domingo, 28 de julio de 2013

Massa y la realidad argentina

Ante todo, cuando apenas faltan dos semanas para las PASO, conviene destacar que Sergio Massa, el pasado 22 de junio, tomó una decisión trascendental: saltó del Frente para la Victoria con la expectativa de convertirse en 2015 en el presidente de la Argentina. Es cierto, ya desde mediados del año pasado, las encuestas de opinión pública le devolvían una imagen muy buena en la provincia de Buenos Aires. Como parte del impacto que podía significar su lanzamiento, a los pocos días, las encuestas de varias consultoras lo colocaban diez puntos por encima de Martín Insaurralde, el candidato elegido por Cristina Kirchner para encabezar la lista de candidatos a diputados. Pero, sorpresas te da la vida, los mismos analistas de opinión detectaban que muchos de los consultados creían que Massa era el candidato de Cristina y muchísimos más no tenían registrado al también joven intendente de Lomas de Zamora. Con el correr de los días, al circular por los actos y los medios, las cosas se van aclarando y la brecha se redujo entre un 30 y 40%. Es difícil, en la volatilidad electoral de estos tiempos, saber si eso es una tendencia lineal. No hay quienes arriesguen, con seriedad, cifras sobre lo que pueda ocurrir en la provincia de Buenos Aires el próximo 11 de agosto.
Se pueden armar varios escenarios y en la mayoría Massa queda bien parado en cuanto a la eficacia en las urnas. Sin embargo, escollos te da la vida. El primero es que en el distrito bonaerense, dentro de dos semanas lo que se conocerá será una encuesta precisa, chequeada, pero en las PASO no se decide nada. Con ese partido amistoso, cada expresión política se preparará para consolidar sus fortalezas, tratar de detectar mejor las debilidades de sus oponentes y ajustar lo que técnicamente será la campaña electoral de cara a los comicios del 27 de octubre. Esos sí serán inapelables.
En esta elección de agosto, los candidatos y sus equipos de campaña tendrán la posibilidad privilegiada de evaluar en qué distritos están bien, escanearán los distintos conglomerados urbanos para ver cómo votaron los sectores más postergados y cómo los sectores medios y evaluarán las conductas de los sectores rurales.
En principio, las encuestas muestran a Massa con mayor intención de voto en sectores medios donde el peronismo no es vivido con pasión, pero también cosecha adhesiones de algunos que votaron a Cristina para Presidenta en 2011 y que ahora tienen posturas fluctuantes o que se sumaron a una nueva ola antikirchnerista estimulada con mucha eficacia por los medios de comunicación opositores.
En tren de mencionar muy someramente los escenarios que realizan los sociólogos que trabajan en campañas electorales, salvo que Massa saque una diferencia muy importante sobre Insaurralde, el intendente de Tigre presenta flancos débiles. El primero es la heterogeneidad de las fuerzas que integran el Frente Renovador y la escasa o nula plataforma política y consistencia de identidad de esa fuerza. En principio, ese frente no tiene ni siquiera una página web donde un ciudadano inquieto pueda consultar algo que vaya más allá de poner una papeleta en la urna. Podría pensarse como una desconsideración al hombre o la mujer de a pie que se interesa en la política. Pero también debe constatarse que si Massa hubiera fijado una pequeña estructura de hormigón de su propuesta, tendría que haber renunciado a tener semejante diversidad de figuras.
En los últimos tiempos, en ámbitos académicos, se habla bastante de los partidos “atrapa todo", un concepto estudiado por el cientista alemán Otto Kirchheimmer, de la Escuela de Frankfurt, y que consiste, sintéticamente, en la reconversión de un partido de masas en una agencia electoral. Massa prefiere no definir cuánto grado de peronismo y hasta de kirchnerismo tiene como ADN el Frente Renovador, cuyas autoridades, sedes partidarias y programas son, por lo menos, difusos.
Los distintos vectores que confluyen en el discurso político del intendente de Tigre son difíciles de conjugar. No puede dejarse de lado la inclusión del consultor Sergio Bendixen en la campaña. Algunos resaltan la nacionalidad peruana de Bendixen, lo cual es un error grosero. El tocayo del intendente de Tigre creó en 1984 una sociedad dedicada a hacer prensa a candidatos norteamericanos orientada al "voto hispano" en los Estados Unidos. Su pasaje como analista político en ese país, tal como lo declara la página web de Bendixen & Amandi, fue en las cadenas Univisión, Telemundo y CNN en español, todas enfáticamente opositoras al proceso abierto en América latina en los últimos años con líderes como Hugo Chávez, Lula, Rafael Correa, Evo Morales así como Néstor y Cristina Kirchner. Cabe recordar que, tanto con Néstor como con Cristina, Massa tuvo su salto a la política grande y que recién se distanció del kirchnerismo el pasado 22 de junio.
Además de traer un experto en "voto hispano", Massa eligió para el diseño publicitario a Ernesto Savaglio, quien trabajó junto a Ramiro Agulla en la campaña que llevó a Fernando de la Rúa a la Casa Rosada. Sin desacreditar la competencia publicitaria de Savaglio, es difícil pensar que el intendente de Tigre no tenga algún vínculo identitario con un publicista que, además de ser eficaz para mercantilizar la política, fabricó spots con abono de la derecha liberal del radicalismo y que luego tuvo un pasaje conflictivo junto a Mauricio Macri.

Postkirchnerismo y antikirchnerismo. El primer resultado que espera Massa es capturar el voto de la no política e incluso el de la antipolítica. De allí que se mostró por mucho tiempo en los programas de televisión que no pueden ser catalogados como parte del menú tradicional del periodismo político. En esa dirección trajo a Roger Federer o armar} un carnaval en el delta del Tigre como si fuera la Venecia vernácula. Hay que decirlo, espectáculos bien montados y del gusto de casi todos. Pero, ¿dónde está la propuesta política? Es esa: hacerse conocer, ganar en imagen nacional, cumplir con un plan promocional que no se asiente en la realidad: Massa, joven brillante, llegó a la Anses de la mano de Eduardo Duhalde en 2002, Kirchner lo ratificó, luego le ganó la intendencia a Ricardo Ubieto el mismo día en que Cristina ganaba la Presidencia. Menos de un año y medio después, ante la renuncia de Alberto Fernández, dejó Tigre para ser el jefe de Gabinete, cargo que ocupó un año. Después, con matices diferenciales, como tienen la mayoría de los dirigentes, se mantuvo dentro del Frente para la Victoria. Fue parte de un proyecto político al que dejó sin mayores explicaciones tras haber recibido todo el apoyo que pudo desde el Estado nacional. Con una gestión municipal con logros a la vista y con un déficit cloacal, por ejemplo, que nada tiene que envidiarles a los distritos más desprotegidos.
El desafío de Massa, quizás asesorado más por las encuestas que por la política cruda, consiste en fabricar un discurso no confrontativo, tal como demandan los encuestados. Cualquier análisis que trascienda las semanas de fiebre electoral sabe que eso puede ser humo y que no es fácil hacer convivir tradiciones políticas tan diversas como la derecha macrista y algunos cristinistas desencantados. Pero a Mauricio Macri, huérfano en la provincia de Buenos Aires, le interesa colgarse de la sonrisa de Massa sin importarle lo que piensen Darío Giustozzi o Felipe Solá, las voces peronistas con las que Massa quiere cosechar entre sectores del peronismo bonaerense. Giustozzi porque parecía un kirchnerista convencido y Solá porque podría expresar al peronismo renovador liderado por Antonio Cafiero hace dos décadas.
Es cierto que hay porciones electorales con fuerte raíz antiK y que hay porciones desencantadas del kirchnerismo. Pero Massa corre el riesgo de pensar en probarse el sobretodo de piel de oso antes de cazar al oso. ¿Está finiquitado el kirchnerismo? ¿Alguien cree que la presencia de Daniel Scioli como un pilar fuerte en esta campaña es ajena a las variantes que tiene el Frente para la Victoria?
No es una novedad que las instituciones políticas fueron inundadas por las prácticas de culturas híbridas y que las identidades rígidas corren el riesgo de convertirse en fábricas de nostálgicos. Lo experimenta la Iglesia Católica de modo crítico. ¿Alguien diría que el Vaticano está en vías de extinción? Es prematuro casarse con teorías apocalípticas aunque abunden los signos de fin de época.

Los flancos que están a la vista. América latina no logró el Banco del Sur, tiene organismos de integración regional debilitados y todo indica que se abrieron nuevos escenarios bastante preocupantes. Juan Manuel Santos es una derecha inteligente que dejó atrás al untrarreaccionario Álvaro Uribe. Tabaré Vázquez o Michelle Bachelet no tienen mucho en común con Rafael Correa y Evo Morales. Los tratados de libre comercio con Estados Unidos se diseminan. La Alianza del Pacífico es un pacto comercial que extiende los valores neoliberales desde el sur de Chile hasta México. Brasil vivió sacudones sociales días atrás que el Partido dos Trabalhadores no pudo ver, absorbido por los desgastes propios de la gestión continua de 12 años. El chavismo sin Chávez no es fácil: el Partido Socialista Único de Venezuela no hizo una brillante elección con Nicolás Maduro, que devaluó dos veces el bolívar antes de los comicios y la inflación golpea a los sectores humildes de un país rico en petróleo. América latina tiene la gran ventaja de ver sus productos primarios con precios elevados en el comercio mundial, pero vive un capitalismo globalizado en el que sus ventajas comparativas no pasan por la alta competitividad de algunos sectores industriales, salvo Brasil.
El kirchnerismo no es ajeno a este escenario: desde una balanza comercial energética híperdeficitaria hasta un freno en el superávit fiscal primario, inflación y dificultades para generar condiciones de inversión sostenidas.
Las resistencias y luchas de los pueblos latinoamericanos a lo largo de los noventa y la primera década de este siglo, conjugadas con las grandes ventajas de los términos de intercambio, sin embargo, trajeron aire fresco a la región. Volvieron a ponerse en marcha fuerzas políticas y sociales que a lo largo del siglo XX fueron objeto de golpes de Estado y persecución política de Estados Unidos y las oligarquías locales.
El kirchnerismo expresó –y expresa– la variante argentina de ese fenómeno regional de asunción de principios de soberanía y lucha por la igualdad. Sin perjuicio de ello, la lectura dogmática que pretenda desconocer las grandes concesiones al gran capital transnacional sin grandes beneficios a cambio operados en estos años, lleva a una defensa sobreactuada del "modelo".
Los movimientos pendulares en este continente hacen difícil de prever una profundización hacia la izquierda de los logros de estos años. Más bien, la extranjerización y concentración en menos manos de los principales 200 conglomerados empresarios son un resultado que no debe desalentar pero que sí debe ser asumido con madurez y responsabilidad por quienes tienen la responsabilidad del Estado. La década kirchnerista puede ser vista como ganada, empatada o perdida. Lo que hiere la inteligencia es que sea tomada como un bloque único. Peor aún es anteponer el liderazgo político a los resultados económicos en un país periférico. Una de las grandes capacidades del peronismo en sus versiones combativas y latinoamericanistas es haber entendido –mejor que la izquierda no peronista– el fenómeno de la dependencia. Analizar la política sin reconocer la dependencia de los centros de poder, lleva a no entender que la autonomía y soberanía económicas es imprescindible. Tan imprescindible como difícil de lograr sin conjugar recursos tecnológicos, financieros, humanos y de políticas sostenidas de Estado.
Massa podría haberse quedado en el espacio del Frente Para la Victoria. Podría haber elegido ir a internas abiertas y desafiar la conducción el 11 de agosto. Pero, claro, eso era meterse en un camino arduo, demasiado comprometido. Al abrirse, se sinceró, busca posicionarse ante este escenario como una opción confiable. Sin reparar en el costo que paga una Nación cada vez que es avasallada por el gran capital foráneo. Pero que Massa se haya abierto es también una interpelación, un llamado serio de atención al gobierno. Massa evita los debates abiertos de los temas de fondo, pero suma con ese discurso distendido, canchero.
El kirchnerismo no solo puede amigarse con el estilo, que de hecho lo están haciendo Insaurralde y otros candidatos. Además, parece necesario que el Frente para la Victoria y el peronismo se abran para escuchar voces internas y de gente independiente para la cual, por ejemplo, no es lo mismo nacionalizar el 51% de las acciones de YPF que firmar un acuerdo con Chevron ni es lo mismo viajar en trenes gestionados por concesionarios poco presentables mientras el Estado sigue invirtiendo muchos recursos para mantener la aeronavegación comercial, que no representa ni el 3% de la gente que viaja en colectivo o en tren. La convicción de que los debates y la rectificación de rumbos debilitan la conducción del modelo también, paradójicamente, ayudan a que Massa, sin propuestas de fondo, haya dado un salto y se postule como la gran solución argentina.


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