miércoles, 13 de julio de 2011

GERMÁN ABDALA ¡PRESENTE!

Germán Abdala

Compañero Germán Abdala. Fue coherente hasta sus últimos días. El 13 de Julio de 1993, siendo única testigo su esposa y compañera Marcela Bordenave, fallecía en el Hospital Italiano. Pesaba 35 kilos y había quedado ciego. Tenía apenas 38 años y dejaba un espacio vacío entre los referentes sociales del país. Luchó por un nuevo tipo de sindicalismo, muy lejos de las “gordas” burocracias, y una tarea política enrolada en un naciente peronismo progresista, con la honestidad como estandarte. -Va haber dirigentes que van a ser mayoría en el movimiento obrero y que van a ser consecuentes con su mandato… que intentarán cambiar la sociedad en que se vive.    Germán Abdala

Por Fernando Cibeira
Abrió un espacio, un camino.
Otros lo acompañaron y luego lo siguieron. Podría decirse que con los años terminaron cambiando el escenario político del país.
Porque lo que hizo Germán Abdala fue aunar la lucha por un nuevo tipo sindicalismo, muy lejos de las “gordas” burocracias, y una tarea política enrolada en un naciente peronismo progresista, con la honestidad como estandarte.
Y fue coherente hasta sus últimos días.
El Frente Grande y el Frepaso tomaron aquel discurso del que hoy, en buena medida, el propio Néstor Kirchner dice sentirse un continuador.
-Mire, Abdala, la posición suya corresponde a otra época, le decía un relamido Mariano Grondona en 1986, en un “Tiempo Nuevo” rescatado en el documental sobre Abdala que el año pasado emitió Canal 7.
En el programa del inefable dúo comenzaba a cocinarse la fiebre neoliberal que azotaría al país, con el credo privatizador como remedio para todos los males.
Abdala, ya por entonces secretario general de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) porteña, intentaba explicarles los graves problemas que acarrearían esas políticas.
Con lenguaje sencillo desarrollaba sus convicciones elaboradas en base a lecturas de Arturo Jauretche y John William Cooke y la joven militancia en el peronismo de los ‘70 en la agrupación Amado Olmos, relacionada con el sindicalismo de la CGT de los Argentinos.
Para Mariano y Bernardo, claro, historia pasada.
En la clandestinidad de la dictadura, Abdala había fundado junto a su compañero de lucha, Víctor De Gennaro, la agrupación con la que luego llegarían a la conducción de ATE.
Desde allí llegó, en 1989, a las listas del PJ por las que fue electo diputado.
Un año después encabezó la gran ruptura interna al conformar el Grupo de los Ocho, con Carlos “Chacho” Alvarez y Darío Alessandro, entre otros, como punta de lanza contra la avanzada menemista.
Desde el Congreso, fue un obstinado opositor a la oleada privatizadora.
-Acá la disyuntiva no es estatizar o privatizar, sino encontrar un proyecto político y económico para que este Estado sirva, dijo entonces, en una declaración que hoy suscribiría toda la clase política argentina, pero que 15 años atrás parecía anacrónica.
Ya por entonces su enfermedad estaba avanzada.
En una intervención por una lesión de fútbol se le había detectado un extraño tipo de cáncer en la columna vertebral. Debió soportar 26 operaciones y largos períodos de postración.
El derrotero, que a cualquiera hubiera hecho bajar los brazos, a Abdala no hizo más que fortalecerlo en la tarea que se había propuesto.
En 1991, abandonó la internación en Estados Unidos para participar, en silla de ruedas, del plenario que fundó la Central de Trabajadores Argentinos (CTA). “Seguimos creyendo, pese a todo, que hay un camino para construir”, dijo, ovacionado, en uno de sus últimos discursos.
En 1992, en un reportaje a Página/12, sostuvo: “El peronismo que intentamos expresar es ya sólo un dato histórico, como puede ser cuando nos referenciamos en San Martín, Artigas, el Chacho Peñaloza, Yrigoyen, Evita y Perón.
Hay que construir una nueva alternativa popular. Un nuevo partido o frente que rompa con el bipartidismo. ¿Cómo hacerlo?
Con diversos sectores políticos y organizaciones sociales”.
¿Estaría hablando del Frente Grande que se crearía un año después, o del posterior Frepaso, o tal vez de la actual Concertación K?
Su compañera Marcela Bordenave fue testigo de su último suspiro en el Hospital Italiano.
Era julio de 1993, Abdala pesaba 35 kilos y había quedado ciego.
Tenía apenas 38 años y dejaba un espacio vacío entre los referentes sociales del país. Inmerso en la vorágine del día a día, Página/12 dedicó su tapa a un proyecto de Mauricio Macri por comprar el club Deportivo Español que hoy nadie recuerda.
Abajo se podía leer, pequeño, un recuadro que daba cuenta de la muerte de Abdala y de la columna
El mejor de nosotros, que le dedicó Chacho Alvarez.
-Fue quienmejor advirtió a la sociedad sobre las escandalosas privatizaciones de Entel y Aerolíneas Argentinas, y también fue el primero que reconoció lúcidamente el fin del peronismo como instrumento para seguir transformando la realidad en sentido progresista, admitía allí Chacho.
Como prueba de su convicción a prueba de balas y de su sentido del humor, valga la anécdota final que cuenta De Gennaro en el documental: -Quiero que me prometas que no va a haber velorio –le pidió–, llega a aparecer una corona de Menem y me muero.
GERMÁN EL COMPAÑERO
 
Por la Asociación Trabajadores del Estado
 – Entre Ríos
Este 13 de julio se cumplen 10 años del fallecimiento de Germán Abdala. No hubo un sólo lugar por el que pasara y no dejara una huella. El militante, el compañero, el amigo.

Orgulloso de su origen, “morocho y argentino” –decía–, quiso que todo el mundo supiera lo que fue durante toda su vida: “un militante popular”.

El Turco, el cara de pibe, el hincha de Boca, el dirigente, el militante en la villa, en la calle, en su sector de trabajo, en la fábrica y en su banca de diputado, hasta sus últimos días; en las buenas, en las malas y en las del medio.

Cuando la muerte sorprende, la vida te convierte en bronce, te agiganta, te agranda, te inventa anécdotas espectaculares. Con Germán, la vida se quedó chica.

Germán Abdala nació en Santa Teresita el 12 de febrero de 1955 y a los 11 años, junto a su familia, se vino a la Capital.

Ya en el colegio secundario, empezó a mostrar su condición de militante.

Con todas las letras. A los 17 abandonó el Manuel Belgrano.

El mismo definió el por qué: “Como buen pibe de los 70, concientizado, ideologizado, peronizado hasta los huesos, fui capaz de leerme todo Perón, Cooke, Mao, pero, ¡nada de lengua y matemática!”.

A los 19 años se casó con su primera mujer, madre de sus tres primeros hijos. Luego, Marcela (Bordenave) su compañera incansable en las alegrías y en el dolor. La familia se agrandó. Ocho hijos: los tres suyos, los cuatro de Marcela, y uno, de la unión de ambos.

“Sumamos”, recuerda Marcela y cuenta risueñamente que cuando los invitaban amigos a cenar: “éramos tantos; nuestros ocho hijos, él y yo, que llegó un momento en que no nos querían invitar más”.

“A pesar de lo que muchos creen, Germán era una persona muy tímida, sobre todo con los afectos, le costaba mucho sacar a la luz sus sentimientos.

Tenía mucha vida interior”, rescata Marcela.
El militante
Cuando dejó la escuela, empezó a trabajar y le siguió dando duro a la militancia.

Fue pintor, albañil, vidriero: oficios que le duraban un abrir y cerrar de ojos.

Muy comprometido con lo justo, la patronal no estuvo nunca de su lado.

Siempre se identificó con el peronismo combativo. Y fue en el 74, en un plenario de la agrupación Amado Olmos que integraba expresiones de la militancia peronista de ese entonces, cuando lo conoció a Víctor (De Gennaro).

Tras una larga intervención de Víctor, el histórico dirigente Julio Guillán lo interrumpe y le plantea, con un tono “chicanero” por su exacerbado discurso, que fuera a lo concreto.

Fue un mal momento. Solidario, el “Turco” que hasta entonces desconocía, le dice: “estuviste bien, no te preocupes, vamos a tomar un vino”.

Allí comenzaron a transitar un camino común de lucha, de construcción y de amistad. En 1975 ingresó a trabajar en el Estado como pintor en los talleres de Minería.

Luego nacería la Agrupación Nacional Unidad y Solidaridad de ATE (Anusate), en una reunión clandestina, el 9 de diciembre de 1977, en el patio de la Casa de Nazareth.

Siete años más tarde vino el batacazo: el 6 de noviembre de 1984 recuperaron ATE para los trabajadores. Víctor en la conducción nacional y Germán en la Capital.

Y pocos años después, en el ’92, parieron en el Parque Sarmiento, el Congreso de los Trabajadores Argentinos, antesala de nuestra central, la CTA.

“El cáncer no me va a matar, lo único que me puede matar es la tristeza, la tristeza de saber que no podamos llegar a construir esto que tiene que ser la opción de todos los trabajadores”, dijo Germán ese 14 de noviembre frente a los miles de trabajadoras y trabajadores que se convocaron en aquella jornada histórica.
El diputado
En 1989, se convirtió en diputado nacional por la Capital. Ante la traición menemista, se convirtió en el eje fundador del Grupo de los Ocho, peronistas disidentes de la política entreguista, privatizadora y neoliberal de Menem.

Como legislador defendió los intereses de los trabajadores, en general, y de los estatales, en particular.

Así lo demuestra su nutrida y comprometida actividad parlamentaria.

La más trascendente para los estatales fue la ley de Convenios Colectivos para el Empleo Público, que luego se conocería como Ley Abdala.

Otros proyectos fueron el pase a planta de trabajadores temporarios; la penalización severa contra hechos de corrupción desde el Estado; la suspensión de la privatización de Aerolíneas Argentinas; el reconocimiento del Estado de Palestina y la apertura de su embajada en Buenos Aires; entre otros.

El visionario
Dos entrevistas, ambas del año ´87, reflejan su capacidad para mirar más allá, para entender el contexto histórico del país y del mundo; para reflexionar sobre el futuro del movimiento obrero argentino y la necesidad de la unión del campo nacional y popular.

En la entrevista realizada por la periodista Mona Moncalvillo para la revista Humor, ya en esos años, observó la crisis del modelo sindical argentino representado en la CGT:

“El fenómeno del desempleo, de la economía informal, del cuentapropismo y de la marginalidad que ha producido este profundo ajuste que ha vivido nuestra sociedad en la última década, ha llevado a que el sindicalismo hoy no exprese a un porcentaje alto de trabajadores”.

En este sentido, planteaba también que “es obligación nuestra encontrar de nuevo un proyecto, una nueva forma de militancia, que sea un buen motivo para vivir, y por el cual morir si es necesario. (…) Es preferible intentar un camino autónomo, independiente, propio, que al principio será tan doloroso como el otro, quizás, pero al final será nuestro. Estamos construyendo nuestra nueva sociedad” (Cuadernos de Crisis, 1987).

Marcela destaca, entre las características más importantes de Germán, la capacidad para mirar hacia delante, para ver el futuro: “Veía más allá de la coyuntura, los dirigentes miran el hoy y no el mañana.

Por eso, él fue una de las únicas voces que se alzaron contra las privatizaciones.

En el caso de la privatización de Entel decía que la gente iba a acceder a los teléfonos pero no iba a poder pagarlo y fue así.

También tuvo razón con Aerolíneas Argentinas”.

“El entendía la necesidad de complementar lo político y lo social – subraya Marcela– por eso militó tanto en el barrio, en la Villa 21, en el sindicato y en el peronismo desde el Movimiento Revolucionario Peronista (MRP). Si él estuviera ejercería el papel de síntesis entre lo político y lo social y no tendríamos la fragmentación que hoy observamos en esos campos”.

Luchó siempre desde el lugar que la coyuntura política requería: contra la dictadura genocida; contra los burócratas y los vendidos; contra los sindicalistas empresarios; siempre luchó por un país digno, generoso, solidario y para todos.

Buscó con fruición la libertad de su pueblo, desde el barrio, desde el sindicato y desde la banca en la Cámara de Diputados.

El hombre
Le gustaba pescar, tanto como Santa Teresita, su lugar. Ese mar –decía– era el más lindo del mundo y después, recién, venía el del Caribe. Horas y horas contemplándolo mientras pescaba con Manzur, su padre, o mientras caminaba por la arena. Y los veranos, toda la familia se iba a Mar del Tuyú, a lado de Santa Teresita. A su mar.
Fanático de Boca, mucho, iba siempre a la cancha, a platea, con los chicos, también del boxeo. De las milanesas y de sus asados. Del tango, Serrat, Quilapayún y Paco de Lucía. Leía y leía, no sólo política o historia como había aprendido de su querido viejo. También poesía: Miguel Hernández, Pablo Neruda y Juan Gelman. Y los libros de ficción, sobre todo los de Ray Bradbury. "A Germán le gustaba salir a pasarse horas en las librerías, o buscando discos. Lo que más le gustaba era la poesía”, rememora Marcela.
Nada lo pudo quebrar, estuvo hasta el último respiro en cada uno de sus lugares de lucha. Ni las 26 intervenciones quirúrgicas contra el cáncer que lo aquejaba le impidieron seguir siendo hasta el último día el compañero, el militante, el amigo...

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