domingo, 19 de diciembre de 2010

Caída y resurrección: de la cárcel a Perón

Entrevista: Alejandro Pitu Salvatierra. Pasó siete años preso. Terminó el secundario con 9,98. Leyó a Evita y Galasso. Y hoy es la voz de los sin techo.
Cuando el Pitu Alejandro Salvatierra vio por tevé a su cuñado en la toma del parque Indoamericano, unas horas antes de la trágica represión combinada de la Metropolitana y la Federal, se mandó. El esposo de una de sus hermanas es remisero. Arranca $ 2000 abajo cada mes, alquila su herramienta de trabajo. Vive con sus otros cuatro hermanos en una casa de tres habitaciones en la Villa 20. Tres tienen familia. “Estaba tratando de forjar su futuro”, reconstruye Salvatierra. La mujer lo quiso detener pero él fue. No medió llamado de ningún puntero, de ningún político. Llegó tres horas antes de los asesinatos. Reconoció a vecinos de su villa, donde hay personas que viven debajo del Elefante Blanco, el soberbio edificio inconcluso y con peligro de derrumbe. “Hay que ponerse en el lugar del otro; esa familia está todos los días pensando que en cualquier momento puede ser desalojada.”Cuando fue, el Indoamericano estaba tomado desde la calle principal hacia el Parque de la Ciudad, a la izquierda, alrededor del barrio Los Piletones. La toma empezó en un predio devenido en canchita de fútbol, en la manzana 10 de ese barrio, en donde cinco familias desalojadas del barrio Ramón Carrillo, el lugar donde habían ido a parar las familias desalojadas del asilo Warnes en 1990, fueron y acamparon. Se empezó a correr la bola. Si esa tierra no tenía dueño, no tenía ninguna. Llegaban entre 200 a 500 personas por día. “Andá a avisarle a Rosa, que esa señora necesita.” Al principio, la toma no fue organizada.Cuando el Pitu Salvatierra vio a un flaco como él –que tiene 30–, o tal vez más chico, con una beba en brazos que no alcanzaba los veinte días fuera del vientre materno, se le acercó. “Che, loco, no te quiero ofender, pero si tenés casa llevá a tu nena y dejala con tu señora”. El pibe le respondido que no lo ofendía, que hacía una semana había sido desalojado en San Telmo, que le habían dado tres meses de subsidio, que había ido a vivir a Plaza Once, pero que le daba vergüenza, que hasta las dos de la mañana con el pulular del gentío nocturno no se podían dormir y que había perdido el trabajo, porque había que entrar a las 5. “Acá por lo menos puedo hacer una carpita”, le dijo.“Esas son las cosas por las que me paré ahí –se apasiona el Pitu –. Puse el eje de la discusión en las causas de la toma: el abandono de la Zona Sur, la falta de inversión y la falta de previsión política de la emergencia habitacional en que vivimos. Porque el Gobierno de la Ciudad sabe que hay 500 mil personas con problemas de vivienda. Sabe y no hace nada para combatirlo. Eso me indigna.”Al día siguiente de la toma, una marcha del Polo Obrero llevó una cantidad de gente diversa al Indoamericano. A río revuelto, aparecieron otros pescadores.En ese momento la gente pensó que de ahí no la sacaban más. De ahí cayó cualquiera: el que necesitaba vivienda, el que loteaba terrenos, el puntero de la droga, el que tenía un fin político.Salvatierra cuenta que el análisis de “los troskos” era pegarle a Cristina porque imaginaban que si movían el árbol del Gobierno Nacional alguna manzana iba a caer, pero que de Macri no iban a sacar nada. “Me metí en el debate, lo clarifiqué y lo gané”. Después, los vecinos lo eligieron como la voz cantante. Dio testimonio en cuatro medios, sus argumentos ganaron audibilidad. “Ocupar el espacio público es ilegal, de acuerdo, pero en este caso es legítimo porque nuestro reclamo es genuino. Mi presencia en el predio responde a que soy uno más, yo soy un desposeído. Me sentí en la obligación de escuchar, absorber el reclamo y transmitirlo. Defendí los intereses de los míos. La toma fue tan ilegal como cuando los del campo cortaban las rutas y hacían asados. O cuando los de Gualeguaychú cortaron el puente por años. Ahora, cuando los negros de mierda reclamamos es ilegal. Nunca vi que sacaran a balazos a De Angeli. O tiraba piedras o trataba de defender nuestra posición con palabras.”–¿Qué le dijo a Macri en la reunión de Casa Rosada ?– Puntualmente, que me dijera en qué fecha van a urbanizar la villa 20, cuál va a hacer la puesta en valor del Parque Indoamericano. ¿O va a poner rejas nada más? Y qué va a hacer con las escuelas. El “Polo Educativo” en villa 20 es un bluff: sólo tiene 20 chicos en el jardín. El “gran hospital de Villa Lugano” que prometieron construir se convirtió en un centro de salud, que no es ni un consultorio médico. Macri me miraba con desprecio, tiene mirada de facho. Le dije que era un caradura porque él tiene la mayor relación con las empresas constructoras que están sostenidas en un 90% por el trabajo de estos inmigrantes. ¿Para explotarlos son gente trabajadora, pero cuando reclaman sus derechos son narcotraficantes…? Y le veía la cara que decía: ‘Si estuviésemos 30 años atrás te extermino’. Cuando este muchacho prometió títulos de propiedad para los villeros, muchos “propietarios” echaron a sus inquilinos. Hay mucha ignorancia. Y Macri es un irresponsable. Habla como si estuviera con dos amigos en un bar de Recoleta.Terminada la reunión en Balcarce 50, el sábado pasado el Pitu Salvatierra se afirmó en el atrio de la Casa Rosada y dio un discurso que fue televisado y que impresionó a propios y extraños. Nada mal para el Pitu , que por cuarta vez intenta forjar un Movimiento Villero. “Lo que nunca más me voy a olvidar en mi vida es cuando me paré en el mismo lugar donde hablaba Néstor Kirchner, y donde habla Cristina.”–¿De dónde sacó esa seguridad?–De la convicción de que estaba defendiendo el derecho de los míos. De que estaba haciendo lo que el pastor me dijo que iba a hacer cuando pasé por aquella unidad penitenciaria.
Milagro en la penitenciaría. Corría 2004, y hacía tres años que el Pitu era un preso revoltoso. Había caído el 15 de diciembre de 2001, cuando luego de pasar veinte días en un hospital con cuatro tiros en el cuerpo, luego de un robo, había vuelto al barrio a llevarle unas zapatillas a su hijo más pequeño. Hay algo de orgullo y estatus en “las llantas”. A los pibes se los conoce por las marcas de las zapatillas: “Jorge, el de las Nike amarillas…”Salvatierra hacía lío y se agarraba a trompadas como un trompo embravecido. Antes de caer, estaba bruto de las 45 pastillas de Aseptobron que se tomaba por día. Lo mudaron de Caseros a Ezeiza, de Ezeiza a Marcos Paz. Hacía tres años que su causa flotaba a la deriva en el Tribunal Oral en lo Criminal Nº 3 de la Capital, a cargo del juez Rodolfo Ricotta Denby. Hasta que un día de planetas alineados, el Servicio Penitenciario Federal se avivó que el presidiario tenía una causa en Provincia. Lo fletaron a la Unidad 9 de La Plata.–En el traslado, me pasan dos cosas que me cambiaron la vida. Una, que cuando llegué estuve encerrado en un calabozo de 2x2, muy oscuro, 20 días. “¿Por qué tengo que pasar por esto?” Me acordaba lo que había vivido con mi viejo: estaba haciendo lo mismo con mis hijos. “Para qué, de qué valió”, me decía.Alejandro se emociona. Porque antes de ser el Pitu fue “el hijo del Gordo” Salvatierra. Su vida era normal, salvo que su papá estaba siempre en cana. A los 7 años llegó la debacle. Su abuelo, en donde vivía con su madre y hermanos, murió. Los tíos se quedaron con la casa, su familia volvió a la villa. Hicieron una casa reciclando ladrillos del Elefante Blanco, con chapas de los vecinos. “Lo que más me queda de ese tiempo –rememora– es cuando las bolsas de nylon que poníamos para contener el agua se rompían. ¡Las veces que me despertaba empapado! Sufrí mucho de los bronquios de chico. Hasta los 13 sufrí de principios de asma.”Empezó a robar en un kiosco, al descuido. No quería volver a casa porque no sabía si iban a tener qué comer, mucha amargura. Siguió robando en un almacén, luego una remera en una casa de deportes y así hasta salir de caño. “La desigualdad fue lo que me llevó a robar. Tenía las zapatillas todas agujereadas. Eso de pibe pega mucho, ves la diferencia con los demás.”El segundo sol salió cuando franqueó la puerta del calabozo de La Plata en dirección a su celda. Estaba el pastor evangelista Carlos Salas esperando una carta, se lo cruza, le habla. Pitu cuenta la anécdota y llora.–Me emocionó porque se van cumpliendo las cosas…. Me dijo: “Vos no naciste para vivir en la cárcel. Vos tenés otra misión, podés hacer cosas distintas. Vos sólo te condenaste”. Me habló en nombre de Dios, de verdad. “Tenés que empezar a quererte a vos mismo. Cuando te quieras, vas a querer a los demás.” Al día siguiente, Pitu se anotó en la escuela secundaria. Hizo cinco años en tres y medio, contra viento, marea y los guardiacárceles. Tenía que levantarse a las 9 de la mañana, desayunar y almorzar todo junto (porque hasta las 8 de la noche no volvía), ir hacia las rejas y pedir durante horas que el policía lo dejara concurrir a su pupitre. “¿Sabés cuántos compañeros del pabellón dejaron? Me decían ‘dejá, no quiero pelear con el cobani’. Dejás de ser persona en la cárcel.”En 2006, “por su esfuerzo y valor al mejor estudiante”, Alejandro Salvatierra se había emancipado del destino de “hijo del Gordo Salvatierra”. En la Universidad Nacional de La Plata, el intendente Julio Alak le dio en mano la Medalla al Mejor Alumno. En los cinco años, el Pitu había sacado un promedio de 9,98. Se había recibido de Perito Contable con orientación en Impuestos.El Negro Rodi, su compañero de militancia, dice que Pitu es imbatible con los números. Y no sólo: durante los siete años de encierro su madre le acercó los libros de la biblioteca del abuelo. El hombre había sido “peronista de Perón”, su depto se lo debía al general. De modo que el Pitu se pasó leyendo durante dos años, yendo y viniendo por las páginas, “para entender”, los dos tomazos del Perón de Norberto Galasso. Se divirtió con Historias del Ángel Gris, de Alejandro Dolina. Leyó con fruición Montoneros. La Buena Historia, de José Amorín, pero rápidamente volvió a los discursos de Evita (“los peligrosos no son tanto los gorilas, sino los peronistas que se burocratizan”, cita) y de Perón, sobre todo el de la campaña electoral en Entre Ríos. Este año lo llamaron de la escuela de su hijo menor para advertirle que su hijo se había tapado la boca y se había negado a cantar el Himno a Sarmiento. “Yo les expliqué que a los asesinos no les cantamos.”Cuando salió de la cárcel, a principios de 2008, Pitu Salvatierra buscó durante veinte días en 70 puestos de trabajo diferente. Había salido decidido a aceptar “la vida del obrero”, como le cantan Viejas Locas, el Pity, que lo emociona. Siempre le pedían dos cosas que lo dejaban fuera de juego: “Dirección y antecedentes”. “Casi caduqué”, cuenta, casi tres años después, fuera de peligro. “Un amigo mío, Miguel Mope Eviner, que es un referente del justicialismo en Lugano, me dijo que hiciéramos algo juntos en política. Casi en paralelo, me llama un muchacho que trabaja para la Fundación Madres de Plaza de Mayo.”El primer trabajo fue de portero en el Elefante Blanco. Más adelante, la Madres lo contrataron para sacar a chicos del paco. Hoy, por ese proyecto, 60 pibes barren y cuidan los pasillos de Ciudad Oculta, zafaron. “Creo en el valor agregado de la vida. Esos pibes cambiaron los hábitos, ni sabían cómo meter la tarjeta en el cajero –se vanagloria Pitu –. ¿Sabés qué orgullo que su hijo naciera en una clínica?”Y continúa: “El pibe no nace chorro ni drogadicto, loco. ¿Sabés cuándo podremos juzgar a estos chicos? Poneles las mismas oportunidades buenas como malas. Queremos una sociedad igualitaria. Nosotros, como hombres y mujeres de esta ciudad, tenemos la obligación de organizarnos. Hoy es el tiempo de generar organización popular que permita defender los derechos de los que menos tienen. Y contraponer las políticas racistas, xenófobas y discriminadoras de Mauricio Macri con proyectos de inclusión para la Zona Sur.

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