jueves, 10 de enero de 2013

La Fragata Eva Perón, el pueblo y el mitrismo en ebullición

Francisco Bernal
Por Francisco Bernal

El reverdecer del nacionalismo popular trae consigo aparejado el del nacionalismo oligárquico.

Preparan la fiesta por la Fragata y hay malestar en la Armada" (La Nación - 6 de enero). A poco del final se lee: "Proyectada durante el gobierno de Perón, fue construida por el gobierno (¡sic!) de la Revolución Libertadora, que le impuso el nombre de Libertad". Mariano de Vedia es el plumífero del pasquín mitrista encargado de poner en ebullición la tradicional savia reaccionaria de la Armada. Tranquiliza saber que para el editor de la sección Política del referido diario, la Revolución Libertadora fue tan "gobierno" como el del General Perón. Pegadito a este artículo, una pieza imperdible de Marcos Novaro, director del Programa de Historia Política del Instituto Germani (UBA): "A lo largo de 2012, Cristina Kirchner sólo dejó de caer en las encuestas en dos momentos bien puntuales [...]: cuando confiscó YPF y cuando se agravó la pelea judicial con los 'fondos buitre' y la Fragata Libertad fue retenida en Ghana. Moraleja: la agitación nacionalista [...] sigue siendo la veta que más le rinde." Nada más preciso que un sociólogo del Gino Germani –que gustaba comparar al peronismo con el nazifascismo– para explicar el nacionalismo popular argentino y latinoamericano. ¿No será que el pueblo aprueba la recuperación del patrimonio público y aprueba tener una presidenta que no cede al chantaje internacional ni pone precio a la soberanía (opositores quisieron proponer a Ghana 95 millones de pesos a cambio de la Fragata)? Mal que le pese a la sociología cipaya, el pueblo argentino va recuperando su ser nacional, pues en definitiva, nacionalista es quien pierde el temor a ser uno mismo en su país y en el mundo, uno mismo en función del interés del conjunto, de su historia y destino comunes. Pero el reverdecer del nacionalismo popular trae consigo aparejado el del nacionalismo oligárquico, es decir, el de la patria chica, el del unitarismo bicentenario. Si el buitrismo (mitrismo en su fase superior) utiliza la Fragata para despertar el odio visceral de la más reaccionaria de todas las fuerzas armadas hacia el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, el pueblo argentino debe responder acompañando y apoyando a su Presidenta en esta jornada histórica. La convocatoria hecha por la comandante en jefe de las Fuerzas Armadas a la ciudad Mar del Plata, ícono del gran triunfo de Sudamérica libre y unida sobre el ALCA, significa comenzar a recrear la alianza entre FFAA y su origen popular, sanmartiniano, industrial y antiimperialista. Es por tanto insoslayable abordar este asunto pero desde la irresuelta cuestión nacional.

LOS DOS EJÉRCITOS EN EL SIGLO XIX.Pensar las FF AA con cabeza propia implica no sólo recordar su origen popular y antiimperialista, sino también descubrir que el nacionalismo económico en la Argentina tuvo su origen y sus protagonistas más notables en el ejército. El primero de ellos, el General Belgrano, revolucionario de Mayo y uno de los autores intelectuales del Plan de Operaciones de 1810. El nacionalismo jacobino, en las antípodas de Saavedra y Rivadavia, sería luego blandido por San Martín, Artigas, el Brigadier Pedro Ferré (crucial en la elaboración de nuestra primera ley proteccionista, la Ley de Aduanas de 1835, dictada durante el gobierno de Rosas) y los caudillos del país profundo. Era el nacionalismo económico nacido al fragor de las guerras civiles, opuesto al librecambismo pro-británico de la burguesía importadora de Buenos Aires. Eran militares revolucionarios, populares, antiimperialistas e industrialistas. Pero la caída de Rosas en Monte Caseros terminó con aquella generación, e impuso el plan conservador y semicolonial de Rivadavia, encarnado por la figura de otro General, Bartolomé Mitre. El gran quiebre se produce en 1852. El Estado de Buenos Aires se escinde de la Confederación. Ya no necesitaría recurrir a la soldadesca negra y gaucha de los ejércitos nacionales y sudamericanos de San Martín o Belgrano, pues el control de la Aduana durante décadas, su recuperación absoluta con Caseros, la derogación del proteccionismo en 1853 y la alianza de hierro con el ascendente Imperio Británico proveerán a la ciudad puerto de un Ejército regular (ejército de línea) para uso de patria chica y represión y muerte. Todo gobierno, toda iniciativa contraria a los intereses semicoloniales serían pasado por las armas.

LOS DOS EJÉRCITOS EN EL SIGLO XX. Si los militares revolucionarios, antiimperialistas, populares e industrialistas de las gestas libertadoras y primeras décadas del siglo XIX fueron fruto de las condiciones impuestas por una sociedad en estado de revolución y enfrentada por dos modelos de país contrapuestos, los del siglo XX serán hijos de la crisis de la Argentina agroexportadora, en un mundo aún más complejo. Sobresalen los generales Alonso Baldrich, Enrique Mosconi y Manuel Savio; el teniente coronel Mariano Abarca, el capitán de Fragata José Oca Balda, los almirantes Storni y Gregorio Portillo, el brigadier Ignacio San Martín y, por supuesto, el teniente general Juan Domingo Perón. El notable sociólogo Blas Alberti dedica un libro entero (Fuerzas Armadas y nacionalismo económico) a estos próceres militares. Cada uno a su modo pero todos sin excepción, rechazaron el rol de factoría pampeana impuesta a sangre y fuego desde Londres por el mitrismo decimonónico. Al Ejército de la semicolonia no le interesaba la defensa de la soberanía, ni poseer acero ni combustibles propios, ni una industria poderosa que satisficiera la provisión bélica para la defensa nacional. Sus municiones, fusiles y generales provenían del usufructo de la renta agraria y el comercio exterior (durante el siglo XIX fue el control de la Aduana), no ya para la defensa nacional sino para la defensa de la patria chica. Y cuando faltaron recursos o pertrechos, ahí aparecía la metrópoli europea o el ascendente EE UU. Uriburu, Rojas, Videla, etc., ¿acaso no se sirvieron de la CIA, el imperialismo y sus multinacionales como Mitre del capitalismo británico? Y su financiamiento una vez en el poder, ¿no vino del librecambio y de la destrucción del aparato estatal, impuesto desde Washington y Londres?

LA REIMPLANTACIÓN DEL EJÉRCITO UNITARIO. Luego del bautismo de fuego en las invasiones inglesas, el Ejército argentino recibió gran impulso con el nacionalismo jacobino de los revolucionarios de Mayo y su profunda concepción social y democrática. Se explica así que ese Ejército se halla negado siempre a desenvainar su espada contra su propio pueblo. Pero así como la revolución de Mayo tuvo su contrarrevolución, el Ejército también. Los contrarrevolucionarios de Mayo fundaron pues un Ejército paralelo al de San Martín, Belgrano, Artigas y las montoneras, pero de naturaleza y objetivos enfrentados. El Ejército del partido unitario fue entonces porteño, portuario, antiartiguista, policíaco y librecambista. Juntos, entregaron las provincias del Alto Perú y la Banda Oriental, conspiraron para crear un Estado independiente en Buenos Aires y para quedarse con la riqueza de todos los argentinos, alzándose cada vez que les fue posible contra gobiernos legítimos: el golpe de Rivadavia ante la guerra con el Imperio del Brasil, el fusilamiento de Dorrego, la contrarrevolución del 11 de septiembre de 1852 contra Urquiza, la intentona de 1874 contra Avellaneda, la masacre del Paraguay (que como bien explicó Alberdi, fue una guerra civil), el fracasado golpe de 1890 (con la marina al frente, prefigurando al Almirante Rojas) y los exitosos golpes de 1930, 1955, 1966 y 1976. Está claro que entre 1983 y la fecha, las FF AA han vuelto a los cuarteles. ¿Pero quién del mitrismo del siglo XXI no anhela un nuevo alzamiento castrense? El diario La Nación lo expresa muy claramente por estos días. Y lo cierto es que el caldo está. Mientras tanto, el Poder Judicial corporativo, vacuno y sojero –desaparecido de la vida política entre 1976 y la Ley de Medios, y al igual que el Ejército de línea porteño durante la época dorada del modelo agroexportador– pasa al frente de batalla.

CONCLUSIONES. Convocada nada más y nada menos que por la presidenta de la nación y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, la recepción de la Fragata Eva Perón constituye la tercera gran acción para un definitivo reencuentro entre pueblo y FF AA, divorciados al menos desde 1955 (la segunda, el histórico discurso de Cristina en Tierra del Fuego, el 2 de abril de 2010, cuando elevó a los ex combatientes de Malvinas a la categoría de Héroes; la primera, cuando Néstor Kirchner ordenó descolgar el cuadro de Videla). Porque sólo reeditando la alianza estratégica y fundacional entre pueblo y FF AA es como puede encenderse la chispa interna para el resurgimiento del ideario sanmartiniano, del nacionalismo económico y el industrialismo militar en las mismas fuerzas. Porque fue justamente de aquella alianza olvidada y censurada por las historiografías mitrista e izquierdista (que en esencia cumplen iguales designios) de la cual nació el Ejército argentino que combatió contra los ingleses antes de Mayo, que se propuso crear un Estado nacional en América del Sur, que se rebeló contra el localismo porteño en 1812, que se amotinó en Arequito y que renació con el Acuerdo de San Nicolás; fue aquella alianza la que encendió y dio fuerza a las montoneras y los caudillos garantes de las industrias nativas, la unidad nacional y la distribución de la riqueza entre todas las provincias; fue aquella alianza la que posibilitó la federalización de Buenos Aires y la Capital, la que luchó en Obligado y convirtió en Héroes a los combatientes en Malvinas. Fue aquella misma alianza, en síntesis, la que dio origen al peronismo histórico. Y es todo esto, aunque esto último más, el origen del aborrecimiento de los de Vedia, los Mitre y el neoliberalismo criollo hacia la decisión presidencial de celebrar junto al pueblo, el retorno victorioso de nuestra Fragata. Nada de recrear unas FF AA al servicio del país, popular, nacional, democrático, antiimperialista e industrial.

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