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martes, 29 de noviembre de 2011

Contra los patovicas culturales

Soy un convencido de que cualquier grupo cerrado deviene finalmente en un aparato conservador, elitista, reaccionario. Desde los boliches nocturnos hasta los palacios culturales o las culturas de Palacio.

Debo confesar que tengo un grave problema. Sufro de republicanismo irredento. No creo en la política cortesana, no creo en las monarquías hereditarias, ni en las oligarquías de ningún tipo.
Soy un convencido de que cualquier grupo cerrado deviene finalmente en un aparato conservador, elitista, reaccionario. Desde los boliches nocturnos hasta los palacios culturales o las culturas de Palacio. Y, sobre todo, siempre tuve problemas con los oscurantistas que, disfrazados de progresistas o no, impedían el acercamiento de las mayorías a las capillas literarias, históricas, académicas. En un doble sentido, claro; por un lado, creando un saber críptico para el “no aceptado en el club” y, por el otro, impidiendo que cualquier otro grupo le dispute la construcción de ese saber. Siempre admiré al personaje mítico de Prometeo, aquel hombre que les roba el fuego a los dioses y se lo entrega al hombre, porque existe en ese acto el gesto democratizador más trascendental de la humanidad: sustraerles a los dioses del Olimpo el conocimiento, la sabiduría, la ciencia, la iluminación, el fuego. Los dioses lo condenaron a un castigo insoportable: un águila le comía el hígado todos los días de su vida, ya que como Prometeo era inmortal, de noche ese órgano se le reconstituía. Su tormento duró hasta que Heracles, finalmente, lo liberó. Pero la lección fue contundente: los únicos con derecho a saber son los dioses.

Esta metáfora “intelectual” fue remplazada por los escribas en la antigüedad y por los sacerdotes en la Edad Media, quienes reclamaban para sí la sabiduría del Libro. Ahora, les toca el turno, nada más y nada menos, que a Beatriz Sarlo y a Luis Alberto Romero, férreos cancerberos del conocimiento académico moderno. Titulares de doctorados en el extranjero, de rectorados locales, de privilegios universitarios como cátedras y becas, cierran filas para que no entren en sus pequeños cotos de caza aquellos a los que no les da la talla o simplemente no repiten sus argumentaciones.

Romero se erige como el gran calificador, no sólo de capacitación académica, sino que va más allá y se mete a juzgar prácticas totalitarias con la liviandad que lo caracteriza. Sarlo, en cambio, demuestra su ignorancia en materia de revisionismos, acusando a los integrantes del Instituto Dorrego de heredar al uriburismo cultural.

Querida Beatriz: Hay varias líneas del revisionismo; desde el nacionalismo oligárquico y católico, como los hermanos Irazusta, por ejemplo, pero también desde el liberalismo, como Adolfo Saldías; desde el republicanismo, como Ricardo Rojas; desde el radicalismo yrigoyenista, como Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz; desde el trotskismo, como Jorge Abelardo Ramos (¿y Milcíades Peña?); desde el marxismo, como Hernández Arregui. Reducir todo el revisionismo a uno solo es, por lo menos, una visión simplista, si no de mala intención. Extraño en Sarlo, que es amante de las complejidades halperineanas, que haya cometido semejante error de categorización. Por lo pronto, no sé si un párrafo de Halperín Donghi (“nuestro historiador máximo”, según ella) es más complejo que más de diez libros neorrevisionistas; lo que hay que reconocer, eso sí, es que tiene más oraciones subordinadas.

Y allí están parados a las puertas del edificio de la cultura argentina, mirándoles las zapatillas y las pilchas a todos aquellos que quieran entrar a decir algo diferente de ese pseudo progresismo políticamente correcto. Son como musculosos patovicas culturales que fiscalizan que no se les llene de negros el zaguán de la Historia y la Literatura.

Porque, a ver, dejemos de lado la humorada y el chicaneo: ¿Cuál es el verdadero problema de que un grupo de escritores, historiadores, politólogos, periodistas, le hayan acercado a la presidenta de la Nación la idea de formar un instituto de revisionismo histórico con cargos ad honorem –es más, todos ya colaboramos con 500 mangos de nuestros bolsillos para ponerlo en funcionamiento– y hagamos publicaciones periódicas? A ver: hay academias de Historia, universidades de Historia, institutos de Historia que ya poseen los resortes hegemónicos para contar su propia historia, sus publicaciones, sus editoriales, sus diarios y revistas, sus canales de televisión donde florearse. ¿Qué les puede molestar que 33 puntos tengan el apoyo de la presidenta para investigar a los caudillos federales, a los sectores populares, a lo que puede llamarse lo más ampliamente posible el “interés nacional”?

Me he formado en la Universidad de Buenos Aires, sé de qué se trata cuando se habla de hegemonía cultural, de autoritarismo intelectual, de abuso de paradigmas académicos. Y, por suerte, como el pensamiento nacional y popular siempre ha sido minoritario en la universidad, he desarrollado un importante respeto por las minorías intelectuales. Defiendo la libertad de pensamiento, justamente, porque pocas veces he gozado de ella. Y también sé que hay miles de historiadores jóvenes y no tan jóvenes, que pueden compartir o no la línea ideológica del Instituto, que han dignificado con sus trabajos y sus investigaciones a las universidades y al estudio de la Historia. En mi opinión personal, considero que tanto la historia oficial o mitrista, como la historia académica, como el revisionismo del siglo pasado, como la historia social, como la historia de la cultura, de las minorías, de los sectores populares, han sido aportes a considerar en el estudio del pasado. Es más, quiero aclarar que ni siquiera comparto la visión de algunos de mis compañeros de instituto, porque quiero aclararles que dentro del Dorrego hay “muchachos de izquierda, de derecha, ortodoxos, heterodoxos, que les gusta ponerse calificativos, pero todos trabajan”, como diría Juan Domingo Perón. Considero que la divulgación y la academia no son contrapuestas sino complementarias, que a veces, la divulgación tiene aciertos, y que a veces los tiene la universidad -que no es infalible a pesar de su método-. Pero no entiendo por qué se molestan tanto por la aparición del Instituto Dorrego. ¿Tan autoritarios son, estimados Romero, Sarlo y compañía que no quieren ni siquiera que 33 personas intenten contar otra versión de la historia diferente a la suya? El Estado no elige una sola visión, garantiza que hay una visión que no estaba presente hasta ahora. Ni el Instituto Sanmartiniano, ni el Belgraniano, ni las universidades tienen una marca revisionista; por lo tanto, la presidenta no hizo otra cosa que ampliar la oferta de investigación histórica, democratizarla.

Pregunto de nuevo ¿a qué le tienen tanto miedo, muchachos? Si ya tienen sus kiosquitos asegurados.

Por Hernán Brienza


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