martes, 28 de diciembre de 2010

La real transversalidad y una agenda posible para lo que viene

Por Eduardo Blaustein
eblaustein@miradasalsur.com

Sumadas a valores éticos e ideológicos y a las transformaciones producidas, las nuevas capacidades de interpelación y representación del kirchnerismo son, por su capacidad democrática de incorporar, un dato vivo de izquierda. De cara a las elecciones del año próximo, los desafíos son crecer en esa articulación, convocar cada vez más, seguir ampliando y asumiendo la agenda de lo que falta por hacer.
Sencillo: siempre se puede estar a la izquierda de. A la izquierda de Lenin, de Pol Pot, de Macri, del radicalismo, de Pino o del PO. Y es relativamente simple estar discursivamente a la izquierda del kichnerismo: desde ese espacio nunca se prometió ya no la revolución socialista, si no siquiera aquel socialismo nacional declamado en los socorridos tiempos de Cámpora. Es cierto que en los espacios del kichnerismo menudean –entre sectores medios de los centros urbanos– antiguos militantes que pasaron por las FAL, Montoneros, el PC, el socialismo de la rosa, el Intransigente, el trotskismo. Pero aunque algunos anclemos aún en un cierto imaginario socialista (que excepto por la vieja formación personal o la sensibilidad humanista, se hace arduo de traducir a la práctica en tiempos de socialismo chino, las crisis del cubano y el del siglo XXI de Chávez), no hay en el kichnerismo una promesa de sociedad sin clases ni de trabajadores o el Estado adueñándose de los medios de producción.Así que la conclusión es elemental: si se parte de paradigmas marxistas, que hay mucho lugar real o imaginario a la izquierda del kirchnerismo, aunque no haya sociedad que reclame esas radicalizaciones. Pero si alcanzara con decir que izquierda es todo espacio o acción con capacidad de transformación justiciera y solidaria, el asunto es saber qué capacidad de intervención real posee cada quien, aún cuando esa intervención no necesariamente deba provenir de los espacios de poder que se ocupen en el Estado. Con lo cual, ser de izquierda a esta altura de las cosas debería connotar un profundo sentido democrático a dos bandas: para saber reconocer lo que se esté haciendo bien desde el Estado (el caso opuesto es Pino estableciendo una analogía simple entre menemismo y kichnerismo), o para tener capacidad de escucha cuando otros actores plantean agendas enriquecedoras (medio ambiente, mineras, el sistema de transporte, las críticas por la consolidación del modelo sojero).Lo que seguro no es “izquierda” sino caricatura eran o son aquellas tristes batallas como las de los años ’90, en las que agrupaciones diez veces escindidas se peleaban mediante solicitadas publicadas en Página/12, compitiendo por el no va más de la radicalidad. O la reiterada insistencia del PO por copar espacios de representación: sucedió con las asambleas de los años 2001-2002, que el PO ayudó a desgastar, y sucedía hasta hace poco con los centros de estudiantes en los que votaban minorías. Toda acción autoritaria, cerrada y verticalista de tomar por asalto al otro imponiendo verdades exclusivas es una intervención de derecha, venga de quien venga.Lo más progre, blanco o civilizado del kichnerismo contiene fenómenos de apertura (expresión que usó la Presidenta el miércoles pasado, nada menos que en un escenario justicialista) y diálogo de los que se habla amistosa y horizontalmente, aunque a puertas cerradas. Se trata de esa rara convivencia, de grupos minoritarios pero con fuerte capacidad de irradiación cultural, entre antiguos izquierdosos variopintos, sobrevivientes del Frepaso, antiguos menches, ex peronistas renovadores o revolucionarios y otros genes de lo que fuimos/somos. Hay que sumar en esa transversalidad de la que se habla poco, a los militantes de derechos humanos, a intelectuales, profesionales, artistas y rockeros. Las articulaciones y representaciones se amplían hacia progresivas napas de nuestra cultura política: sectores de la CTA, movimientos sociales y juventudes, radicales forjistas, cegetistas portadores sanos o no tanto (que Ricardo Forster haya brindado alguna charla en ámbitos cegetistas es algo más que un dato de color), nuevos intendentes del conurbano, que en absoluto son barones, espacios en las provincias, como el que lidera Agustín Rossi en Santa Fe; otros particularmente nuevos, ricos y complejos como el de la Túpac, en Jujuy.Hablamos poco de esa masa crítica que representa la verdadera transversalidad en proceso del kirchnerismo (no se la puede resolver por recetas teóricas, sino en el hacer) y no la de la primera apuesta a un puñado de dirigentes. Hablamos poco de esa masa crítica que por su misma diversidad, por su riqueza, por su incipiente capacidad de diálogo y por todo lo que tiene para dar más de sí, implica por sí mismo un potencial democrático de izquierda, porque abre, porque nutre, porque incorpora.Declamar izquierda es fácil. Construir, hacer, transformar, es lo complejo y lo árido, se esté en el llano o en el poder. Y esa nueva masa crítica que representa hoy el kirchnerismo tiene inmensos desafíos que afrontar en la medida en que apueste a incrementar su capacidad transformadora. Para lo cual tiene que seguir creciendo a la hora de interpelar y articular a más y más sectores.Nunca como ahora esa posibilidad de seguir creciendo tuvo un mejor escenario. Porque se remontaron furibundas batallas comunicacionales. Porque se está bien en las encuestas. Porque la oposición ayudó pifiándola o debilitándose (tiene tiempo de mejorar). Porque es más que verosímil la posibilidad de ganar las próximas elecciones y de asumir un tercer mandato en un marco de economía controlada y solidez política.La pregunta entonces, acerca de qué es ser de izquierda hoy en Argentina, de cara a un próximo mandato, podría ser reformulada así: ¿qué nuevos desafíos, qué nuevas agendas deberían nutrir al kirchnerismo como poder real a la hora de encarar nuevas transformaciones justicieras?Los temas posibles de esa nueva agenda transformadora son muchos, planteo sólo algunos. Hay mucha pobreza estructural aún, con lo que lo primero es robustecer o recrear mejores políticas de redistribución. Hay en el kirchnerismo una sana vocación industrial desarrollista que no debería entrar en conflicto, ya sea con el medio ambiente ni contra la calidad de vida (en las ciudades padecemos gigantescas crisis urbanas, de vivienda y de transporte entre otras, que deben ser trabajadas en vastas escalas metropolitanas). Hay viejos fenómenos demográficos que persisten en cuanto a migración a los grandes centros urbanos. Calidad institucional y transparencia republicana no son temas de los que haya que recelar porque los enarbolen ciertos opositores de autenticidad dudosa. Democratizar la Justicia y las políticas de seguridad es también parte de desafíos que con alguna demora comienzan a afrontarse. Es imperioso seguir impulsando políticas inclusivas que atiendan a la triste realidad de que las violencias sociales no devienen sólo de la pobreza por ingresos, sino de la desigualdad, lo cultural, el hacinamiento urbano, la ausencia de proyectos de vida para miles de jóvenes. Un escenario de estabilidad económica y fortaleza política debería abrir nuevas discusiones en torno de la coparticipación fiscal, de reformas tributarias progresivas o de una salida no dolorosa del actual mapa de subsidios estatales.Tomarse en serio los valores de la política y de la militancia implica asumir responsabilidades y actitudes generosas. De nada serviría aferrarse al actual escenario de robustez del kirchnerismo sólo para confortarse en lo hecho o gritar los goles propios a la tribuna de enfrente. Lo realmente desafiante es interpelar aún mejor, seguir haciendo.
• Algunos cookies de John W. Cooke •La teoría política no es una ciencia enigmática cuya jerarquía cabalística manejan unos pocos iniciados, sino un instrumento de las masas para desatar la tremenda potencia contenida en ellas. No les llega como un conjunto de mandamientos dictados desde las alturas, sino por un proceso de su propia conciencia hacia la comprensión del mundo que han de transforma.•Ese es el mal de nuestra gente. No se hace política de ideas y conducta, sino política de personas.•La unidad exige un claro propósito y una estrategia común variada en su aplicación pero no aguada por malabarismos palabreros. Es, a nuestro juicio, lo mínimo que podemos ofrecer a los pueblos de América Latina.•Hay dos clases de lealtad, la de los que son leales de corazón al Movimiento y los que son leales cuando no les conviene ser desleales. Con ambos hay que contar: usando a los primeros sin reservas y utilizando a los segundos, a condición de colocarlos en una situación en la que no les convenga defeccionar.

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