vos le ponés a tu libro Yo Acuso, como si pudiera existir alguna línea trazable en el universo entre tu escritura y la monumental obra de Emile Zola, J’Accuse, que se convirtió en un antes y un después en la historia humana sobre la justicia y el antisemitismo.
Yo le pondría La insoportable levedad del ser.
Vos decís que tu libro es el Nunca Más. Así, sin que se te caiga la cara de vergüenza, ponés una recopilación de denuncias mediáticas a la altura de la investigación de los hombres y mujeres más nobles y dignos de este país sobre la tragedia más inmensa de la que tengamos memoria.
Yo lo llamaría La hoguera de las vanidades.
Verte pasear por los canales de televisión es una clase en vivo de cómo en determinados momentos históricos, personas ordinarias, que podrían haber sido inofensivas o hasta buenas personas, cegadas por la obediencia a los poderosos, la búsqueda de fama o los halagos, se convierten en engranajes necesarios de maquinarias destructivas.
El rating y la fama instantánea (superficial, esporádica, pero instantánea) son tan engatusadores como el dinero y el poder. Vos creés realmente que sos Emile Zola y que escribiste el Nunca Más. Lo sé, no fingís. Lo creés porque ésa es la imagen que te devuelve la pantalla del televisor, porque eso es lo que te dice la sonrisa de los periodistas aduladores que te entrevistan y hasta seguramente la gente que te saluda por la calle después de haberse intoxicado con esas imágenes en el televisor.
Contestás entrevistas, te maquillan en camarines, te besan los microfonistas como viejos conocidos, te recibe el presidente en la quinta de Olivos y van los dirigentes a la presentación de tu libro. Llegaste, sos parte. No importa que el Presidente que te recibe sea un líder moderno de esa derecha fascista a la que acusó Zola y que se haya enriquecido como partícipe y cómplice del genocidio retratado en el Nunca Más. En la moderna sociedad de los medios, no importa el contenido, solo las formas. En la histórica senda de las debilidades humanas, tampoco: es tan halagador ser recibido por un Presidente que no importa quién es ese presidente.
Es esa materia que une la debilidad humana con los mecanismos perversos de los medios, la búsqueda de reconocimiento personal con las mieles de la fama, la que convierte a personas con buenas intenciones en instrumentos perfectos para ser usados y descartados.
No es La metamorfosis. No es me desperté un día y me había convertido en un monstruo. Es paso a paso. Sonrisa a sonrisa. Favor a favor, mimo a mimo. Entrevista a entrevista.
Y un día, vos, que fuiste capaz de enfrentarte a tu líder y jefe Raúl Alfonsín porque no le perdonaste la Obediencia Debida y el Punto Final, sonreíste abrazada al socio y cómplice de los genocidas. Y vos, que denunciaste a los empresarios que se quedaron con el Estado a través de la Obra Pública primero, y las privatizaciones después, fuiste primera dama en su Corte. Vos, Margarita, que presentaste conmigo El Pibe porque pensás de Mauricio Macri lo mismo que pienso yo, sos ahora su instrumento para blanquearse y mostrarse como una derecha sensible.
El camino de ida es paso a paso. Pero el de regreso, no.
Un día no les servís más, y entonces te despertás, y no hay más boas, ni plumas, ni cámaras de televisión. Y estás vos sola.
Y el problema, entonces, es que ya no te acordás quién eras.
Buena suerte para ese día, Margarita.

El abajo que se mueve, y el arriba también



Por Roberto Caballero
Mientras Mauricio Macri paseaba por el mundo, el debajo de la Argentina se movía y el arriba también. La impresionante manifestación popular del viernes 2 demuestra que los niveles de resistencia a las políticas de ajuste vienen en aumento; y los reclamos públicos de la UIA y la CAME, los dichos del consultor Miguel Angel Broda y de Cristiano Ratazzi, de la FIAT, prueban que el establishment también protesta, a su modo, contra el gobierno de Cambiemos -del que es columna central de apoyo-, aunque por motivos diversos.

Cuando esto sucede, como sucede por debajo y por encima de la pirámide social sin que nadie pueda negarlo, un gobierno acaba por perder sustentabilidad. Que los que no piensan igual en poco o casi nada coincidan en criticar sus políticas, sin importar las razones -que pueden ser, incluso, contradictorias para hacerlo-, lo que queda al desnudo es que las decisiones gubernamentales generan una peligrosa inconformidad transversal.
La pretendida desinflación (creativo neologismo que describe la rara mezcla de inflación contenida con recesión agravada y no consumo) no basta para mostrar un desempeño exitoso en la gestión económica. Por el contrario, estamos en presencia de un cóctel explosivo de índices que reflejan el impacto negativo en la vida cotidiana de millones de argentinos. Los salarios perdieron -siendo optimistas- entre un 10 y un 15 por ciento de su capacidad adquisitiva en lo que va de 2016, aunque según el rubro puede trepar al 25. La desocupación se duplicó, con mayor incidencia en Rosario, Córdoba y Mar del Plata. La industria cayó un 7,9 en julio, la mayor baja en 12 años, es decir, el sector en su conjunto retrotrajo su situación a la época del default.
Las medias sonrisas de Marcos Peña, el jefe de Gabinete; o la de Francisco Cabrera, ministro de Producción, no pueden disimular la obviedad, que el mismo Broda describe con lenguaje de mercado, ese que tanto le gustaba hablar al macrismo. Dijo Broda esta semana, y no Axel Kicillof: “La economía está tocando fondo. Los indicadores en la variación interanual son los peores del año (…) De ninguna manera Argentina ha superado el problema de la inflación, es un problema serio, tanto que se está demorando la decisión de poder conocer cuál va a ser la meta para el año que viene (…) Macri, probablemente por su formación, por su equipo con predominio de objetivos políticos, no se ve a sí mismo como un punto de inflexión en la historia. Entonces aquellos que creímos que esto podía ser el punto de inflexión de la historia, sin acentuar las tintas para que vuelva el populismo, cierto sentimiento de desazón tiene (…) El anterior gobierno dejó una herencia positiva, que es la baja de la deuda sobre PBI, pero el problema es que estamos aumentando rápidamente esa deuda (…) Tenemos un año más de este deporte nacional que es el endeudamiento masivo, el primer deporte nacional es la fuga de capitales; el segundo, salir a mangar”.
Está bien que alerte sobre “la vuelta del populismo”. Es Broda, no Roberto Feletti. Sin embargo, proviniendo de quien proviene el comentario, uno de los principales voceros del establishment y sus necesidades, llamó la atención su reconocimiento a la “herencia positiva” que recibió el gobierno de Macri. Cambiemos hizo un culto instituyente del supuesto pesado legado de la gestión kirchnerista. Ha sido piedra angular de su relato justificador del ajuste, repetido hasta el hartazgo por los medios oficialistas. Pero Broda se lo desarmó, impiadosamente.
La impaciencia de los dueños del poder y del dinero es el dato a desmenuzar. Porque el gobierno no hizo otra cosa que favorecerlos desde que asumió en diciembre pasado. ¿Por qué se quejan, entonces, a través de Broda? No hay una sola medida oficial que haya empoderado a los sectores del trabajo o la producción. Cada decreto, resolución o ley tuvo como objetivo desarmar el andamiaje de políticas protectivas de la industria y el empleo. Eso que llaman, odiosamente, “populismo”. Y, sin embargo, igual se manifiestan insatisfechos.
No está del todo claro, aunque lo que subyace es una crítica al gradualismo, en realidad. A la intervención de la necesidad política (“predominio de objetivos políticos en su equipo”, dicen), por sobre las reformas de fondo que le exigen y ven, con desazón, que se aplican lenta y morosamente. Es por derecha el enojo. Ven que el gobierno no avanza con la fuerza que ellos le reclaman. Ocurre que no registran algo esencial en la Argentina del Siglo XXI: la legitimidad de origen del gobierno son los votos. Su gobierno de derecha neoliberal basa su sustentabilidad en el apoyo social a sus decisiones. Ya no pesan los estados de sitio ni los tanques, como en el pasado. Sino las encuestas, el humor social y las caídas de imagen.
La derecha tiene hoy un inmenso poder, provisto por las urnas y revocable, también, por las urnas. Esa es la novedad de la institucionalidad argentina, que la derecha está asumiendo a golpes de realidad. Por eso, aunque Macri quisiera satisfacer a Broda en su reclamo de dureza, no deja de estar atento a los costos políticos de sus decisiones. Le pasó con las tarifas de los servicios públicos. Broda no salió a fustigar a Aranguren cuando presentó su plan. Porque, como él, suponía que el voto a Cambiemos implicaba una aceptación mansa de su incremento sideral. Se equivocaron. Con los cacerolazos y protestas extendidas en toda la geografía federal del país tuvieron que retroceder, consumiendo buena parte de su capital político electoral, y la Corte se vio obligada a intervenir para que no siguieran haciendo papelones.
También la UIA expresó su molestia en el Día de la Industria. La “reprimarización” de la economía estuvo en la agenda. Tema para nada menor, porque es parte de norte ideológico del gobierno que habla de transformar el país en el “supermercado del mundo”, cuando en verdad se conforma con ser su verdulería y su carnicería. El presidente de la entidad, Alejandro Kauffman, proviene de Arcor, que se está quedando sin mercado interno producto de la caída del consumo, en su caso, de golosinas y derivados. Detrás estaba la desazón de Paolo Rocca, que advierte en privado sobre lo mismo, luego de que la apertura de importaciones dañara las posibilidades de la línea blanca que usa las chapas que produce. Ratazzi pidió un dólar a 18 pesos para poder exportar, ahora que ya no tienen quien le compre fronteras adentro, en un mercado deprimido, dominado por las malas expectativas e ingresos en baja.
Todos ellos creyeron que Macri era lo que decía ser. Depositaron en él una esperanza que hoy se ve defraudada, a pesar de las múltiples señales a favor del mercado. Porque la manta siempre es corta en una economía periférica como la nuestra. Esa es la verdad.
Si le hace caso a Ratazzi, no puede evitar que el alza del dólar, como ocurrió históricamente, se traslade a precios y aumente la inflación. Si le hace caso a la UIA, que también se queja por los acuerdos con China, se queda sin el financiamiento del gigante asiático para obras de infraestructura. Si quiere dejar contento a Pagani o a Rocca, y proteger el mercado interno, tiene que reabrir paritarias e incrementar salarios, que es lo que, por otro lado, le exigen que baje. Si baja el déficit de un plumazo, como a coro le reclaman, la actividad económica se estanca definitivamente, y no tiene una protesta sino miles en cada rincón del país.
Porque, hay que decirlo, el establishment no tiene un país en la cabeza –y, si lo tiene, es inviable socialmente-, lo que tiene son reclamos para incrementar su renta; y un presidente democrático, aunque sea de derecha y autoritario como Macri, tiene que lidiar con el país real y sus complejidades.
Las decenas de miles de personas que reventaron la Plaza de Mayo le protestaron a Macri en su cara –no en la de Rocca, ni en la de Kauffman, ni en la de Pagani, ni en la de Broda-. Menem logró que la primera Marcha Federal se demorara cinco años. Macri la enfrenta apenas a ocho meses y medio de su asunción. Eso dice algo. O mucho.
Habla de una lucha de impaciencias. La de abajo, que se planta cada vez con más fuerza, porque los niveles de agresión y recorte de derechos, comparados con lo vivido en la última década, fueron salvajes y amenazan la subsistencia cotidiana de millones de personas; y la de arriba, que recién ahora se desayuna con lo evidente: es imposible para un gobernante aplicar sus recetas sin incursionar en una fase de impopularidad y desgobierno que termine consumiendo la propia administración hasta estancarla.
Con un detalle más: la campaña electoral del año próximo ya comenzó.
Aunque todos los nieguen.

lunes, 22 de agosto de 2016

Tarifas: una 125 pero al revés

Por Roberto Caballero 
El gobierno avanzaba con su innata prepotencia y sin muchas luces hacia su propio escenario de 125 al revés, cuando apareció la Corte en escena y le tendió un puente de plata con su fallo por el tarifazo del gas, antes de que todo estallara por los aires.
Propensos al ritualismo extremo, los cortesanos –sin cuestionar en ningún momento la potestad del Ejecutivo para ejecutar su política económica– le brindaron una clase magistral de modales, planteándole la distancia lógica que hay entre el sexo consentido y la violación. Es decir, entre su capacidad para fijar cuadros tarifarios y el delito repudiable.
En otras palabras, le explicaron a Mauricio Macri y su ministro de la Shell, Juan José Aranguren, que avanzar con el saqueo al bolsillo ciudadano que se propusieron les exige, legal y mínimamente, llamar a audiencias públicas. Que, además, no son vinculantes. Con algo de sensatez y pedagogía jurídica le demostraron que las cosas pueden hacerse mal o peor, como se venían haciendo desde el gobierno deteriorando la expectativa social, incluso, del sector de la sociedad que lo votó.
Ninguna otra cosa rara. Fue una derrota a la pedantería oficial. Un revés previsible al estilo caprichoso y autoritario de Macri. Pero, bajo ningún concepto, un golpe definitivo al zarpazo confiscatorio gubernamental, cuyo carácter es estratégico. De hecho, la retracción de tarifas se aplica sobre red domiciliaria, apenas el 25% del consumo, y no sobre el 75% no residencial que engloba a pymes, comercios, industrias, clubes de barrio y universidades, que va a pagar seis veces más de lo que pagaban en marzo.
Es verdad que los ruidazos y los cacerolazos fueron útiles. Muy probablemente, de no haber existido la protesta masiva que se extendió a lo largo y lo ancho del país, la Corte habría dicho algo distinto o no habría hecho nada. Porque la neutralidad no existe en el mundo del derecho, a pesar de lo que digan los que viven de él y sus imposturas.
El contexto en el que se inscribe el fallo está dominado por esa protesta ciudadana y los números de las encuestas –la de Poliarquía, por ejemplo, que detectó que Macri cayó en su imagen positiva 4 puntos en un mes por la impopularidad del tarifazo–, que revelaron una encerrona en la que el gobierno quedó anegado al punto de no saber cómo salir con elegancia y sin pagar el costo pleno de su decisión, que confundió torpemente táctica y estrategia.
Es ahí donde apareció la Corte. Que no es una Corte popular, ni preocupada en grado alguno por los usuarios y consumidores, sino un poder más del Estado atento a preservar la gobernabilidad del sistema, aun contra los manejos desquiciados del Ejecutivo o quien esté a su mando.
Lo que la política no pudo resolver por sí misma, llevándola a un callejón sin salida, obtuvo entre los cortesanos un atajo inteligente, una táctica conducente, que la Casa Rosada no quiso tomar antes y ahora deberá tomar de manera obligada, sumándole legalidad aparente, cariz de legitimidad, a lo que no tiene otra justificación que la exigencia pecuniaria de las empresas de energía a un gobierno sensible a sus pedidos, al que consideran propia tropa.
El ala política del gobierno recibió con beneplácito el fallo. No Mauricio Macri, el ala política: la que quiere seguir ganando elecciones el año que viene o, al menos, se entusiasma con esa posibilidad remota. La cara de Marcos Peña, durante su conferencia de prensa, lo decía todo: el costo a pagar es menor si hay audiencias públicas, porque así lo exige la Constitución Nacional, y en su mirada apenas será un mero trámite a cumplir que no arriesga nada de lo esencial del ajustazo.
Eso no quiere decir que Macri haya tomado el fallo como lo que es: un amigable puente de plata cortesano. Su verdadero temperamento, expuesto de manera violenta entre los meses de enero y marzo, con su catarata de DNU, sus intervenciones públicas descalificadoras, sus extorsiones a gobernadores, sus promesas falsas a los opositores, su ánimo restaurador del libre mercado y las desregulaciones, no se lleva bien con los requisitos formales que hoy le reclama la Corte. Hay un límite de un aliado, pero no deja de ser un límite que lo incomoda porque le hace notar que gestionar un país no es lo mismo que hacerlo con un club de fútbol o un distrito rico como la CABA.
Podría decirse que enero no es agosto. Que el primer semestre no es igual al segundo. Que la comprensión a un presidente electo permuta en exigencia con el paso del tiempo. Que la Argentina es un país difícil de arrear, incluso, para alguien poderoso que cuenta con el aval de otros poderosos. Todo eso puede ser cierto, quizá lo sea, porque a todo a Macri le llega finalmente su baño de realidad. Gobernar no es un paseo y tampoco un compromiso part time de voluntario de ONG: exige todo, y no todos están capacitados para esa entrega.
De todos modos, el fallo de los supremos no es un Waterloo para el gobierno. Es apenas un aviso. Tal vez el más fuerte, hasta el momento, que provino de un sector aliado, con el que deberá convivir durante su mandato. Aunque no modifica el norte estratégico de su administración. La verdadera intención del gobierno es la que expresó Aranguren cuando fue a Diputados: dolarizar por dos el precio de los servicios. Que cuesten como en Alemania, con sueldos que no son los alemanes. Producir una transferencia de ingresos de la sociedad a las empresas de energía. Garantizarle una renta extraordinaria mediante un cuadro tarifario que nadie sabe cómo se compone, porque explicarlo en detalle desnudaría lo que hoy ya resulta evidente: no tiene nada que ver con lo que la gente pueda pagar, ni con lo que vale la energía, sino con lo que el mercado quiere cobrarse por ella.
Es una 125 al revés, donde esta vez el Estado, en vez de aumentar las retenciones al sector concentrado del agro para derramar sobre la sociedad una parte de la riqueza generada, procura lo inverso: aumenta los precios de las tarifas para expoliar los bolsillos ciudadanos y entregarle esa riqueza al sector oligopólico de la energía. Lo que el Estado dejó de percibir por las retenciones es casi la misma plata que le demanda mantener subsidios y tarifas al alcance de la gente. Es una decisión de política económica con perjudicados y beneficiarios concretos. Las empresas son las que ganan, la sociedad es la que pierde.
¿Y, así y todo, hay un sector del gobierno que cree que puede ganar las elecciones del año próximo? Sí. Difícil saber si Macri lo piensa así. Pero su coalición de gobierno, sobre todo sus socios radicales de derecha, hoy convertidos en una cooperativa de poder que reparte cargos y presupuestos menores bajo el ombú del poder real, suponen que hay alguna chance. Con Cambiemos sacando un 30% de los votos, todo depende de cómo se armen las listas. Sus críticas a Aranguren son críticas veladas a Macri. O, mejor dicho, a su testarudo capricho de pelearse con un sector de la sociedad por el tema tarifas al punto de hacer trastabillar el idilio con sus propios votantes.
Aranguren dijo que este aumento representa solo el 30% de lo que van a aumentar entre 2016 y 2017. Por eso el radicalismo apoya en público, pero boicotea el funcionario y su proyecto: 2017 es año electoral, y no es lo mismo discutir cargos en una lista con chances de sacar un porcentaje más alto o más bajo. A más votos, más cargos expectantes. Con menos, menos para el socio menor. En fin, reflejos de la vieja política.
Sobre las audiencias públicas, ya se dijo, no son vinculantes. Así lo marca la ley. El gobierno no está atado a lo que allí se discuta. Pero los hechos preceden al derecho. Dependerá de los afectados, realmente, que estas se conviertan en un hecho político que trascienda la letra legal. No es lo mismo una audiencia entre el gobierno y 300 representantes de las asociaciones de consumidores y usuarios, rodeada de vallas y sin cobertura mediática, que una convocatoria donde decenas de miles se manifiesten contra la política tarifaria oficial por irrazonable y confiscatoria, de cara, incluso, a otros amparos que puedan llegar a la Corte por la luz y el agua.
En tres semanas se sabrá si el macrismo paga algún costo político real por el saqueo en marcha o será la sociedad la que termine pagando lo que la Shell pretende.
Calladita y sin chistar.


domingo, 21 de agosto de 2016

Politizar

Por Alejandro Grimson
Alejandro Grimson 
El apoyo de la opinión pública al gobierno nacional se derrite de modo lento pero persistente. Hace un mes una mayoría consideraba que su situación personal estaba peor y también una mayoría tenía buenas expectativas en el futuro. Esa diferencia de percepción no podía sostenerse eternamente. Es que el futuro deviene presente. Y encima, del segundo semestre sólo llegó la fecha. Además, "el mejor equipo de los últimos 50 años" armó un embrollo de no creer con el tarifazo. Los "republicanos" ejercieron presión para que se hiciera la corte al supuesto "sinceramiento". Pero no pudieron amañarlo y más de uno debió preservarse del exabrupto.

Ya nadie recuerda que la economía iba a despegar de modo asombroso después de abolir el "cepo", bajar y anular retenciones y pagarles a los buitres. Pero no. La actual recesión con inflación ya solicita un nombre nuevo en la teoría económica. "Estanflación" es insuficiente. Y el anunciado 25% para este año se convirtió en una utopía de masas junto a la reducción de la pobreza.

Pobre sería el análisis político que creyera que esta situación económica será capitalizada políticamente por un sector determinado de la oposición. Mientras la realidad se emperra en desmentir una y otra vez todo mecanicismo, el capital político del gobierno no deriva sólo de los medios, sino de su éxito en la estrategia de estigmatización de todos aquellos que realicen una crítica. En ese punto, los trolls se propasaron cuando algún periodista oficialista exploró un "pero" y le tiraron una K por la cabeza. La verdad es que si todos los críticos fueran K, nos guste o no, Macri ya hubiera perdido las elecciones del año próximo. Pero no.

Ahora, su capital político emana también de la fragmentación de la oposición. Cuanto más se acentúa el problema de la identidad partidaria (la cercanía o distancia respecto de la K), más se acentúa la paradoja del momento. La identidad despolitiza el debate y debilita la construcción de una alternativa.

Politizar es desplegar una crítica al neoliberalismo que parta de los efectos más concretos que tiene en las vidas de los ciudadanos, con alternativas viables para el presente y el futuro. Politizar no es exagerar, porque eso incrementa la distancia con la sociedad. Politizar es hacer una crítica sistemática sin devenir apocalípticos. Politizar es dialogar con quienes fueron parte del 49 y del 51%, es promover miradas críticas. Es lo contrario de promover el enojo con la sociedad. La catarsis y el insulto despolitizan. Politizar es pensar. Politizar es diseñar estrategias, es comprender la temporalidad de la lucha social y de la lucha política. Es construir colectivos sin mezquindades, para defender todos los derechos.
El gobierno tiene derecho a ejercer hasta el último día su mandato constitucional. Sólo se cuestiona desde la raíz que tengan derecho a destruir derechos. Porque nadie votó eso, porque prometieron lo contrario y porque también el Congreso Nacional es constitucional.

Ahora, la implantación de un modelo neoliberal sólo está en sus inicios. Porque no llegaron para la libre venta de dólares. Cambiaron con habilidad su estrategia política para transformar las estructuras económicas, sociales y culturales de la Argentina. Y si lo consiguen, podrán hipotecar el futuro. De ahí la asombrosa belicosidad verbal. La "guerra sucia" cultural.

¿Qué sucedería si el gobierno no tuviera contrapesos sociales y políticos? En noviembre hubo una derrota electoral y política, pero todavía no se produjo una derrota social. Si se produce una derrota de la movilización social, se agravará el clima cultural y político. La mayoría de la sociedad terminaría aceptando estas políticas como inevitables y las movilizaciones dejarán de ser masivas para ser escuálidas. Que logren o no esa derrota social no depende sólo de sus estrategias. También de las estrategias sindicales, de los movimientos sociales y de la oposición política. La inteligencia estratégica radica en no desgastar, en articular, en dar batallas simbólicas, cargar energías, preparar para sumar, no caer en provocaciones.

La sociedad que ejerce su derecho a la protesta debe tener capacidad efectiva para defender sus derechos. Sin movilización, las paritarias hubieran sido peores, el tarifazo hubiera pasado en plenitud, la situación de las universidades públicas se habría agravado, no se habrían visibilizado los trabajadores de San Cayetano y así sucesivamente. Debemos valorar la diferencia abismal entre una sociedad dispuesta a luchar por sus derechos y sociedad derrotada.

Ahora bien, si eso se lograse, lo cual no es sencillo, quedan pendientes otros desafíos. Hace poco un dirigente social que trabajó en la Marcha Federal en 1994 y que ahora está trabajando en la Marcha próxima me decía: "tenemos que hacer una gran marcha; pero tenemos que saber que eso también lo hicimos antes y en 1995 Menem ganó por mucho en las elecciones". En este planteo se encuentra un punto crucial. El mayor de todos los desafíos. Una articulación política de diversidades contra el neoliberalismo.

Fuente: Tiempo Argentino


domingo, 14 de agosto de 2016

PESIMISMO POR LA ECONOMIA, REPUDIO AL TARIFAZO, OPOSICION CRECIENTE

Las cosas de mal en peor
Una encuesta exclusiva indica que siete de diez argentinos ven mal la economía y creen que los aumentos de tarifas son imposibles de pagar. Casi el 60 por ciento opina que la Justicia tiene que impedirlos y retrotraer los valores a febrero.
Por Raúl Kollmann

Siete de cada diez argentinos dicen que la economía está mal o muy mal. También siete de cada diez sostienen que es imposible pagar la tarifas de acuerdo al aumento dispuesto por el Gobierno, mientras que una nítida mayoría afirma que el ministro Juan José Aranguren debería renunciar. Nada menos que seis de cada diez argentinos sostienen que está de acuerdo con las protestas por los tarifazos, algo inhabitual porque, en general, suele suceder que los ciudadanos pueden estar en contra de tal o cual medida, pero tienden a ser reacios a las protestas.

En este clima, la imagen de Mauricio Macri y del Gobierno perdió entre 15 y 20 puntos desde diciembre, pero se sostiene en valores que considera aceptables (46 por ciento) porque todavía hay una franja de la población con una expectativa de que las cosas mejoren. Aún así, los opositores superan hoy en día con holgura a los oficialistas (47 a 33 por ciento), cuando hace unos meses los oficialistas eran mayoría.

Las conclusiones surgen de una amplia encuesta realizada por la consultora Centro de Estudios de Opinión Pública (CEOP), que dirige el sociólogo Roberto Bacman. El estudio hecho en todo el país, especial para Página/12, abarcó a 1200 personas, respetándose las proporciones por edad, sexo y nivel económico social. Las entrevistas fueron telefónicas.

Economía
“No existe duda alguna que la economía está sumergida en una crisis”, señala Bacman. “Existen diferentes datos de la realidad que la explican: inflación por encima de las expectativas del propio gobierno y por debajo de los aumentos salariales, incremento de la pobreza según mediciones privadas, caída de la actividad económica, descenso de las exportaciones incluso a pesar de los beneficios impositivos para los sectores agropecuarios, son algunos de los aspectos que en la actualidad más preocupan. Lo cierto es que al tope de las preocupaciones de los argentinos está la marcha de la economía y la inflación, pero cerquita nomás aparece la desocupación, con un porcentaje altísimo, el treinta por ciento”.

La metodología del CEOP permite dar más de una respuesta cuando se pregunta por las preocupaciones del momento, pero en otros estudios, en los que se admite una sola respuesta, es decir señalar la principal preocupación, la pérdida del empleo ya figura arriba de todo.

Para Bacman, “el desafío de la economía es sustancial para el futuro de la gestión de Mauricio Macri. Y lo es a tal punto que, cuando los argentinos tienen que evaluar la situación económica actual de nuestro país, el 72 por ciento afirma que es abiertamente negativa. ¿Por qué tanta diferencia con la aprobación de gestión? La respuesta es simple y sencilla: la realidad frente a la economía es más fuerte que el deseo y ante tal situación la esperanza, al menos, se pone en tela de juicio. Y esta explicación surge de los propios resultados de esta encuesta: la economía es negativa para el 66 por ciento del segmento de los independientes. Lo actuado por el gobierno solo recibe la aprobación del Núcleo Duro Macrista –los que respaldan en forma casi incondicional al Presidente– y como puede verse con claridad, a esta altura del partido eso solo no alcanza”.

Ajuste
“No sorprende que ocho de cada diez argentinos hayan señalado que han tenido que recortar gastos de su presupuesto familiar –apunta el titular del CEOP–, incluso con un incremento de 4,4 puntos con respecto al mes anterior. Es decir que son cada vez más los que tienen que recortar. En cuanto a los recortes propiamente dichos la estructura observada fue similar al mes anterior: 37,7 por ciento tuvieron que resignar en alimentos y bebidas (menos consumos de carnes y lácteos, más de harinas y polentas, pases a segundas y terceras marcas); el 27,2 por ciento recorta en servicios; 14,8 en ocio y entretenimiento; 9,7 en vestimenta y calzado y hasta un 2,6 por ciento en salud y medicamentos”.

“El primer dato expresa una realidad: quienes más tuvieron que recortar son los de clase baja y los residentes del conurbano bonaerense. Sin lugar a dudas afecta a los sectores más desprotegidos de la sociedad donde la falta de trabajo y el constante aumento de la inflación los está castigando. Asimismo, el ajuste en alimentos y bebidas inquieta más a los pragmáticos independientes, a los que no son ni oficialistas ni opositores. Este dato deja al descubierto que los sectores de la típica clase media también han tenido que adaptarse a estos nuevos tiempos, cambiando hábitos de compra y consumo. El ajuste en los servicios afecta más a los de nivel bajo. Es indudable que no pueden pagar los aumentos que reciben y los que hasta el momento lo han hecho, es por el temor a que les corten los servicios. No existen dudas: estamos en el ojo de la tormenta de una verdadera crisis”.

Tarifazo
Bacman analiza que “para el 73 por ciento los aumentos son excesivos y tan solo un 20,4 por ciento entiende que son razonables. Para expresarlo con contundencia y en palabras sencillas: una cosa son los aumentos necesarios y razonables, y otra muy distinta es este aumento realmente feroz. Pero al mismo tiempo otro dato de esta misma encuesta ejemplifica crudamente la sensación actitudinal que hoy impera: para siete de cada diez argentinos ‘las boletas son imposibles de pagar’ y con el agregado de una percepción que para la mayoría ‘este es un gobierno que no posee sensibilidad social’. ¿Qué espera, entonces, la gente? Que la justicia actúe y retrotraiga los valores de las tarifas a febrero de este año. Para mayor precisión, así lo expresa un 56,9 por ciento”.

“¿Juan José Aranguren un chivo expiatorio? Algunos podrán decir que sí. Lo cierto es que la actuación del Ministro de Energía y especialmente sus declaraciones públicas lo han convertido en la ‘cara visible’ de los aumentos. Dicho de otro modo es la figura del gobierno que representa simbólicamente al tarifazo y por ende al ajuste. Y los argentinos así lo entienden: para casi la mitad de los entrevistados Juan José Aranguren debería renunciar”.

Grieta
Desde hace años, el CEOP viene preguntando al encuestado si se considera oficialista u opositor. Por supuesto que también hay siempre una franja intermedia de los que no se consideran ni oficialistas ni opositores. Hasta febrero, los oficialistas, es decir los adherentes al gobierno de Cambiemos, superaban a los opositores, 41 a 37 por ciento. Ya en marzo los opositores empezaban a ser más que los oficialistas, lo que llegó a un tope en mayo, cuando se anunció el tarifazo. Hoy por hoy, los opositores suman el 47 por ciento y los oficialistas el 33, es decir que hay 14 puntos de diferencia.

La imagen del presidente Macri se mantiene en lo que en el gobierno consideran aceptable, el 46 por ciento. Se sostiene especialmente en su núcleo duro, o sea los que son fuertes adherentes al macrismo y una porción de los independientes. De acuerdo al diagnóstico de Bacman, la administración Macri “se basa en el discurso de la pesada herencia y las denuncias de corrupción. Pero para que la crisis económica no derive en una crisis política necesita –paradójicamente– que sea la economía la que retome el camino del crecimiento. El desafío que este gobierno debe asumir en tal contexto es importante: los tiempos se acortan, el segundo semestre no será lo que prometieron y solo falta un año para las elecciones legislativas de medio término, cuyos resultados posicionan al oficialismo frente a un nuevo reto”.



Principales Preocupaciones


¿Debe renunciar el Ministro Aranguren?
Con el aumento, ¿las tarifas son impagables?

¿Tuvo que recortar gastos?