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miércoles, 11 de mayo de 2011

“Las villas todavía necesitan de cientos de Carlos Mugica”



Un informe, realizado por el Observatorio Urbano Local Buenos Aires Metropolitana –que integra la red de ONU-HABITAT– y publicado por Tiempo Argentino, da cuenta de que la situación de emergencia por la cual luchó hasta la muerte el cura Carlos Mugica todavía no cambió. Dice ese estudio: “la población viviendo en villas y asentamientos precarios ha pasado del 1,2 al 5,7 % entre 1960 y el 2010, con la única alteración de la trayectoria marcada por la erradicación forzada de las villas durante la dictadura militar entre 1976 y 1983, que las expulsó al suburbio”. A ese escenario se suma una denuncia de la ONU: “en la Argentina están ocurriendo desalojos violentos sin que los ocupantes sean relocalizados. Falta una política para los sin techo.”
En los ’70, Mugica decidió instalarse en la Villa 31 y trabajar allí con hombres y mujeres a los que llamó “mis hermanos villeros”. Organizó un dispensario, levantó una capilla, se enamoró y enamoró a los villeros de peronismo. Hasta intentó convencer al mismo López Rega, quien tiempo después dio la orden de liquidarlo por mano de sus asesinos de la Triple A.

Quienes lo conocieron, quienes gozaron de su amistad y de su compañía, quienes trabajaron a su lado, sostienen que Mugica lo dio todo por sus hermanos. Que se comprometió a niveles extra humanos por lograr un mínimo de bienestar, leasé, un par de chapas para mejorar la casillas del barrio, una garrafa para calentarse en invierno y cocinar, un puñado de jóvenes que en sus horas libres enseñaban a leer y a escribir a niños y no tan niños.  

Los problemas en la Villa 31, por nombrar la misma en la que trabajó Mugica, persisten. Todavía los “hermanos villeros” usan garrafa, tienen luz porque se cuelgan, pero no conocen de cloacas ni de agua corriente. Como Mugica no conoció el paco. Y quizá tampoco la cocaína corría en la villa en sus tiempos. 

Todavía se necesitan cientos de Carlos Mugica en las villas. O por lo menos unos cuantos que sigan su prédica.

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