lunes, 28 de febrero de 2011

ENRIQUE OLIVA, UN HIDALGO DEL PUEBLO

Por Roberto Bardini

Bambú Press

Rebanadas de Realidad

Buenos Aires - Nacido en Mendoza e hijo de inmigrantes andaluces, era un aristócrata de los nuestros. O, como de sí mismo decía el francés Jacques de Mahieu, un hidalgo del pueblo, que también los tenemos.

Porque Enrique Oliva fue un hombre culto, elegante y caballero, de los que no heredan estirpe sino que se construyen desde abajo. Pertenecía al incorregible campo nacional y popular, y cuando fue necesario, no eludió la acción directa ni el riesgo físico.

Era doctor en Ciencias Políticas y había sido profesor en las universidades de Cuyo y de Neuquén, de la que fue rector organizador antes de que se transformara en la del Comahue, pero jamás posó de académico. Participó en 1951 de la fundación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), organismo que años después y a causa de su militancia peronista, lo ninguneó olímpicamente. No le importó: no le interesaba ser funcionario público al costo de cerrar la boca, agachar el lomo y mirar hacia otro lado. También fue, hasta 1955, director de Asuntos Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores, pero no descendió a las amaneradas ínfulas de ciertos diplomáticos de carrera. Y fue, sobre todo en los activos últimos años de su vida, un pensador al que no le gustaba que lo etiquetaran como intelectual.

Sus credenciales eran otras. En un medio donde proliferan cagatintas y ganapanes, se consideraba un periodista. En una época en que pululan mojigatos y cobardes, se enorgullecía de haber integrado la Resistencia Peronista. Y en una etapa de amnesia inducida y desmalvinización, estaba dedicado a la causa de las Islas Malvinas. Lo hacía con un vigor del que hoy parecen carecer muchos cuarentones y cincuentones distraídos con trenzas políticas de pasillo, andinismo laboral, Boca y River, el baile del caño o los culos del verano, endebles marcas registradas de cancherismo local, que arruga al primer amague.

Oliva creyó, como Miguel de Unamuno en El Sepulcro de Don Quijote, que en cuanto una alucinación se hace colectiva, se hace popular, se hace social, deja de ser alucinación para convertirse en una realidad. Lo demostró hasta el último día de su fecunda vida.

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