jueves, 7 de abril de 2011

Lo que los encuestadores ocultan sobre la imagen de Cristina


Basta. Se terminó el tiempo de publicar estudios de opinión pública. Para los medios opositores porque la imagen de Cristina Kirchner es muy alta y porque la intención de voto indica que no habrá segunda vuelta. Y, curiosamente, quienes están cerca de la Presidenta prefieren no hacer olas. Insisten, quienes la acompañan en la comunicación, en que el mejor mensaje es la gestión y la propia capacidad de Cristina en transmitir la ideología del modelo. Un sociólogo que dirige una consultora prestigiosa cercana al kirchnerismo contó a este cronista que otra consultora –nada oficialista– acaba de hacer una encuesta en la que, sin proyección de indecisos, si hoy fuera la elección Cristina ganaría por el 48% de los votos. Ningún candidato opositor asoma siquiera a la mitad de eso. Si para los encuestadores un año electoral es tiempo de cosecha, este 2011 será demasiado atípico. Varios consultores perdieron contratos con dirigentes opositores porque se convirtieron en los mensajeros malditos: les muestran a los candidatos unos espejos en los que se ven demasiado pequeños y, encima, les cobran por eso. Algunos encuestadores mantienen sus contratos pero con compromiso expreso de no hacer públicas las mediciones. Otros analistas de opinión pública quieren seducir a los referentes kirchneristas contándoles lo que ellos ya saben. En consecuencia, las buenas noticias no sirven para lograr un contrato.
Quizá sin advertirlo, muchos lectores ya no están atentos a la última medición. Por ejemplo, La Nación le daba a Sergio Berensztein, uno de los socios de Poliarquía, un lugar de privilegio para publicar no sólo encuestas de imagen sino también una serie de indicadores que parecían una suerte de examen sobre desempeño en la gestión presidencial. Berensztein, además, iba a las reuniones de Idea a darles a los empresarios una serie de ideas sobre cómo tenían que elegir a quien los representara en la Casa Rosada. Ahora, La Nación se tiene que conformar con publicar que Ernesto Sanz es visto por los otros radicales como el candidato de Techint y que, encima, desiste de intervenir en la interna partidaria de la UCR. Y cuando tienen que publicar un índice serio –el coeficiente de Gini– lo dejan para el suplemento de Economía (que por cierto estuvo muy bien explicado por Oliver Galak). Clarín directamente desistió de publicar algunas mediciones mentirosas que les acercan los laderos de Eduardo Duhalde y Perfil publicó, el domingo pasado, la cruda realidad de la mano de un estudio de Mora y Araujo y Asociados. Tan bien estaba la nota –en la dirección contraria de todos los artículos catárticos de sus analistas– que destacaba que la imagen de la Presidenta es tan alta como la que tenía cuando fue electa, remarcando que es muy diferente tener adhesión antes de empezar la gestión que a unos meses de terminar el mandato.
Podría inferirse que estas líneas están destinadas a afirmar que unas manos aviesas ocultan las mediciones de imagen de la Presidenta. Se trata de un preámbulo para ir en otra dirección. Lo que ocultan, lo que evitan los intelectuales orgánicos del mundo corporativo, es que están perdiendo la batalla cultural. Hoy ya no sirve manipular a la gente (o al pueblo, o a los ciudadanos) con una zanahoria que le diga: Yo te cuento que fulano tiene buena imagen y vos, que sos un perdedor, te vas a identificar y lo vas a votar porque es la única manera de triunfar que tenés. Más allá de la labor puntual de los encuestadores, la circulación de sus resultados tuvo la pretensión, por años, de ser una profecía autocumplida. Esa mirada se inspira en la asimilación completa de la política al marketing publicitario. Una muestra clara de que esa ideología perdura es cómo los voceros del PRO se ocuparon de que se publicara que Gabriela Michetti había recurrido a un power point en su speech del Buenos Aires Design. Todo very very cool. Y, por supuesto, el power en cuestión había sido elaborado por unos publicitarios contratados por Marcos Peña. El PRO es la fuerza que mejor expresa el desinterés del pueblo por los espejos de colores.
En la Argentina, como en la mayoría de las naciones de América del Sur, no sólo se viven los resultados de políticas públicas de afirmación soberana, sino que también hay una subjetividad que acompaña esos resultados. Fito Páez, el Chaqueño Palavecino, el cine nacional, el Himno Nacional, el tango, Fuerza Bruta, cualquiera de las referencias culturales remite a una potencia notable de lo propio. Es más, U2 en sus recitales hace propios a las Madres de Plaza de Mayo, a Carlitos el Apache y a los jugadores de la Selección Argentina. Lo que explotó desde el 25 de mayo de 2010 es aquello que las miradas oligárquicas no esperaban: una combinación de felicidad y sentimiento patriótico de la mano de la visión de la historia de los sobrevivientes: sobrevivientes de Malvinas, de los setenta y de todas las resistencias al neoliberalismo. Se les escapó la tortuga. Aquella Semana de Mayo terminó de quitar el estigma. Se estrenó una película sobre la vida de Manuel Belgrano y esta semana se estrena otra sobre José de San Martín. Y se está rodando otra sobre la vida de Estela de Carlotto. Ya no hay artistas o directores de teatro que sientan sobre su conciencia la tutela de los suplementos de Espectáculos de ´ Clarín y La Nación, prefieren hablar aunque sus productos vendan menos. Los escritores hacen otro tanto aun desestimando los consejos de los jefes de prensa de las editoriales sobre la importancia de ADN y Eñe. Beatriz Sarlo quiere contentar a los lectores de La Nación con una visión edulcorada del kirchnerismo. Dijo, a raíz del acto del 11 de marzo, que la columna vertebral es la juventud. Ella, la Sarlo, que fue una marxista que trataba de convencer a otros sobre la conveniencia de un Estado que tuviera de columna vertebral al proletariado consciente. De periodistas patéticos ni hablar. Jorge Lanata, el abonado a TN, apenas la semana pasada, desde Boston, había prometido que volvía en cinco años.
Entonces, ¿qué expresa la Presidenta? Podría decirse, sin dudarlo, que ella es una líder política excepcional. También podría decirse, como solía afirmar Néstor Kirchner, que es una persona común con desafíos excepcionales. Pero tan importante –o más– es advertir que es el resultado de una construcción política con décadas de historia que vive una transformación muy importante. El peronismo estaba en el lugar central de la vida política argentina en dos momentos decisivos y en ambas oportunidades –en 1955 y en 1976– fue derrocado por golpes de Estado que funcionaron a medida de las necesidades de intereses empresariales y financieros de los grupos más concentrados. Después de eso llegó el menemismo, que pervirtió valores populares genuinos por un modo viscoso de la vulgarización de los valores culturales conservadores y ultrarreaccionarios. Con Ricky Maravilla llegaban la pizza con champagne y los indultos. Esta vez, con Cristina Kirchner llega la Asignación Universal, Conectar Igualdad, los juicios a los genocidas y una política de seguridad para terminar con la corrupción policial.
Lo antedicho es importante. Pero no es lo esencial. Hoy la sociedad (o la gente, o el pueblo) es protagonista. Y Cristina expresa los deseos de esa sociedad. Es su intérprete. Hace unos años, junto a Néstor y otros dirigentes, llegaban a cubrir un vacío que parecía imposible de llenar. La deserción de aquella dirigencia política proactiva de los negocios privados dejó un espacio. Intentaron recuperarlo en 2008, con la protesta de la Sociedad Rural y sus aliados. Y puede advertirse, a cierta distancia, que fue un intento con base social y no sólo una reacción corporativa. Cuando días pasados Plácido Domingo dio un recital en el Obelisco había sido concebido como un acto cultural PRO. La ópera como una expresión elitista. Sin embargo, el resultado fue la ópera como un genuino acto democrático: un artista que respetó a los artistas organizados sindicalmente. Pero con un detalle crucial: el espectáculo cohabitó con el Día de la Memoria y sus asistentes aplaudieron cuando el locutor hizo mención a ello. Un espectáculo al que Mauricio Macri, la única esperanza flaca de la derecha corporativa, no pudo asistir. Hoy, los operadores de Macri deambulan por los bares de los hoteles pitucos reuniéndose con los operadores de Héctor Magnetto. La última invención del CEO de Clarín es una netbook cara, extremadamente cara, que el Gobierno de la Ciudad quiere entregar por contratación directa a cada secundario porteño. Aunque resulte increíble, a diferencia de las que entrega el programa Conectar Igualdad, los programas y contenidos no los brinda el Ministerio de Educación porteño sino Clarín, el mismo que censura Pakapaka. La privatización de los contenidos curriculares es tan original como patética.

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