domingo, 18 de diciembre de 2011

Lo importante, lo desafortunado y lo peligroso

Días antes del autoacuartelamiento policial, la página de servicios residuales Seprin convocó al levantamiento para pedir mejoras salariales. Finalmente, se produjo en respuesta a la decisión de Scioli de actuar con celeridad K contra los seis infantes que reprimieron a los militantes de La Cámpora.

Lo importante. Después de casi dos años de intentonas por parte de la oposición y el descosido Grupo A de paralizar la gestión de gobierno en el Parlamento –objetivo no cumplido, entre otras cosas, por desinteligencias y contradicciones de la propia oposición y por la vocación emprendedora del Ejecutivo nacional–, el Congreso ha vuelto a trabajar con una premura inusual. En apenas una semana del renovado mandato de Cristina Fernández de Kirchner, Diputados –en sesiones extraordinarias– dio media sanción a varias leyes que el kirchnerismo tenía en agenda: ley de tierras, la declaración de interés público de la producción de papel prensa, el Estatuto del Peón, el Presupuesto 2012, la ley de delitos bursátiles, entre otras. Y seguramente irá por más en los próximos meses; lo que incluye, claro la conformación de las comisiones legislativas cuando estas seas renovadas, ya que, recordemos, fueron tomadas por asalto por el Grupo A, tras la derrota kirchnerista en las legislativas de junio de 2009. Es posible que ahora, entonces, las cosas vuelvan a equilibrarse.
Pero más allá de los infortunios de la oposición en el Parlamento –que intentó, además, utilizarlo como una caja de resonancia mediática para sus operaciones políticas– la experiencia de estos dos años deja algunas dudas sobre la capacidad operativa del actual sistema de gobierno presidencialista. En cualquier manual de Ciencia Política se advierte que el parlamentarismo es más flexible e inestable pero menos eficiente y que el presidencialismo es más rígido y estable –aunque con más tendencia a quebrarse– pero mucho más eficiente si el Poder Ejecutivo y la mayoría parlamentaria pertenecen al mismo partido político. Y también alertan que cuando son de distinto signo partidario el riesgo de parálisis gubernativa es muy alto. Estos dos años de disparidad entre ambos poderes han demostrado los riesgos del presidencialismo en esta cuestión –sobre todo cuando la oposición lleva adelante una consciente estrategia de impedimento a la gestión del Ejecutivo más que de control de los actos de gobierno– y, también, han permitido a la sociedad diferenciar entre las distintas oposiciones, premiando electoralmente a aquellas más dispuestas a colaborar con el sistema que a otras que se entretenían con el no siempre feliz método de poner palos en las rueda.
Esta semana volvió el vértigo parlamentario –no sin algunos prepoteos por parte del oficialismo a los legisladores opositores que levantaban la mano para dilatar con discursos floridos la aprobación de las leyes; prepoteos justificados sólo por el afán de devolución de favores por los dos años de devaneos y dilaciones parlamentarias– y el país puede contra con dos leyes fundamentales: a) la ley de extranjerización de la tierra, que le permite al Estado tener el conocimiento de quienes son los verdaderos dueños del suelo argentino, limitar la propiedad en manos foráneas, y, por último, proyectar con ese conocimiento políticas a mediano y largo plaza en recursos estratégicos como serán en pocos años más la producción de alimentos y el agua natural, y b) la democratización de la producción de papel para diarios, el complemento necesario en materia gráfica de la Ley de Medios Audiovisuales, a través de la creación de comisiones de legisladores y de diarios de las provincias que puedan monitorear lo que hasta ahora era un mero coto de caza de los diarios Clarín y La Nación en detrimento del Estado y del sistema comunicacional de todos los argentinos.

Lo desafortunado. Una máxima en toda disciplina que estudie el poder dice: “Todo poder genera un contrapoder.” La legitimidad arrolladora que recibió en octubre pasado la presidenta en las urnas había logrado desarticular toda pretensión de disputa opositora dentro del sistema de partidos. Tanto la UCR, como el Peronismo Federal o la Coalición Cívica habían quedado invalidados con sus magros resultados para ejercer, no ya una oposición sólida, sino también desacreditado en el ágora, en el escenario público de las discusiones y debates. Desde cualquier sector de la tribuna, cualquiera podría chicanearlos sólo recordando el brevísimo porcentaje de votos obtenidos en las elecciones pasadas. Además, ese 54% de votos fue un mensaje clarísimo para los factores de poder reales, como los grupos económicos –que se dan cuenta rápidamente dónde les conviene ponerse para que los caliente el solcito de los negocios–o los medios de comunicación dominantes como Clarín y, en menor medida, La Nación. Si uno hubiera analizado la cuestión fríamente se habría dado cuenta de que no era posible que surgiera el contrapoder de otro lado que no fuera el peronismo. No me refiero a una contradicción fundamental, sino a un mero conflicto de intereses políticos, económicos, personalistas, por nombrar algunas causas. Hugo Moyano ocupa el lugar que ocupa hoy, justamente, porque no hay otra oposición fortalecida. No hay “espanto” que una a los distintos sectores del peronismo, entonces, hay lugar para las rencillas insignificantes como armados de listas, sospechas paranoicas cruzadas, preocupaciones por “las cajas”, dimes y diretes, que me miró, que no me miró, que por qué no me llama. ¿Son las obras sociales el verdadero motivo de las peleas? ¿Quiere el gobierno reformar el sistema de salud hacia un sistema universal? ¿O se trata, simplemente, de una profecía autocumplidora, como la del marido que acecha tanto a su mujer con que esta lo engaña, que ella termina metiéndoles los cuernos, para por lo menos, ya que tiene que aguantar el rosario de reproches, pasarlo un rato bien con otro?
Moyano es el gran perdedor de la semana a mi humilde entender. En política, quien patea el tablero pierde, porque el que gana, claro, es el que ya se quedó con el tablero. O mejor dicho lo patea el que no tiene posibilidad de hacer otra cosa. El problema es cuáles son los puntos de fuga que tiene hoy el actual líder de la CGT: a) Refugiarse en lo meramente reivindicativo y sindical, ya que ha obturado su paso a la política tras renunciar al PJ, un instrumento cuadripléjico pero que permite, al menos, mantener una ligazón institucional con otros actores políticos. El repliegue hacia la estructura sindical lo deja al líder camionero más cerca de ser un poder real –¿una corporación?– que un líder político con peso propio. B) Aliarse con el sector de los Gordos, es decir Luis Barrionuevo, Armando Cavalieri, y otros, lo que lo pondría al límite de desnaturalizarse ideológicamente y borrar con el codo casi dos décadas de lucha contra el neoliberalismo. C) Complica su alianza estratégica con Hugo Yasky, líder de la CTA, un hombre que está muy cercano al modelo nacional y popular. D) Lo vuelve a enfrentar a la sociedad –siempre dispuesta a deshacerse de todo lo que huela a gremialismo–, incluso a aquellos sectores “progres” a los que había conseguido simpatizar con su apoyo al kirchnerismo. Y lo complica, también, porque no es cierto que la clase trabajadora respalde en bloque a los liderazgos sindicales. Muchos sindicalistas están desprestigiados incluso en los sectores del trabajo y los más humildes. Por lo tanto, la visión clasista no concuerda hoy con la realidad como sí podía hacerlo, por ejemplo, en los ’60 con el peronismo proscripto. E) Moyano, ¿dónde se va a refugiar políticamente en los próximos años? ¿En el sciolismo? ¿En el macrismo? ¿En el urtubeísmo? También hay que decir que la presidenta de la nación pierde, en cierta medida, en el enfrentamiento porque, sin dudas, el sector de la CGT liderado por Moyano es el más interesante dentro del Movimiento Obrero Organizado junto a la CTA de Yasky como soporte del modelo nacional y popular.

Lo innecesario. La discusión sobre la paternidad/maternidad del modelo. La utilización del “peronómetro” como herramienta discursiva supuestamente legitimadora. Las acusaciones valorativas y morales entre militantes, cuadros y dirigentes de un lado como del otro. El surgimiento del “gorilómetro” como única refutación argumentativa. Los doble-discursos, los cambios repentinos de discursos, las chicanas, las deslealtades, las intenciones espurias.

Lo peligroso. Días antes del autoacuartelamiento policial, la página de servicios de inteligencia residuales Seprin convocó al levantamiento para pedir mejoras salariales y de condiciones laborales. Finalmente, se produjo en respuesta a la decisión del gobernador Daniel Scioli de actuar con celeridad K contra los seis infantes que reprimieron brutalmente a los militantes de La Cámpora en La Plata. ¿Podrá desprenderse el gobernador de un ministro de Seguridad como Ricardo Casal que lo pone constantemente en problemas? Y por último, teniendo en cuenta los acontecimientos del año pasado en Ecuador, ¿no sería hora de retomar las políticas de modernización de la fuerza de seguridad más poderosa de la Argentina? De todos modos, el incidente dejó algo bueno: Scioli y Gabriel Mariotto se entendieron como nunca.

Hernán Brienza

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