domingo, 28 de julio de 2013

A dos semanas de las PASO, se empieza a ver más claro

A medida que se disipa el humo de los fuegos artificiales de la presentación de los candidatos y el comienzo de la campaña, el panorama, con las primarias en el horizonte, se empieza a ver un poco más claro y se confirman algunas presunciones: Cristina se puso al hombro la tarea proselitista por la candidatura de Martín Insaurralde, a Sergio Massa le empezó a crujir el armado heterogéneo que concibió y una vez más se instaló la elección en la provincia de Buenos Aires como “la madre de todas las batallas”, esta vez con más exageración que en otros comicios cuando sí ameritaba ese lugar común.
La matemática más elemental habla por sí sola de la decisiva incidencia bonaerense en cualquier elección. Tiene el 38% de los votantes. Aunque más ajustado, en esta votación que es sólo legislativa, sería poner el peso en los diputados que aporta sobre el total de los que serán electos en todo el país: el 27%.
Es natural que Massa y los medios de comunicación que lo apoyan, con el Grupo Clarín a la cabeza, quieran sobredimensionar el factor Buenos Aires. De hecho, Clarín destaca habitualmente que “Massa es el único que le puede ganar a Cristina”. No dice que Juan Schiaretti, candidato del gobernador José Manuel De la Sota en Córdoba, le puede ganar a Cristina; ni que Sergio Bergman, candidato de Mauricio Macri en la Capital Federal, le puede ganar a Cristina; ni que Hermes Binner en Santa Fe le puede ganar a Cristina. Y todo indica que estos son tres distritos donde el kirchnerismo puede perder de manera contundente. La estrategia es acertada: buscar darle dimensión nacional a un triunfo de Massa en la provincia para poder proyectarlo con más fuerza hacia el 2015 y resaltar una derrota del oficialismo en la coyuntura.
Es cierto que a veces el valor simbólico de un resultado excede el recuento de votos. El ejemplo más cercano es el del 2009, cuando el kirchnerismo se impuso en el total de país, pero la victoria de Francisco De Narváez sobre Néstor Kirchner, Daniel Scioli y Massa en la provincia de Buenos Aires, aunque muy ajustada, tuvo un impacto político muy fuerte. Y tenía lógica: el que encabezaba la lista, el que perdió, fue nada menos que Néstor Kirchner.
Esta elección, en ese sentido, no se puede poner en el mismo nivel. Massa, si gana, le ganará a Insaurralde. Aunque Scioli lo acompañe todo el tiempo (hasta en cinco actos por día como se vio) y Cristina se ponga al frente de la campaña como lo está haciendo, el triunfo o la derrota será de Insaurralde. En todo caso quedará en manos del Gobierno cómo explotar el triunfo a nivel nacional, que se preanuncia como más amplio que el de 2009.
Puede sobrevolar la idea de que Cristina arriesga más de la cuenta haciendo una campaña tan intensa y asumiendo el protagonismo. Pero la decisión está empezando a darle resultados a juzgar por las últimas encuestas, que muestran que la brecha entre Massa e Insaurralde se achicó. Casi todos los encuestadores marcan una reducción cercana a la mitad de los puntos que los separaban un mes atrás. Para simplificarlo en números brutos: si antes Massa aventajaba a Insaurralde por 11 puntos, ahora le lleva 6.
Ese cambio no sólo es mérito del intenso trajinar de Insaurralde (mostrándose un día con decenas de intendentes de la provincia, otro, con los dirigentes de la CGT), de la presencia diaria de Cristina y de la fuerte campaña del oficialismo por desambiguar a Massa y mostrarlo claramente como opositor. Es posible que también hayan influido en la merma de Massa en las encuestas algunos de los integrantes de la alianza que montó el intendente de Tigre, cuyas contradicciones vieron la luz demasiado pronto.
En buena medida para que eso ocurriera ayudó Macri y sus principales funcionarios al salir en fila a declarar su rotundo apoyo a Massa. Esto hizo que uno de sus principales candidatos, el intendente de Almirante Brown, Darío Giustozzi, intentara despegarse del PRO. Es que Giustozzi algo tenía que decir para marcar un poco de terreno y conservar el escaso respaldo que le queda entre lo que fue su propia fuerza. Llegó a la intendencia de la mano del Movimiento Evita, fue uno de los jefes comunales que más apoyo recibió de Cristina y cuando anunció su alianza con Massa le renunció más de la mitad de su gabinete. Giustozzi dijo que el PRO quería que lo inviten a la “fiestita de cumpleaños”. De hecho ya estaban invitados desde el momento en que tres de sus dirigentes –Soledad Martínez, Gladys González y Christian Gribaudo– integraron la lista de Massa. Pero eso era más fácil de disimular que las declaraciones tan explícitas del propio Macri, que ante la respuesta de Giustozzi redobló la apuesta. Dirigiéndose directamente a Massa le dijo que “sería bueno que aclare algunas cosas, porque la gente me pregunta si es o no es de los nuestros”.
Lo hizo en medio del festivo despliegue mediático por la inauguración de los carriles exclusivos para colectivos en la avenida 9 de Julio, el acto de campaña más importante del PRO hasta el momento.
Es previsible que Massa siga desentendiéndose de dar las definiciones que le piden Macri y el Gobierno, aunque algunos hechos hablen por sí mismos, como la foto en Pergamino con uno de los integrantes de la Mesa de Enlace, Ricardo Buzzi, ante quien prometió trabajar para que los productores rurales no paguen impuestos a las ganancias.
También es previsible que Macri siga practicando con Massa el abrazo de oso, como el que le dio el ex secretario de Transporte Ricardo Jaime al Gobierno, quien luego de presentarse a la Justicia tras permanecer algunos días prófugo, declaró muy suelto de cuerpo que sigue militando en el kirchnerismo. Esto obligó a que dirigentes kirchneristas, aunque sea para marcar distancia, tuvieran que salir al ruedo a hablar de Jaime.
Eso ocurrió al comienzo de una semana signada por la decisión de postergar el tratamiento en el Senado del pliego con la propuesta de ascenso del general César Milani luego de que se confirmara que había firmado el parte informando la deserción del conscripto Alberto Ledo, cuando en realidad estaba desaparecido. En su defensa Milani dijo que le tocó por azar firmar ese parte, ya que lo hacían de manera rotativa entre cuatro jóvenes oficiales y, que, por supuesto, no sabía el verdadero destino de Ledo.
Lo curioso fue ver, leer y oír cómo en plena campaña personas que jamás se conmovieron por las violaciones a los derechos humanos se escandalizaban por el rol que le cupo a Milani y porque Cristina lo había propuesto para comandar el Ejército.
Uno de los puntos más altos de la sobreactuación lo alcanzaron los senadores de la UCR Ernesto Sanz y Gerardo Morales que denunciaron penalmente al secretario de Derechos Humanos de la Nación, Martín Fresneda, acusándolo de haber ocultado la información sobre la existencia de aquel parte. Fresneda no sólo lo negó, sino que les recordó a los senadores que él es hijo de desaparecidos y que ellos integran el partido que votó las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.
No sólo por eso llamó la atención el radicalismo. De los spots de campaña que comenzaron el lunes pasado, el que protagonizan Ricardo Alfonsín y Margarita Stolbizer, fue uno de los más comentados por su pobre factura. La idea es mostrar un país dividido, que los candidatos, si son electos diputados, lograrán unir. El mismo concepto de unión repite el spot de Massa, aunque, en este caso, muy bien logrado en términos publicitarios. En plan de repetir consignas el PRO apeló al “juntos podemos”, ya usado en otras campañas por otros partidos. Contrariando esa apelación general a la unidad sin mayores contendidos, De Narváez hizo un spot agresivo con gente enojada que odia a la Presidenta. Quizá por eso sobresalga junto al del oficialismo. Porque éste apela a una idea que contradice a las anteriores, basadas en negar la conflictividad. “En la vida hay que elegir”, es el eslogan que concluye una serie de hechos entre los que eligió el Gobierno.
Justamente, es la Presidenta la principal protagonista del spot, a tono con lo que sucede en la campaña. Porque como viene ocurriendo desde 2003 la mejor publicidad del Gobierno son los actos de la administración, que esta semana, por ejemplo, llevó el salario mínimo a 3.600 pesos, que beneficia principalmente a los trabajadores precarizados o en negro, y anunció que se reintegrará en agosto el monto de impuesto que fue descontado del aguinaldo pagado en julio.
Estas medidas no sólo pueden ayudar a Insaurralde, sino también a Daniel Filmus y Juan Cabandié, que día a día caminan los barrios de la Ciudad de Buenos Aires. Sin contar con el despliegue que Cristina hace en la provincia, los candidatos porteños del oficialismo se las arreglan como para llegar a un resultado decoroso en un distrito que siempre le da la espalda al peronismo.
Mañana comenzará la penúltima semana de campaña de las PASO y los medios, ya con el papa Francisco de nuevo en Roma y fuera de los espacios centrales, empezarán a concentrarse más en los candidatos. Sin embargo, un tema irritante promete protagonismo noticioso: la fuga del Hospital Militar de dos represores condenados en San Juan por delitos de lesa humanidad.
Al Gobierno le preocupa el tema y además de ofrecer dos millones de pesos de recompensa para quienes aportes datos sobre el paradero de cada uno de ellos, ya comenzó una investigación, que incluye no sólo las características de la fuga del hospital, sino los motivos del traslado de San Juan a Buenos Aires, ya que, según dijo el ministro de Justicia, Julio Alak, “podrían haber sido asistidos en el lugar donde se encontraban detenidos”.
La fuga también dejó abierta en el Gobierno una pregunta aún sin respuesta: ¿fue casualidad que se haya producido en medio de la polémica por el ascenso de Milani?.


Daniel Miguez

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