martes, 22 de febrero de 2011

Colectoras de izquierda y derecha

Por Alejandro Horowicz

El concepto de derecha e izquierda en política es un subproducto de la Revolución Francesa, del modo en que se acomodaban los diputados en el hemiciclo parlamentario: a izquierda los revolucionarios, a derecha los conservadores. En un mundo donde las soluciones políticas revolucionarias hace tiempo que no abundan, la tentación por abandonar las etiquetas diferenciales no es pequeña. A mi modo de ver se trata de un error.

Con un añadido, se puede ser de izquierda en cuestiones de género, defender el derecho de las mujeres a resolver libremente sobre un embarazo no deseado, y conservador en materia de distribución del ingreso; o propugnar la separación de la Iglesia del Estado –a modo de los liberales tradicionales y serios – y defender una política de mano dura en materia de seguridad. Y como un movimiento en la vida real vale más que cien programas, apurar una definición genérica puede confundir. Por tanto, las precisiones son mucho más importantes que las generalidades.

En un año electoral estas presiones resultan aun más pertinentes, y el debate sobre las colectoras –habida cuenta que ese es el rango del intercambio real– parece preocupar a tirios y troyanos, ya que contiene la sensible discusión sobre el reparto de las achuras.

UN POCO DE HISTORIA. El primer candidato presidencial votado, en elecciones limpias, con dos boletas fue el coronel Perón. En las elecciones de 1946 fue respaldado por la Unión Cívica Radical Junta Renovadora, de donde provenía Hortencio Quijano, y el Partido Laborista. Es decir, los dirigentes sindicales que se habían movilizado el 17 de octubre del ’45, organizados en partido político, garantizaron la victoria electoral, y el resto de los votos provino de un mundo vasto y complejo. Por cierto, Perón – que no estaba interesado en que sobrevivieran ambos nucleamientos – terminó juntándolos a todos en el Partido Único de la Revolución Nacional. Aun así, las colectoras y la victoria política de la nueva mayoría fueron de la misma mano: una alianza plebeya articulada por los sindicatos.

En 1973, la victoria electoral de Héctor J. Cámpora fue el resultado de una compleja ingeniería política. No sólo se sumaron sectores de la Democracia Cristiana –que desde su fundación se habían opuesto al peronismo–, segmentos del viejo tronco radical –el Movimiento de Integración y Desarrollo de Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio– y del viejo Partido Socialista de Juan B. Justo, sino los distintos afluentes sumados a través de la Juventud Peronista dirigida por Montoneros. Una suerte de frente único juvenil revolucionario: el tercer peronismo. Pero fue en las elecciones de septiembre del ’73 donde el general Perón recibe el aporte del Frente Justicialista de Liberación y del Frente de Izquierda Popular. El FIP, dirigido por Jorge Abelardo Ramos y Jorge Eneas Spilimbergo, aportó más de 900 mil votos elevando la performance electoral de algo menos del 50% de los votantes, en marzo, a algo más del 62%, en septiembre. Es decir, reconstruyendo la potencia electoral del peronismo a 18 años de su derrocamiento en septiembre de 1955.

Hasta 1989 el peronismo no volvió a vencer en elecciones nacionales. Y la victoria de Carlos Menem no sólo profundizó hasta lo indecible el proyecto de María Estela Martínez de Perón y la dictadura burguesa terrorista; además, su consecuente ejecución supuso la marginalización de 17 millones de compatriotas. El programa de pagar la deuda con privatizaciones y libre circulación de capitales, con la apertura de la economía y la liquidación de las conquistas del movimiento obrero en toda su historia, fue llevado hasta su extremo límite: la explosión. Y el 19 y 20 diciembre de 2001 se produjo la debacle cerrando el ciclo iniciado en febrero de 1975, con el Operativo Independencia.

La respuesta popular fue tajante: que se vayan todos. La fórmula expresaba más la furia que la capacidad de reorientar la política nacional. Entonces, el doctor Eduardo Duhalde inventó la interna externa: tres candidatos del justicialismo para la presidencia, y Menem volvió a ganar en la primera vuelta –conviene no olvidarlo nunca– y no se presentó a la segunda para no ser derrotado. La idea que se puede trampear la historia coincide con su estatura intelectual, los resultados están a la vista.

El arribo de Néstor Kirchner a la presidencia fue acompañado por un nuevo planteo político: la transversalidad. El presidente era consciente que un Partido Justicialista que había acompañado sin mayores debates a Menem, no podía acoplarse al giro que tenía en mente. Pero a la hora de la verdad terminó arreglando con la máquina duhaldista de la provincia de Buenos Aires, y el PJ renació, es un modo de contarlo, conservando las peores lacras de su historia.

Las enormes dificultades de modificar una estructura vaciada, permitieron la conformación por afuera de una alternativa que acompaña al ejecutivo en sus políticas democratizadoras, para diferenciarse en las demás. Martín Sabbatella sintetiza el experimento Morón. Y ese experimento demuestra que la política puede ser otra cosa, que los controles democráticos no sólo sirven para la arena parlamentaria, sino para la gestión pública eficaz. Al sostenerse en el tiempo, la idea de reproducir la experiencia ganó terreno. El efecto demostración permite que algunos partidos colindantes (Ituzaingó, Hurlingham, Merlo y Tres de Febrero) muestren – en materia de intención de voto – un calculado terremoto político. Es decir, la posibilidad de que hombres y mujeres que no militan en una fuerza tradicional se hagan cargo de esas populosas intendencias.

Por eso, Alberto Descalzo, intendente de Ituzaingó, Luis Acuña, de Hurlingham, Raúl Othacehé, de Merlo, y el de Tres de Febrero, Hugo Omar Curto, están más que nerviosos con motivo. Claro que saben de la imposibilidad de sacar los pies del plato. Dicho con sencillez, si tuvieran la desgraciada idea de cambiar de monta, de intentar pasarse a la disidencia duhaldista, de no ir traccionados por la boleta de Cristina Fernández, su derrota estaría asegurada. Si se compara la intención de voto de la corriente sabbatellista (ver recuadro) con la de los intendentes en cuestión, queda claro que en ningún caso equilibran el bochín. Contado al galope: tienen menos votos propios que Sabbatella, lo saben, no pueden hacer mucho para cambiar las cosas y esperan que algún milagro les permita conservar sus jugosas canonjías.

*Columna publicada en Tiempo Argentino

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