domingo, 19 de mayo de 2013

La muerte de Videla en prisión nos hace más libres

Ahora que murió vamos a poder reflexionar sobre qué significó ese hombre en el vientre de la sociedad.
Alguna vez iba a ocurrir. Tarde o temprano iba a tener que morir. Él, que había sido el símbolo máximo del "mal radical", se fue una mañana soleada. Pero murió en una celda común. Allí, donde ninguna luz puede ingresar. Murió en el lugar que la justicia de los hombres –esa que es tan veleidosa como la Divina– le otorgó por sus crímenes. Jorge Rafael Videla. Videla para la mayoría de los argentinos. Un apellido atroz. Y que será recordado por décadas y décadas. Fue el gran dictador argentino. No hay otro como él. Y esperemos que no vuelva a haberlo.  Comandó la dictadura militar más sangrienta de nuestra historia. La que más personas torturó y asesinó en todo el siglo XX. Para encontrar tanta maldad hay que remontarse a la campaña contra los indígenas en 1879 o a la represión a las provincias que perpetraron los coroneles de orientales de Bartolomé Mitre.
Videla era portador de una siniestra dignidad. No se disfrazó de enfermo como hicieron otros jerarcas –Augusto Pinochet con su silla de rueda o como Bussi con la sonda nasal– ni se arrepintió de su macabro accionar. Siempre asumió la responsabilidad política y militar de las atrocidades que cometió la dictadura militar que él comandó. Y hasta reivindicó su pasado. Eso lo diferencia de otros jerarcas mezquinos que no tenían el valor suficiente para enfrentar sobrios a la justicia. Debían emborracharse en cinismo para poder asumir los hechos. Videla no. Siempre asumió lo que había sido.
Comandó no sólo la dictadura más sangrienta de la historia, sino también uno de los procesos de empobrecimiento más brutales de la historia argentina. Aliado a los principales grupos económicos y a los economistas pregoneros del liberalismo monetarista como José Alfredo Martínez de Hoz, Videla, como representante del brazo armado, utilizó el poder del Estado, en realidad, para intentar restablecer un modelo económico basado en el sector agroexportador y en el sistema financiero, pero sobre todo en una dinámica de concentración capitalista y monopolización de la economía que devastó el mercado interno, la industria nacional y los sectores del trabajo.
Es difícil poder escribir algo nuevo sobre Videla después de todo lo que se ha escrito mientras estaba vivo. Pero supongo que recién ahora que él murió en prisión vamos a poder pensarlo con libertad. Reflexionar sobre qué significó Videla en el vientre de la sociedad, cuáles fueron sus complicidades, sus sinuosidades, sus formas de ser Videla. Porque la sociedad argentina fue en aquella segunda mitad de la década del setenta un poco Videla. Pero no sólo por la complicidad civil que significa la participación de cuadros políticos y empresariales en la represión ilegal.
Tanto ha sido así que durante los años posteriores, es decir, los de la instauración democrática, un gran sector de la clase media –e incluso también de otros decibeles sociales– decidieron ignorar lo que sabían o decidir dar vuelta la página intentando olvidar lo que no querían seguir recordando. Incluso algunos intelectuales y periodistas ex progresistas han comprado su pase a la derecha –defender el terrorismo de Estado no es complejizar el debate por la violencia sino que es simplemente defender el terrorismo de Estado y será siempre de derecha– intentando galimatías y piruetas como "habría que perdonarlo", recuperar la teoría de los Dos Demonios o hacerse el harto con los Derechos Humanos. 
Porque complejizar el debate sería tratar de profundizar la comprensión de por qué una persona común se convierte en Videla, qué condimentos individuales pero también sociales conducen a la violencia política, cuáles son las condiciones previas que generan una banalización del mal –en términos de Hannah Arendt– de tal magnitud que permite realizar cualquier tipo de atrocidad al otro. Es decir, de qué manera una sociedad se prepara para la violencia: cuáles son las operaciones de deshumanización del Otro que permiten cosificarlo, despersonalizarlo, arrancarle derechos y, por lo tanto, posibilitan la anulación, el aniquilamiento del cosificado.
 
(Digresión: convertir a todo kirchnerista en corrupto es una operación de cosificación, creer que un hijo es capaz de asesinar a su padre y poner una bóveda debajo de su tumba es quitarle la condición de humano al Otro y por lo tanto iniciar el Lado Oscuro de la Razón. Y es por esto que creo que quienes quieren generan estos tipos de relatos son  cómplices de las próximas ESMAs o de los próximos bombardeos a la Plaza de Mayo).
 
Los que hoy cosifican al Otro también son Videlas. También están dispuestos a convertirse en Videlas. Y no lo digo como chicana. Lo digo como peligrosa certeza. Porque considerar a otro Videla, también es ser un poco Videla, aunque parezca un crucigrama sin sentido.
La muerte de Videla en prisión nos hace más libres. Nos permite la libertad de repensar y reflexionar sobre nuestras propias violencias. Porque, claro, también hay que revisar desde las prácticas de izquierda la violencia de las izquierdas en los años setenta. Y esto incluye reconocer los errores, los desaciertos, las propias banalizaciones del mal. Y esto no incluye reponer la Teoría de los Demonios. Significa repensar los setenta bajo otras claves de análisis. El Terrorismo de Estado es injustificable. Incluso desde el más radical de los liberalismos. Pongo un ejemplo extremo: una sociedad no puede negarle la posibilidad a un individuo de convertirse en un delincuente. En última instancia es una decisión individualísima. Lo que tiene es el derecho de exigirle al Estado que reprima con todas las herramientas de la ley a esas individualidades que han tomado una decisión equivocada. Pero el Estado no puede convertirse jamás en una maquinaria delictiva. Porque avasalla todo tipo de libertades individuales. A partir de aquí, incluso de esta matriz liberal de análisis, se puede complejizar cualquier debate. La actuación de las organizaciones político-militares puede ser todo lo cuestionable que se quiera; pero no puede justificar jamás el avasallamiento por parte del Estado de todos los derechos del hombre. Si el Estado se vuelve criminal, totalitario, ya no hay parámetros para la vida social.
Obviamente, esta es una argumentación liberal. Desde otras perspectivas se podrán agregar elementos, matices, conflictividades que superan y enriquecen este planteo. Pero me pareció fundamental desarticular las lógicas que utiliza el liberalismo conservador, por ejemplo, desde el paradigma ajeno, porque las verdades propias ya resultan consabidas. Y es incluso desde este paradigma que la política de Derechos Humanos del kirchnerismo es fundamental.
Muchos desde la derecha más rancia creen que los juicios contra los delitos de lesa humanidad forman parte del resentimiento y la venganza del kirchnerismo. Es un enunciado, al que generalmente se le suma un agregado supuestamente progresista que reza: "Utilizan los Derechos Humanos". (Puede escuchar esta argumentación todos los días en Radio Mitre, por ejemplo). Lo fundamental de la política de Derechos Humanos es que reconstituye la autoridad del Estado y su legitimidad de represión. Porque  sólo en un país en el que los dictadores y asesinos de miles de personas van presos se convierte en justo que los evasores fiscales, que los ladrones de gallina y los asaltantes de caminos puedan ir presos. Como verá, estimado lector, hasta desde una lógica republicana conservadora la política de los juicios es fundamental.
Una última cosa. Que Videla haya muerto en prisión me produce un extraño orgullo por el presente de mí país. Muchos sectores bien intencionados se conduelen porque Videla no se arrepintió, por se llevó a la tumba la información. Es atendible el reclamo, claro. Pero hay que mirar la situación con perspectiva histórica: el dictador chileno Augusto Pinochet murió en libertad, el español Francisco Franco murió en libertad, Adolf Hitler se suicidó en libertad, Enver Pashá –masacrador del pueblo armenio– murió en libertad, José Stalin –aún cuando haya sido de signo ideológico contrario– murió en libertad, todos los presidentes estadounidenses que masacraron pueblos murieron en libertad... Jorge Rafael Videla murió preso. Si uno conoce lo que es la humanidad, su historia, su miserabilidad, entenderán por qué es tan importante lo que ocurrió el viernes: un pequeño milagro en un país del culo del mundo. Y se produjo porque hubo un gobierno empecinado en que se hiciera justicia. Videla podría haber muerto indultado. ¿No alcanza con que podría ser peor?, como diría el Indio Solari. La historia de la humanidad nos demuestra que seguramente no podría haber sido mejor de lo que resultó.

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