lunes, 26 de septiembre de 2011

El voto femenino y el lugar de Eva Perón

Por Alejandro Horowicz
Periodista, escritor y docente universitario

No pocas feministas cayeron en la trampa de su gorilismo visceral. Es decir, propusieron rechazar la ley por considerarla parte de la política de Perón y Evita. Cualquier parecido al comportamiento frente a la Asignación por Hijo muestra el hilo conductor del pensamiento conservador.

El 7 de septiembre de 1947, por unanimidad, la Cámara de Diputados votó la Ley 13.010. La democracia representativa, por fin, incluía a todos y todas, desde el momento en que las mujeres conquistaban su derecho a elegir y ser elegidas. En verdad, tanto la bancada del Partido Justicialista, que impulsó el proyecto, como la radical, que propuso modificaciones, se habían definido previamente sobre el punto en las elecciones generales de 1946. La Unión Democrática, que la UCR integraba junto a socialistas y comunistas, incluía en su programa el voto femenino, y el peronismo, por boca de su jefe, defendió ese derecho conculcado.

De modo que los 117 diputados presentes –dando muestras de inusual civilización política– levantaron la mano sin defecciones. Sin embargo, mientras hubo que argumentar quedó en claro que no todos pensaban igual, ya que un cambio en el estatuto de ciudadanía era al mismo tiempo una transformación de la cultura política, de la calidad institucional, y de la vida diaria. El lugar de la mujer se había corrido desde la limitada domesticidad maternal, hacia un horizonte más rico y complejo. El welfare state no sólo implicaba parlamentarizar las relaciones con el movimiento obrero –que con anterioridad estaba regulado por la 4144, denominada Ley de Residencia– sino que ampliaba en 3,5 millones el padrón electoral nacional. Y el viejo argumento conservador (según el cual las mujeres no debían votar para evitar las divisiones al interior del núcleo familiar) quedó definitivamente atrás. El patriarcado había perdido un instrumento de peso histórico.

El 23 de septiembre, ante una nutrida multitud, el presidente de la República entregó el decreto que ponía en vigencia la ley, a su mujer: Eva Perón. Pero fue en la Constitución de 1949 que ese derecho inalienable adquirió estatuto definitivo; por cierto, en las elecciones de 1951 las mujeres ejercieron el flamante derecho sufragando masivamente por el general Perón. Y a resultas de esa novedad ingresaron al Congreso diputadas y senadoras del partido oficialista. Este cambio copernicano recién cumplirá en noviembre seis décadas.

Conviene tener presente que la democracia política en la Argentina tuvo un recorrido accidentado. Tanto, que la promulgación de la Constitución de 1853, no significó per se el establecimiento de un orden democrático. Recién en 1916, con la elección de Hipólito Yrigoyen, se votó según la Ley Sanz Peña, y la ciudadanía pudo decidir quién decidía por vez primera. Antes, la farsa electoral convalidaba las decisiones del Partido Autonomista Nacional (PAN). Es decir, el presidente en ejercicio elegía a su sucesor. El plebiscito popular no anuló esta regla implícita, pero la sometió a monitoreo publico. Este método funcionó hasta la crisis del ’30, cuando el primer golpe de Estado depuso a Yrigoyen, dando inicio a la proscripción del radicalismo y al fraude patriótico; y ambos bochornos institucionales terminaron siendo emblemas de la década infame.

Estas fechas por sí solas no aclaran. Es útil saber que en la culta Francia, país de la democracia política por antonomasia, las mujeres acceden al voto cuando finaliza la Segunda Guerra Mundial. Es cierto que a partir de esa fecha se volvió particularmente infamante para una sociedad que todos sus integrantes adultos no eligieran a las autoridades, pero como el orden colonial recién comenzaba a refluir, el acceso de la mujer a la ciudadanía plena se vio tan recortado como el voto masculino. En Asia y África la cosa recién comenzaba. Y ni siquiera hoy se trata de un derecho realmente establecido y relativamente eficaz.

EL PAPEL DE LAS FEMINISTAS Y EL LUGAR DE EVITA. En la historia política de Occidente, el voto femenino está ligado a las feministas que militaban en las filas del socialismo. El Partido Socialista de Juan B Justo incluía la reivindicación en su programa mínimo. Y de esa tradición proviene no sólo el voto, sino la mayor parte de la legislación que protege a los trabajadores organizados.

Como el socialismo nunca fue más que una corriente electoral minoritaria, no estaba en condiciones de garantizar ese elemental derecho democrático. Al mismo tiempo, fueron sus abnegadas militantes las que finalmente conquistaron a la mayoría para ese punto de vista. En 1933 el radicalismo lo hace suyo, y en 1946 –tras las jornadas del 17 de octubre– el laborismo a través de su candidato presidencial se suma al torrente que lo llevará a la victoria. Sin embargo, no pocas feministas –como Victoria Ocampo– cayeron en la trampa de su gorilismo visceral. Es decir, propusieron rechazar la ley por considerarla parte de la política demagógica de Perón y Evita. Cualquier parecido al comportamiento frente a la Asignación Universal por Hijo, a modo de ilustración, muestra que el hilo conductor del pensamiento conservador se alimenta de la misma fuente con contenidos casi idénticos. Con un añadido, el papel de Evita en la promulgación de la ley, así como su intervención en ese debate público, no resultaron particularmente destacados. Lo que molestaba de sobremanera a la reacción era el modelo que de su comportamiento personal surgía. Ya no se trataba de una señora que carecía de estatuto público –ese fue el caso de todas las mujeres de presidentes anteriores al suyo– sino de una militante que junto a su compañero en la vida quebraba el soliloquio machista de la política argentina.

25/09/11 Tiempo Argentino

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