sábado, 23 de abril de 2011

JESÚS Y NO EL CESAR, ES EL HIJO DE DIOS. EL EVANGELIO VIENE DEL POBRE, NO DEL PODER.

Por Ruben Dri


-Los que son considerados como jefes de las naciones, las gobiernan como si fueran sus dueños; y los poderosos las oprimen con su poder. Pero entre ustedes no ha de ser así. Al contrario, el que quiera ser el más importante entre ustedes, que se haga servidor de todos, y el que quiera ser el primero, que se haga el siervo de todos
(Mc 10, 42-43) .


Hegemonía y poder.
 

Como es sabido el triunfo de la revolución en la Rusia zarista y las derrotas de los intentos revolucionarios de la segunda década del siglo XIX en Alemania, Hungría e Italia, llevaron a Antonio Gramsci a una profunda reflexión sobre las causas de tan dispar destino de los intentos revolucionarios.
 

La contribución más importante de estas reflexiones gira alrededor del concepto de hegemonía que, desde entonces figura en todas las elucubraciones que tienen que ver con la realidad política.
 

Me interesa en estas reflexiones trabajar sobre la relación que veo entre dicho concepto y la construcción del poder popular, reinterpretando el concepto de hegemonía, o, incluso, corrigiéndolo.
 

Para empezar, hay una observación importante que hace Gramsci al referirse a las diferencias existentes entre las tareas que le esperan a la revolución de octubre y las que es perentorio realizar en las revoluciones del los países centroeuropeos. 


Siendo la sociedad zarista una sociedad en la que prácticamente no había sociedad civil, tomado el Estado, o la fortaleza, como lo denomina Gramsci, la tarea a realizar era nada menos que la de crear la sociedad civil, lo que significa, crear la hegemonía, entendida ésta como consenso de los ciudadanos.  

Ese consenso es poder.
 

Construir la hegemonía es construir poder, poder horizontal, democrático. Esta tarea no puede ser creada desde arriba, pero es el único lugar en que esa revolución la podía realizar.
 

Una contradicción prácticamente insoluble, como se mostró ulteriormente.
 

Como se ve, me estoy sirviendo del concepto gramsciano de hegemonía, pero transformado o reinterpretado, como se quiera.
 

Es muy difícil, por no decir imposible, que la revolución soviética no terminase en el estalinismo.

De hecho, esto ya había sido expuesto por Hegel en la célebre dialéctica del señor y el siervo.
 

El camino del señor es un callejón sin salida.
 Desde el poder de dominación, aunque éste se denomine dictadura del proletariado es imposible pasar a una sociedad del mutuo reconocimiento.  

Los sujetos no se realizan por una concesión que hace desde arriba. 


Se conquista en una lucha en la que los siervos, dejan de serlo, no se reconocen como siervos, sino como sujetos.

Gramsci plantea correctamente, para las sociedades avanzadas, con sociedad civil ampliamente desarrollada, que la hegemonía debía preceder a la toma del poder o del Estado.
 

Creo que ese principio vale para toda revolución y no sólo para las sociedades avanzadas, porque si la hegemonía no se construye en el camino, no se la construirá posteriormente. 


Se repetirán las prácticas anteriores.  

La hegemonía como consenso democrático no puede ser construido desde arriba, porque ello implica subordinación.
 

Quien detenta el poder del Estado o el poder político y económico puede obtener legitimación, que implica aceptación de la dominación, pero no hegemonía en el sentido de consenso democrático.
 

Éste sólo puede lograrse desde el seno de la sociedad civil.
 Es una construcción que se realiza entre iguales.  

Algunos ejemplos históricos ilustrarán lo que quiero expresar.
 

Tomaré dos de los más significativos, el del cristianismo primitivo y el de la Revolución Francesa.
 

El primero como un caso histórico que muestra la conquista y la pérdida de la hegemonía, y el segundo, el de una conquista que se mostró irreversible.
 

Después de la muerte de Jesús de Nazaret que había bregado por una revolución igualitaria en la sociedad hebrea del siglo primero, sus discípulos, una vez recuperados del desconcierto de la derrota que significó la muerte de su líder, comenzaron a repensar su práctica en un contexto totalmente distinto.
 

Efectivamente, del pueblo hebreo, en el cual había una historia en la que se insertaba el proyecto liberador de Jesús habían pasado a habitar en pueblos sometidos por el imperio romano, en los que la única manera de insertar el proyecto era enfrentar al poder opresor del imperio.
 

La tarea que emprenden es la de una verdadera lucha por la hegemonía que implica, entre otras cosas, reinterpretar determinados símbolos, cambiando su sentido, de opresor en liberador, y crear otros.
 

Tomaré algunos de los símbolos más significativos que tuvieron esta metamorfosis.
 

El evangelio viene del pobre, no del poder.
 

-Principio del evangelio de Jesús Cristo, Hijo de Dios
(Mc 1,1). 


Así comienza Marcos su narración sobre la práctica y el mensaje de Jesús de Nazaret, conocida como evangelio.  

Hoy el vocablo evangelio, reinterpretado desde el poder de dominación, ha pasado a significar una narración religiosa sin connotación alguna con cuestionamientos que tenga que ver con situaciones sociales, económicas o políticas. 


Sin embargo, se trata de una de las geniales creaciones del lenguaje anti-imperial de algunas de las primeras comunidades que contraponen la práctica y el mensaje liberador de Jesús de Nazaret a la práctica y el mensaje opresor del imperio romano.  

Efectivamente, según el Diccionario Teológico del Nuevo Testamento es -un término técnico para -nuevas victorias, especialmente en las batallas militares. (Ched Myers, 1988 p. 123).
 

El evangelio del imperio se transmitía a través de las victorias de las tropas que significaban destrucción, muerte y opresión para los vencidos.
 

La descripción del -endemoniado de Gerasa nos muestra claramente las consecuencias de semejante evangelio: -Andaba siempre, día y noche, entre los sepulcros y por los cerros, gritando y lastimándose con piedras. (Mc 5, 5).
 

El demonio que se había apoderado de este individuo se llamaba legión, es decir, el imperio romano en su expresión más tenebrosa para los dominados, el ejército.
 

La dominación ocasiona desequilibrios en los dominados.
 

A éstos se les cierra el horizonte, se les truncan las posibilidades de realizarse como sujetos. Son reducidos a objetos descartables. 


La osadía de Marcos es mayúsculas.  

El verdadero evangelio no es el que transmite el imperio sino el que surge del mensaje del campesino de Nazaret llamado Jesús.
 

El evangelio es: -Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios: conviértanse y crean en el evangelio. (Mc 1, 15)


El evangelio o buena nueva o excelente noticia no es el imperio romano sino el Reino de Dios.
 

El Reino de Dios es una sociedad antimonárquica, antijerárquica, antitributaria.
 Es una sociedad de iguales, de hermanos, en la que todo se comparte.  

El único rey aceptado es Dios quien ni vive en templos sino en el pueblo.
 

Toda la actividad de Jesús se realiza en las aldeas, en el campo, en las casas de familia, en las sinagogas.
 

El templo, para Jesús, es como la higuera que no da frutos.
 

El campesino Jesús es el Señor, no el emperador.
 

En la ideología del imperio, había un solo Señor, el emperador, el verdadero señor del mundo como la denomina Hegel. 


En su lucha contrahegemónica las comunidades cristianas otorgan ese título a Jesús, el campesino de Nazaret que pasa a ser el Cristo, el Señor - Kyrios-
 Ésta es la raíz de las persecuciones que sufrirán diversas comunidades cristianas.  

Celso nos proporciona un buen testimonio sobre el tema.

En efecto, al principio que sostienen los primeros cristianos sobre la imposibilidad de servir a dos señores, contesta Celso que ésas son -palabras de facciosos que quieren hacer grupo aparte y separarse del común de la sociedad. (Celso, 1989 p.111)
 

Más adelante agrega Celso: -quien, hablando de Dios, declara que hay un solo ser al que se debe el nombre de ´Señor´, es un impío que divide el reino de Dios e introduce en él la sedición, como si hubiese dos partidos opuestos, como si dios tuviese delante de sí un rival para hacerle frente. (Id. p. 112).
 

La indignación de Celso es explicable.
 Los cristianos admiten al Cristo como único Señor.  Ello significa que se lo niegan al emperador y a los dioses del imperio.

En consecuencia se niegan a participar en los cultos públicos, pues éstos significaban la legitimación del imperio.
 

Era la utilización te la teología para legitimar el poder de dominación imperial, ese pecado que es imperdonable al decir de Jesús. (Mc 3, 28-30).
 

Con más claridad y contundencia todavía se expresa Celso: -Suponed que os ordenen jurar por el Jefe del Imperio. No hay ningún mal en hacer tal cosa. Porque, es entre sus manos en donde fueron colocadas las cosas de la tierra, y es de él de quien recibís todos los bienes de la existencia. Conviene atenerse a la antigua frase: ´Es necesario un solo rey, aquel a quien el hijo del artificioso Saturno confió el cetro´. Si procuráis minar este principio, el príncipe os castigará, y razón tendrá; es que si todos los demás hiciesen como vosotros, nada impediría que el Emperador se quedase en solitario y abandonado y el mundo entero se tornaría presa de los bárbaros más salvajes y más groseros. No existiría en breve ninguna señal de vuestra hermosa religión, y lo mismo acontecería de la verdadera sabiduría entre los hombres. (Celso, 1989 p. 122).
 

Hic Rhodus, hic salta! Aquí hay que saltar.
 

Aquí está el problema que los cristianos le plantean al imperio, aquí se encuentra la clave de las persecuciones.
 

Celso es claro y contundente. Dice que en manos del emperador -fueron colocadas todas las cosas de la tierra.
 Los cristianos lo niegan.  

Ellas están en manos del único Señor que no es precisamente el emperador. Éste las ha usurpado. Del emperador reciben todos los bienes de la existencia sólo los poderosos, los que pertenecen a la burocracia imperial o a la aristocracia.
 

La mayoría no sólo no recibe esos bienes, sino que recibe los males de la opresión militar, de la opresión económica, del hambre y la muerte, denunciados por el apocalipsis en las figuras de los jinetes. (Ap ).
 

Jesús es el Hijo de Dios, no el emperador.
 

-Cayo Octavio nació el 23 de septiembre del año 63 a.e.c. y se convirtió en hijo adoptivo y heredero legítimo de Julio César, asesinado el 15 de marzo del 44 a.e.c.. Luego de la deificación de César por el Senado de Roma el 1º de enero del 42 a.e.c., Octavio se convirtió inmediatamente en divi filius, hijo de un divino
(Crossan 1996 p. 20).
 

Octavio, el fundador del imperio romano es proclamado Hijo de Dios.


El poeta Virgilio se encargará de fundamentar la naturaleza divina del emperador en la Eneida y en la Cuarta Égloga.
 

Mientras en la primera de estas obras narra la historia de la estirpe divina de los emperadores romanos, en la segunda celebra el -nuevo orden que comienza con el imperio.
 

En la moneda que le presentaron a Jesús cuando tramposamente lo interrogan sobre la licitud del pago del tributo al César se leía: Ti(berius) Caesar Divi Aug(usti) F(illius) Augustus cuya traducción es: -Tiberio Augusto, César, hijo del divino Augusto.
 

De modo que el poder del emperador se encontraba legitimado religiosamente. Había una teología imperial que sostenía la naturaleza divina de quien detentaba el poder.
 El título de augusto que recibía tenía carácter divino.  

El Apocalipsis tiene las expresiones condenatorias más terminantes para este tipo de legitimación religiosa.
 Marcos inicia su evangelio de la siguiente manera: -Principio -arjé- del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. 

El Génesis inicia la obra de creación del mundo de la misma manera: -En el principio -en arjé-.

No es casual. Se trata de una nueva creación.
 

Jesús crea un mundo nuevo, una nueva sociedad. Mujeres y hombres nuevos.
 Con Jesús comienza el mundo nuevo y no con Octavio como proclamaba Virgilio en la célebre cuarta égloga. Jesús, el Cristo, es decir, el Ungido, el Mesías es el trae el evangelio, no el emperador, como hemos visto.  

Por otra parte, Jesús es el verdadero -Hijo de Dios, no el emperador romano.
 

Menester es captar esta categoría aplicada a Jesús, el Cristo, en todas sus dimensiones, es decir, en su dimensión político-religiosa.
 En primer lugar, su sentido político.  

Proclamar a Jesús de Nazaret, un campesino de la oscura región de Galilea como el verdadero Hijo de Dios, tenía un claro sentido antiimperial.
 

Marcos escribe su evangelio para mostrar que efectivamente es ese campesino el verdadero Hijo de Dios.
 

Esta proclamación, por otra parte, tenía un profundo significado religioso en el que se encuentra implicado no sólo Jesús, sino también todos los hombres.
 

Para entender esto debemos pasar del concepto al símbolo, o mejor, devolver esa expresión a su expresión simbólica como lo fue en su creación.
 

Su paso del símbolo al concepto y, de éste, al dogma, lo empobreció, unilateralizó y permitió que se lo utilizara en forma opresora.

La realidad es infinita, inagotable.
 

El ser humano se encuentra abierto a esa infinitud. Abierto a ella, pero sin poder nunca agotarla o abarcarla completamente.

Los símbolos expresan esa infinitud, por lo cual son polisémicos. Poseen múltiples, inagotables significaciones.
 

El concepto, en cambio, acota las significaciones de los símbolos.
 

El símbolo transformado en concepto pasa a tener una significación unívoca, presta para ser propuesta como dogma. 


La expresión Hijo de Dios es uno de los símbolos más ricos y profundos de la experiencia religiosa.  En ese nivel, es decir, como símbolo expresa, por una parte que en Jesús de Nazaret, en su práctica y su mensaje se nos presenta Dios.  

En otras palabras, la práctica y el mensaje de Jesús nos hablan de la presencia de Dios.
 Por otra parte, esa elevación del hombre a la divinidad pertenece a todo hombre. Jesús, el Cristo, es una manifestación eximia de la elevación del ser humano.  

Nadie puede saber, conceptualmente, qué significa ser Hijo de Dios. 


Sabemos qué significa ser hijo de un padre y de una madre humanos. 

Transportar esta experiencia a la divinidad sólo puede hacerse de manera simbólica, o, en todo caso, analógica, pero nunca como una verdad que puede afirmarse conceptualmente y, menos, dogmáticamente. 

Pero en una sociedad como la helenista el paso de lo simbólico a lo conceptual era una necesidad. Ello no significa todavía su paso a lo dogmático. Éste se dará no por una necesidad cultural sino política.  

Efectivamente, se hace en el siglo IV cuando las comunidades cristianas conforman la iglesia, una institución ya avanzada en su proceso de jerarquización que negocia con Estado, esto, con el imperio romano los espacios de poder.
 

El símbolo reducido al concepto y éste, al dogma, queda bajo la interpretación de la institución que ha realizado la transmutación.
 Naturalmente que no se puede entender conceptualmente cómo es eso de que un hombre sea al mismo tiempo Dios o Hijo de Dios.  

Se lo impone dogmáticamente y se lo declara un misterio que debe ser aceptado por la fe o adhesión ciega, incomprensible.
 

Efectivamente, la elevación del ser humano a la divinidad, o, en otras palabras, la trascendencia del ser humano es incomprensible para el intelecto, es decir, no se puede traducir conceptualmente.


Pero es plenamente comprensible en el nivel simbólico, únicamente manera de expresar las experiencias más profundas del ser humano. 

¿Alguien puede, acaso, expresar conceptualmente, en forma acabada, la experiencia del amor o la amistad?  Poetas, novelistas y músicos pueden hacerlo de manera mucho más satisfactoria. 

Jesús es el Salvador, no el emperador. Aquí el artículo completo 

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