sábado, 17 de septiembre de 2011

¿Cómo se dice corralito en griego?

Las decisiones políticas, si es que quieren aprender del doloroso caso argentino, tienen como centro que el poder político no debe manejarse en función de los intereses bancarios sino de cara a sus ciudadanos.
Los llamados salvatajes financieros de los países centrales desde 2008 hasta ahora dejan a la vista el grado de impunidad con que cuentan las grandes corporaciones financieras transnacionales. La prueba de que puede llevarse al banquillo a los políticos y banqueros cuando estafan a las sociedades la dio Islandia la semana pasada. Es interesante el motivo por el cual el Parlamento de ese país diera luz verde para que el ex primer ministro islandés Geir Haarde fuera llevado a los tribunales. Una comisión parlamentaria coincidió en que Haarde actuó “con negligencia” y desoyó “las advertencias que recibió sobre una inminente crisis de los principales bancos islandeses”. Salvo el pequeño país escandinavo, el resto no sabe o no contesta. Aunque la Argentina tiene un rumbo desde hace ocho años que va en dirección opuesta de la especulación financiera, todavía es mucho lo que falta por cambiar. En julio pasado se cumplieron diez años del megacanje. El fiscal federal Federico Delgado volvió a insistir con los años que lleva la causa sin que se avance. Delgado se presentó ante el juez federal Marcelo Martínez Di Giorgi, quien tiene la causa. En el expediente, están investigados, tanto el ex ministro Domingo Cavallo como el ex secretario del Tesoro –y banquero privado– David Mulford. La acusación se basa en que hubo “un maridaje entre los intereses públicos y los privados que tiñó a toda la operatoria”. Es decir, algo que salta a la vista, la línea entre lo público y lo privado no existía. La operación consistió en la postergación de los vencimientos de títulos de la deuda externa (vencían en 2001 y 2005 y se los extendió hasta 2006 y 2031 respectivamente). Pero, ese pase mágico se hacía con el pago de cuantiosos intereses que hacían incrementar la deuda externa y que incluía comisiones multimillonarias para los intermediarios. El procesamiento lo inició el juez Jorge Ballestero y luego durmió el sueño de los justos. Cavallo y Mulford no eran los únicos halcones que combinaban negocios privados con cargos públicos y la vida académica. En el caso argentino, el resultado de este maridaje fue letal. Aun después del terremoto causado por José Alfredo Martínez de Hoz, la concentración y extranjerización de la banca se incrementó. En efecto, en 1981 había 203 entidades financieras, mientras que en 2001 quedaron 88. En 1981 el 17% de los depósitos estaban en bancos extranjeros y en 2001 llegaron al 48%. Hay que recordar que la voracidad era un combo de caída del salario y mayor imposición a los asalariados así como los sucesivos aumentos del IVA. La precarización salarial, la represión y persecución gremial eran medidas para acompañar la extranjerización y concentración financiera. Así las cosas, se llegó al decreto firmado por Fernando de la Rúa el 1 de diciembre de 2001, por el cual se prohibió el retiro de las cuentas bancarias. Ese “corralito” tuvo infinidad de irregularidades que fueron debidamente asentadas por la Comisión Investigadora de Entidades Financieras, presidida por la senadora tucumana Malvina Seguí y que acaba de ser publicada con una serie de consideraciones, tanto de Seguí como de Facundo Biagosh y de Alberto González Arzac, quienes trabajaron en dicha comisión, en un libro llamado El corralito – historia de una colosal estafa al pueblo argentino.

GRECIA
El titular del Banco Central Europeo, Jean- Claude Trichet, afirmó el jueves pasado que la actuación de la entidad que preside resulta “impecable”, básicamente al oponerse a que Grecia salga del euro y busque una solución a la crisis que sufre. En un artículo publicado el domingo en The New York Times, el columnista Paul Krugman, quien más que economista heterodoxo debe ser considerado como un enemigo acérrimo del neoliberalismo financiero, le contestó titulando su artículo “Un desastre impecable”, y advirtiendo que los problemas de Europa no son Grecia o Portugal sino Italia y España, países con economías de mayor porte. El celo que muestran los gobiernos de la derecha francesa y alemana por cuidar la moneda comunitaria no alcanza para disimular la gravedad que vive el Viejo Continente. Pero, más allá de las consideraciones monetarias y financieras, el retroceso en Grecia se traduce en la ferocidad de los recortes impuestos. Uno de ellos es que, por primera vez en la reciente historia de Grecia, los escolares, bachilleres y universitarios no tendrán los libros de texto gratis. La educación pública incluye la gratuidad de los libros en todos los niveles. Pero la falta de pagos a los proveedores alimentó las fotocopias y los pendrives. Cuando habla el primer ministro griego, Georgios Papandreu, sus palabras no repican en el Partenón sino que son distribuidas por las agencias Reuters y Bloomberg, y ambas tienen el 80% de su facturación en los bancos; es decir, precisamente quienes quieren ahogar a los griegos en recortes que terminen, si es preciso, en medidas al estilo del corralito argentino. Claro, para eso deberían salir del euro. En síntesis, los griegos están entre la sartén y el fuego. Pero, parafraseando a Bertolt Brecht, podría decirse, cuando se llevaron a los griegos no me preocupé…, cuando se llevaron a los portugueses no me preocupé…, cuando se llevaron a los españoles… Ahora vienen a buscarme y ya es tarde.
La pregunta flota en el ambiente: ¿El domingo 11 se conmemoraron los diez años de las Torres Gemelas o los llamados líderes de Occidente, en sus versiones demócrata y republicana, ratificaron el rumbo del capitalismo financiero salvaje? Porque el caso griego ya es la crónica de la muerte anunciada de algunos bancos. La reducción de entidades financieras que vivió la Argentina la están sufriendo los países centrales. Y si nos quieren hacer creer que el debate es cuánto hay que inyectar para salvar bancos, estamos fritos. Las decisiones políticas, si es que quieren aprender del doloroso caso argentino, tienen como centro que el poder político no debe manejarse en función de los intereses bancarios sino de cara a sus ciudadanos. Dicho en términos más sentidos: en función de sus respectivos pueblos y no de los intereses de los poderosos.
Al respecto, Atenas se parece a Buenos Aires diez años atrás. Papandreu acaba de anunciar que cobrará una suba del impuesto inmobiliario a través de las boletas de luz. Como si eso, más allá de lo recaudado, sea la señal de sometimiento que esperan los banqueros o los ahorristas que ponen sus dineros en acciones. “Las bolsas se desploman –tituló El País de Madrid– por temor a la crisis de Grecia”, como si pudieran evadir los años de burbuja financiera en España que llevó a ese país a vivir una ilusión similar a la del uno a uno argentino de los tiempos de Cavallo. La Bolsa de Madrid ayer cayó fuerte por lo que pasa en España. La desocupación joven trepó al 20% y “los indignados” son la punta de un iceberg que es preciso ser ciego para no advertir. Italia tiene un coeficiente de deuda pública que trepó al 120% de su PBI. Ambas naciones están en problemas graves. Y tanto Francia como Alemania no quieren empeñar al Banco Central Europeo en el rescate de esas naciones. Porque el diseño de ese Banco Central se hizo a la medida de la gran banca privada. Tras 12 años de existencia, sus cimientos se mueven. Todo lo que tenía de potente lo tuvo luego de frágil. La suma de 17 naciones y un mercado para captar ahorristas y consumidores con distintas culturas terminó siendo la gran debilidad. Todos quedaron atados a los parámetros e intereses de unas pocas corporaciones privadas multinacionales, pero principalmente con intereses franceses y alemanes. Eslovenia, Chipre o Estonia no podían vivir la ilusión de seguir el ritmo de Francia o Alemania. Desde la crisis de 2008-2009 quedó claro que Portugal, Irlanda y Grecia tampoco. Krugman insiste en que a esa lista deben sumarse Italia y España.
Por Eduardo Anguita

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