domingo, 9 de marzo de 2014

"No quiero morirme sin ver los bustos de Perón y Evita otra vez en el Aconcagua"

Andrés López

López dice que anda con un problema en la pierna, que si no mejora van a tener que amputársela, pero va de la puerta de calle al ascensor y de ahí al sofá de su modesto departamento, en un séptimo de Parque Centenario, casi a los saltos. Va a cumplir 91 años. Hace 60, en una expedición que él mismo ideó y que integraron 20 entusiastas suboficiales del Ejército, llevó los bustos de Juan y Eva Perón hasta la cima del Aconcagua. De aquella hazaña quiere hablar.
"Pase, va a ver que esto es una unidad básica", dice López. Mientras su esposa Betty sirve café con crema y masitas secas, el hombre que fue custodio del General entre 1948 y 1955 y que más tarde lo acompañó al exilio, apunta con sus ojos claros a las efigies doradas en las paredes del living, el escudo, las fotografías, la iconografía peronista que decora toda la sala.
El sargento ayudante Andrés López es profuso en los detalles, meticuloso, castrense, a cada nombre en su relato lo antecede un rango, pero su efusividad es amena, y su historia, cautivante. Se desarrolla a la par de la del peronismo. Y comienza mucho antes del Aconcagua. "Escucheme", casi que ordena López, decidido a no empezar si no es por el principio. Herido en la "revolución del '43", dice, conoció al coronel Perón cuatro días después. "Yo estaba internado en el Hospital Militar Central. Apareció Farell, que era ministro de Guerra y vicepresidente, y unos metros más atrás venía un coronel que nadie conocía pero tenía una pinta que mataba. Y se fue acercando y saludando a cada uno de los heridos, y llegó hasta mi cama. 'Cómo le va hijo, cómo está', y me tiende la mano, pero yo tenía de acá hasta acá enyesado, y me dice: 'La del corazón, hijo', y le estiré la mano izquierda. Agarró con sus dos manos la mía, me dijo: 'Se va a recuperar pronto.' Una cosa que en nuestra época no existía, ese afecto del superior al subalterno, y le juro que partir de ese momento, ¡me enamoré de Perón!"
Volvió a verlo en 1944, en Campo de Mayo, durante la filmación de Su mejor alumno, la película de Lucas Demare sobre la vida de Dominguito, el hijo adoptivo de Sarmiento. A López lo metieron en un batallón, vestido de época y con sables de palo, formado ante el saludo de "Enrique Muiño, que era peronista y hacía de Sarmiento, y Orestes Caviglia, contrera al mango, gorila cien por cien, que hacía de Mitre. Y ahí también apareció Perón."
Un año después, le salió destino a Uspallata, en el destacamento de montaña en el que Perón había sido comandante. Pero el 9 de octubre del '45, López volvía a Buenos Aires, enviado como escolta de un soldado desertor, el mismo día en que Perón renunciaba a todos sus cargos. "Yo era un pibe de 22 años, me creía Tarzán, y me fui a saludarlo a su departamento de la calle Posadas." Pidió verlo, insistió. "Me vengo a poner a sus ordenes", le dijo cuando salió el coronel. Perón le dio un abrazo. Una semana antes del 17, López ya era peronista. Y de vuelta en Mendoza, le llevó otro abrazo del coronel al militar que estaba al mando del Regimiento de Montaña, un tal González, que había trabajado con Perón en la Secretaría de Trabajo y Previsión. González, claro, le dio el pase a Buenos Aires.
Por estos buenos oficios u otras cualidades, López no lo tiene muy claro, en el '48 fue elegido para integrar la custodia de la residencia presidencial, en la calle Agüero, donde hoy está la Biblioteca Nacional. "Estuve hasta el 20 de septiembre del '55, cuando se fue el General." Poco antes, por su valeroso desempeño en la defensa de la residencia durante el bombardeo a Plaza de Mayo, Perón le regaló una moto.
Pero antes aún, en el '54, consumó la gran hazaña de su vida. "Lo del Aconcagua fue idea mía. Le dije a los muchachos de la custodia: 'Che, los suboficiales nunca le rendimos un homenaje a Perón, con todo lo que hizo por nosotros.' Los sábados, el General sacaba el auto, para pasear, y me arrimo, le digo: 'Sin novedad en el destacamento, mi general', bueno, el saludo militar habitual, y le pido permiso para ausentarme cinco días para ir a Uspallata. Me mira con esa cara de picardía que el viejo tenía y me dice: 'No irá a conspirar, López'."
López fue a Mendoza. Convenció al sargento Felipe Aparicio, que ya había subido siete veces al Aconcagua e instalado los primeros refugios permanentes, volvió y le contó a Perón. "Y el General me dice: 'Ustedes están locos, eso no es moco 'e pavo, es muy riesgoso'. 'Mire, general, somos veinte suboficiales y ya estamos decididos.' Perón sonrío y lo dejó hacer."
Por intermedio de Raúl Apold, el subsecretario de Prensa y Difusión de Perón, López consiguió los bustos y el distintivo peronista. "Los hicieron en la Casa Mancuso, en la calle Camarones, que hacía todas las cosas del peronismo, las efigies, las medallas, 
todo. Eran de duraluminio. Peso total: 50 kilos, distribuido en cinco mochilas." Los bustos y la base había que montarlos arriba. También llevaban un pararrayos.
Eran, en su mayoría, jóvenes suboficiales del regimiento de montaña con asiento en Uspallata, eximios andinistas. Partieron el 28 de enero desde Puente del Inca, llegaron dos días más tarde a Plaza de Mulas y la tormenta los obligó a postergar el ascenso hasta el 3 de febrero. Ese día, un grupo que lideraba Aparicio pudo dejar los bustos desarmados en la cima del Aconcagua, pero otro violento temporal los obligó a bajar. "No teníamos tanques de oxígeno ni nada de lo que hay ahora. Yo llevaba tres calzoncillos de frisa, dos camisetas, tres pares de guantes, diario en el pecho, diario en los zapatos." El 6 de febrero de 1954, el segundo grupo, el que integraba el sargento Andrés López, llegó a la cumbre y montó los bustos de Perón y Evita y el escudo peronista sobre el pedestal. "Llevaba seis clavos de acero, pero dos no los pudimos meter. Vea, cada mazazo que pega usted ahí arriba, es un mazazo en la cabeza."
Consumada la proeza, Perón los recibió en audiencia. Y por intercesión de López, los muchachos se quedaron ocho días paseando por Buenos Aires antes de volver a Mendoza. "Nos pusieron un ómnibus y fuimos a La Boca, a la República de los Niños, al Luna Park, a todos lados."
La historia del sargento López siguió luego ligada a la de Perón. En el '55 lo pasaron a disponibilidad. Participó en el movimiento del general Valle, y tras los fusilamientos, se asiló en la Embajada de Haití, junto con el general Tanco, y partió más tarde a Caracas, otra vez con Perón, hasta que la amnistía le permitió regresar durante la presidencia de Frondizi. Para entonces, los bustos de Perón y Evita ya no estaban en la cumbre del continente. La dictadura de Aramburu había ordenado quitarlos.
Dos sobrevivientes quedan de aquel ascenso. Uno es López. El otro, el sargento ayudante Marcelino Severo Arballo, que tiene 93 años, vive en Villa María, Córdoba, y, según su esposa Nélida, padece una sordera que le impide ponerse al teléfono. López no lo ve hace décadas, y su nombre le trae una nostalgia ambigua. "Marcelino fue un buen compañero, y un gran andinista, pero cometió un error. Cuando en el '56, Aramburu ordenó bajar los bustos, Arballo y Darvich, otro de los integrantes de la expedición, subieron a bajarlos. Yo lo perdono. Fue un momento de debilidad. Arballo dijo que los bustos los llevaron a la Quinta de Olivos, y que se los llevó arrastrando un ordenanza para tirarlos vaya a saber dónde."
A los 90, y con una vitalidad asombrosa, Andrés López dice que no quiere morirse sin lograr que las efigies de Juan y Eva Perón vuelvan al Aconcagua. Asegura que en 2008 obtuvo la venia del general Roberto Bendini, jefe del Ejército, para repetir la expedición del '54, pero que su renuncia le arruinó los planes. De hecho, ya en el '73 lo había intentado. "Le hice llegar a Perón la idea de volver a organizar a un grupo de andinistas, jóvenes suboficiales reclutados en Mendoza, para colocar otro busto suyo en la cima del Aconcagua, ¿y sabe lo que me mandó a decir? 'Dígale a Lopecito que está loco. Ya está viejo, cachuzo, que se deje de joder'."  «
 
 
Los veinte que subieron
Formaron parte del ascenso al Aconcagua el suboficial principal Felipe Aparicio (jefe de la expedición), los sargentos Marcelino Severo Arballo, Miguel Grifol, Andrés López, Mauricio Alberto Rossi, Julio Videla, Toribio Cecilio Zárate, Carlos Enrique Sosa, Ángel Spetalieri, Aldo Saavedra, Hugo Cayetano Minardi, Elías Enrique Olivera, Rodolfo Guarrochena, Rufino Ruiz, Luis Politti, Luis Barroeta, César Darvich, Juan Ángel Aguerreberry y Dardo Alberto Olivera, y el suboficial principal Carlos Alberto Rodríguez. La expedición llevó el nombre de "Sargento Miguel Fariña", en homenaje al suboficial caído en el intento golpista del general Menéndez, de septiembre de 1951. 
 
 
Homenaje
60 años después
El pasado 14 de enero, el montañista Jorge Pablo González hizo cumbre por vigésimo segunda vez en el Aconcagua, tras realizar un recorrido similar a la expedición de febrero de 1954, y llevó una placa recordatoria de aquella hazaña.                     
 
 
"Por los siglos de los siglos"
Los bustos contenían dos leyendas recordatorias: "Al General Perón, dedican los Suboficiales del Ejército Argentino este esfuerzo para que la cumbre más alta de América sirva de pedestal al más alto genio político del continente. Este busto no debe ser retirado sino que debe permanecer en esta cima por los siglos de los siglos, para que el espíritu y las ideas del constructor de la Nueva Argentina, hermane a los pueblos de América." 
"A nuestra compañera Evita, Jefa Espiritual de la Nación, para que sea la cumbre del Aconcagua el altar intermedio entre nuestras plegarias de agradecimiento y el lugar de su eterno descanso. Este busto no debe ser retirado sino que debe permanecer en esta cima por los siglos de los siglos, para que el intenso amor que la Mártir del Trabajo profeso por la Humanidad se expanda por todos los pueblos del orbe."
 
 
Un ascenso de novela
A partir de los relatos de Andrés López y Marcelino Arballo, de 93 años y residente en Villa María (Córdoba), los únicos testigos que aún pueden contar aquel histórico ascenso, la escritora riocuartense Daila Prado publicó, a 60 años de la hazaña, una novela titulada Los vencedores del Aconcagua (Editorial Colihue). "Me atrajo la historia. Hay que ser muy corajudo para llevar esos bustos de metal hasta allá arriba. Aunque tiene una raigambre histórica muy fuerte, es ficción", dice Daila, que asume tener con el peronismo un vínculo afectivo, aunque no de militancia. López admite que, con la profusión de datos históricos que le brindó, hubiera preferido un texto menos ficcional, pero se muestra agradecido por el interés de la novelista.








Por Pablo Taranto
Tiempo Argentino

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