sábado, 8 de octubre de 2011

Se cumple un nuevo aniversario del natalicio del más grande estadista

Por Adolfo Rocasalbas*
Hace hoy 116 o 118 años, lo mismo da, nació en la localidad bonaerense de Lobos o Roque Pérez -también es igual- el más grande estadista de la historia argentina, el General Juan Domingo Perón.

El vuelo del cóndor lo acompañó desde niño. En Lobos y la Patagonia, en el Norte y el Litoral, a lo largo y a lo ancho del país primero y, del orbe, más tarde. Su voz y sus gestos inconfundibles ya sonaban y visualizaban portentosos y predestinados en las aulas de sus estudios juveniles.

En su pecho de adolescente flameaban las banderas luego tantas veces reivindicadas por millones de fervientes gargantas y compungidos torsos. Fue un iluminado. Se quemó en una llama épica que comprometió su vida y su destino. Había sido llamado, por supuesto sin saberlo aún, a ser conductor de pueblos.

Recorrió el mundo para superar sistemas y modelos perimidos por una evolución que reconoce el pasado solo para no reincidir en errores. Fue un visionario. Se adelantó a su tiempo y trazó el camino a seguir para las generaciones venideras.

También fue un incomprendido. Había abandonado el vientre materno aquella mañana del 8 de octubre -para algunos sesudos investigadores el 7, lo misma da también-, para reivindicar a los humildes y convertir una chacra colonial en una orgullosa Nación.

Los cavernícolas del paleolítico político continuaban aún en sus cuevas, temerosos de su naciente y revolucionaria prédica.

Fue un innovador, un manantial de ideas nuevas y revolucionarias, un transformador de criterios esquematizados y un liberador de conciencias y espíritus. Desde la cúspide descendió al llano para compartir el lodazal y fundirse en la miseria de su pueblo.

Transformó la tristeza cotidiana en orgullo de haber nacido en esta tierra. Y, un frío día, fue obligado a marcharse, luego de negarse de forma decidida a derramar sangre inocente. Mucho después regresó desencarnado, sin rencores, sin odios, como no fuera la que animó toda su vida: "Servir lealmente a la Patria".

Se marchó de forma definitiva, con las botas puestas, abrazado por un pueblo que lo amó y acompañó durante cinco interminables días y noches desde aquel desgarrante lunes 1º de julio de 1974.

Mañana hubiese cumplido años. A partir de la imposibilidad de administrar el tiempo -lo único que no puede combatirse- se lo recuerda hoy como siempre: sabio, prudente, conductor y estadista.

En 1895 y, durante el mandato de José Evaristo Uriburu, la Nación asistía al segundo censo nacional de la historia. Su único hermano, Mario Avelino, había visto la luz cuatro años antes.

Su padre, Mario Tomás, era hijo del ex senador mitrista y destacado médico durante la Guerra del Paraguay, Tomás Liberato.

Fue creciendo en Lobos y trotando luego por diferentes ciudades patagónicas y, ya adolescente, ingresó al Colegio Militar.

Maestro, profesor, escritor, historiador, cultor de múltiples actividades deportivas, jamás abandonó su pasión y respeto por el campo y el gaucho, maltratado y perseguido durante muchos años.

Así, hizo sancionar en 1944, apenas pudo, el Estatuto del Peón. Ya era secretario de Trabajo y Previsión cuando alumbró el decreto 28.169, definido luego como "el más extraordinario y trascendental de todos los Estatutos del trabajo" conocidos hasta entonces.

"Era el Estatuto del hombre más humilde, hasta ese momento una suerte de paria sin derecho alguno que vivía en condiciones inferiores a la propia esclavitud", explicó alguna vez Perón.

También influenció como Secretario de Trabajo y Previsión para que el Poder Ejecutivo dictase otros varios decretos de regulación del trabajo transitorio de las cosechas y, luego, sobrevino la Ley 13.020 de creación de la Comisión Nacional de
Trabajo Rural.

Era un organismo intersectorial -integrado por funcionarios, sindicalistas y empresarios- y encargado de decidir las condiciones laborales que regirían en cada cosecha y zona.

En 1946 comenzó su verdadera revolución con la aplicación de los planes quinquenales de gobierno, que industrializaron como nunca antes el país y elevaron de forma extraordinaria la calidad de vida. El segundo fue truncado en 1955 por la reacción y el odio.

Ese era el hombre que llegó tres veces a la presidencia. El mismo hombre a quien el canciller chileno de la década del `30 definió de este modo: "En él hemos visto mucho más que un cerebro muy bien organizado. Hemos visto a la cabeza visible de un pueblo".

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