viernes, 1 de julio de 2011

PERÓN FILÓSOFO

Por Armando Poratti
TELAM
01/07/2011
  América no permite, un lugar claro desde el que se la pueda "contemplar" (hacer "teoría" sobre ella), se la entiende en la acción que al mismo tiempo la va creando.
  La imbricación de filosofía y acción resulta de su mismo carácter esencial de mestizaje.
  Es lo que nos legó Perón.
  A muchos puede sonarles absurda la idea de un Perón filósofo.
  Ha sido un lugar común la descalificación del texto filosófico del General, la conferencia leída en el I congreso nacional de filosofía de 1949, conocida como la Comunidad Organizada.
  En un extenso prólogo a la edición de Oscar Castelluci de este texto, tratamos de relevar sus condiciones e importancia, en primer lugar su carácter de gesto fundacional y cimentador de una filosofía nacional.
  En esta nota quisiéramos recordar las condiciones que hacen a la idea misma de una filosofía americana en su relación esencial con la política, y también, en alguna medida, señalar algunos de los ejes filosóficos que recorren el pensamiento de Perón a lo largo de su actuación, y que sería tarea pendiente relevar y continuar.
  La imbricación de filosofía y acción resulta en nuestra América de su mismo carácter esencial de mestizaje. Fue el único lugar donde la expansión europea mezcló su sangre con las etnias nativas, a lo que agregaron los africanos y otras fuentes múltiples.
  El mestizo es en sí mismo una resultante no dialéctica, una unidad de diferencias reales y tal vez contrarias.
  La tarea de pensar nuestro continente no podía ser hecha desde afuera por la filosofía occidental, cuyo aparataje conceptual no estaba en condiciones de captar ni las profundidades originarias ni las peculiares contradicciones americanas.
  Pero tampoco por las sabidurías de los pueblos originarios, ajenas a la dinámica europea que también constituye al mestizo, y cuya alta cultura, por lo demás, la conquista había en buena medida anulado.
  Lo cual significa, inmediatamente, que no pueden excluirse ni las categorías filosóficas occidentales ni los saberes ancestrales, ni, puede agregarse, la resultante de los complejos saberes étnicos y populares que han confluido en nuestras tierras.
  América no permite, pues, un lugar claro desde el que se la pueda "contemplar", esto es, hacer "teoría" sobre ella. Se la entiende en la acción que al mismo tiempo la va creando, en el trato con los elementos y conflictos profundos que la constituyen.
  Por ello aquí se dio el caso casi inédito de que el pensador ha sido el hombre de acción, el hombre que hacía la historia.
  Entre nosotros -en un horizonte continental dominado, también en lo intelectual, por las figuras de los libertadores-, las generaciones que marcaron el rumbo nacional -la generación independentista y de las guerras civiles, la del 37, la del 80- ejercieron la acción pensada, dejando un corpus de lo que dio en llamarse "pensamiento argentino".
  Luego, con la organización desde el Estado de la vida nacional, pensamiento y acción tendieron, en cierta medida, a separarse, y las instituciones estatales "normales" dieron lugar al surgimiento de la filosofía académica, que en rasgos generales, pero no absolutos, tendió a importar el pensamiento europeo. Hasta la generación del 45, que por un lado recoge con Forja el hilo yrigoyenista, pero también, con Astrada y su círculo, pone al pensamiento nacional en el máximo nivel académico y en diálogo de pares con Europa.
  Esta situación, cuyo punto inicial y culminante es el congreso del 49, está legitimada por el gesto de Perón, que con su conferencia inaugural pone a la filosofía como base teórica de un proyecto nacional, y ese gesto y esa legitimación repercutirán, más allá de la caída del primer peronismo, en el trabajo de los intelectuales nacionales de las décadas siguientes.
  Perón mismo, sin embargo, tiene aportes fundamentales para lo que es una comprensión filosófica de nuestra realidad.
  No sólo con la idea de Tercera posición, que lejos de ser, como se dijo, una posición táctica, es una antropología con bases metafísicas, expresada -en forma no del todo satisfactoria- en la conferencia del 49.
  Quisiéramos subrayar -entre otras posibles- dos líneas que creemos fundamentales.
  Una, las nociones correlativas e inescindibles de organización y conducción, que contienen una filosofía del poder -una profundísima concepción humanista y democrática del poder, fuera de línea con las concepciones del poder como "nuevo absoluto" del pensamiento tardomoderno.
  La conducción supone la organización: no se puede conducir lo inorgánico, aunque sí se lo puede manipular con el engaño, con la fuerza o con la mera publicidad.
  La conducción es la teoría y práctica del poder como persuasión y pedagogía, con la que se organiza lo desorganizado, sacándolo del estado de masa amorfa. La conducción tiene como condición de posibilidad no el individualismo sino la autonomía de los conducidos, que sólo pueden serlo si son capaces de conducirse a sí mismos. La conducción / organización supone la idea positiva de un poder que apela a la responsabilidad tanto del conductor como de los conducidos -a su vez conductores-, y que en buena medida ha estado vigente en lo mejor de la práctica política y sindical peronista.
  La conducción es la mayor parte de las veces entendida como un movimiento desde arriba hacia abajo, que -cuando no es mero mando- opera la organización desde el exterior.
  Pero la idea decisiva de Perón es que la organización, en último término, parte del pueblo mismo.
  Esto es lo que va a diferenciar desde el vamos y de raíz al peronismo de cualquier fascismo, y también de cualquier vanguardia que proponga un encuadramiento desde el exterior y desde arriba de un pueblo concebido en último término como pasivo.
  Éstas son concepciones europeas del poder; en Perón está ese rasgo profundamente americano que es la confianza en la espontaneidad creativa y la capacidad de organización del pueblo, lo que el viejo Perón llamó la "creatividad inmanente del pueblo".
  En segundo lugar, Perón esbozó una filosofía de la historia sobre el concepto central de evolución y de la (limitada) capacidad humana para influir en ese proceso que veía como necesario.
  No se subraya lo suficiente cómo la realidad americana de estos años, con la creciente integración y unidad regional en pos de un proyecto que recupera las mejores tradiciones libertadoras, había sido anticipada por Perón décadas atrás, con la idea del ineluctable universalismo, al que había que llegar por el continentalismo.
  Si el año 2000, en la célebre alternativa, nos encontró dominados y con el rumbo perdido en un universalismo convertido en globalización, los años siguientes parecen corregir el camino en el sentido virtuoso apuntado por el General.
  Estamos, afortunadamente, en plena discusión de los proyectos de país.
  Cerramos recordando que sin tener presente el Modelo argentino para el proyecto nacional, difícilmente se pueda saber de qué se está hablando.

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