domingo, 24 de junio de 2012

¿Habilidad u honorabilidad?

El suicidio político consiste en sacrificar a los conducidos en función del mero beneficio personal, en permitir que las pasiones dominen la acción, que debería ser lo más cercano posible a la racionalidad o a la maximización de los beneficios personales y colectivos. 

 El peor pecado –error, falta– que puede cometer un político es anteponer a los proyectos colectivos –y desnudar públicamente esas intenciones– una estrategia estrictamente personalista. No digo que los dirigentes que tienen vocación por conducir mayorías no posean vanidades o intereses personales ni tampoco sostengo, claro, que quienes interpreten esas voluntades no sientan ni deseen que ellos, y solamente ellos, estén llamados a ejercer ese liderazgo. El suicidio político consiste en sacrificar a los conducidos en función del mero beneficio personal, en permitir que las pasiones dominen la acción que debería ser –perdón por la poca elegancia del estilo prescriptivo– lo más cercano posible a la racionalidad o a la maximización de los beneficios personales y colectivos. En la relación entre conductor y conducidos debe haber una sintonía dialéctica en la que ninguno de los dos sectores debe estar, en términos absolutos, al servicio de las estrategias del otro. El jueves, el titular de SMATA, Ricardo Pignanelli, recordó el consejo que alguna vez le había dicho el número uno de la CGT, Hugo Moyano, hace unos años: “Ricardo, nunca hay que poner a los trabajadores de tu gremio en un callejón sin salida. Yo no lo hice ni aun en los años duros contra el menemismo.”  Es una máxima fundamental para todo líder gremial, excepto para aquellos que colocan los intereses personales o los de los partidos “minúsculos y maximalistas” por sobre las necesidades del laburante común. ¿Por qué Moyano decidió pegarse un tiro en la boca?

Personalmente no creo en las generalizaciones sobre “actitudes mafiosas de los sindicalistas” ni en las acusaciones humeantes de “lógicas corporativas”. Aunque considero que hay que democratizar al interior de los sindicatos las formas de selección de líderes y estructuras, no soy enemigo de la unicidad por actividad. No creo en la despolitización del gremialismo ni tengo prejuicios ni sociales ni raciales respecto del sindicalismo, por lo tanto no admito que se me tilde ni de “gorila” ni se me macartee por “progre”. Mi crítica es estrictamente política. En los últimos días, el moyanismo ha demostrado paradojalmente que puede hacer daño desde la debilidad manifiesta. Quien tiene el poder no necesita mostrarlo. Quien alardea del poder que posee es porque no tiene el poder suficiente como para que el otro se dé cuenta. Quien golpea la mesa o patea el tablero es porque no tiene otra forma de demostrar su impotencia. ¿Puede lastimar? Sí, claro. Pero ya se encuentra en una posición desventajosa. 
Moyano pisó el palito. Y la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, demostró de una forma muy sutil de qué manera son capaces las mujeres de demostrar poder. No es necesario gritar, no es necesario alardear, no es necesario ser “fálico” para ejercerlo. Con llamarse a silencio y dejar girar en falso al contrincante fue suficiente. Con un par de indirectas y con la inacción, logró que el otrora poderoso líder de la CGT –el hombre que habría crecido a la sombra del kirchnerismo agrandando desmesuradamente su gremio y sus conexiones con empresarios del rubro en un esquema que semejaba el de una doble ventanilla con terminales en la UIA– pasara de la noche a la mañana a liderar un grupo pequeño de gremios sin demasiada representatividad ni peso específico, a la CTA de Pablo Micheli –que ni siquiera pudo ganar limpiamente las elecciones de su propia central– y a los partidos trotskistas. A ese apoyo se le suma la Mesa de Enlace, el Grupo Clarín y alguno que otro grupo político –¿el macrismo, la UCR que por fin ve realizada la posibilidad de contar con su propia rama sindical?– más dispuesto a formar la Armada Brancaleone al grito de “Camioneros, troscos, terratenientes y cacerolas, la lucha es una sola” ¿Le harán “fuck you” el miércoles a la presidenta en la marcha de Plaza de Mayo? 
Seguramente, muchos de corazón tierno como yo, habríamos querido que un líder de la importancia histórica de Moyano no hubiera decidido transitar el camino de enfrentamiento con la conductora del movimiento nacional y popular. Es inevitable recordar la frase de Eva Perón que reza: “el que le hace una huelga al peronismo es un carnero de la oligarquía” y, también, enumerar la cantidad de líderes sindicales que desafiaron a Juan Domingo Perón, como por ejemplo Cipriano Reyes, un hombre clave en el 17 de octubre de 1945 que creyó que era más importante que el jefe del movimiento, intentó encorsetarlo en el Partido Laborista y terminó preso, y claro Augusto Timoteo Vandor, quien intentó crear un peronismo sin Perón y concluyó asesinado. Utilizo estos dos ejemplos no en términos chicaneros. Moyano no es ni Reyes ni Vandor ni terminará como ellos. E incluso es necesario revisar las legitimidades de las circunstancias y estrategias de cada uno de ellos. Lo que intento decir es que, en términos políticos, de manejo del poder, el conductor siempre tiene ventajas sobre los líderes sindicales por muy poderosos que ellos se crean. Y la historia, incluso, juega a favor de ellos. Excepto, claro, que se trate de un proceso de destitución y golpismo solapado. 
Hay que mirar atentamente lo que ocurrió en Paraguay con la destitución del presidente Fernando Lugo. Y pensar posibles esquemas de imitación para la Argentina. Por ejemplo, ¿el paro y sabotaje de Camioneros –que linkea inevitablemente con el conflicto que esmeriló al gobierno de Salvador Allende y posibilitó el golpe de Augusto Pinochet (aunque las comparaciones son injustas)– puede ser el puntapié inicial de un fragoteo más profundo en nuestro país? ¿Las palabras de Hermes Binner ayer en La Capital de Rosario son un consejo o una amenaza? Dijo el líder del Frente Amplio Progresista: “Se visualiza un conflicto muy grande dentro del partido de gobierno y este camino nos perjudica a todos. Nadie se va a favorecer con un conflicto de esta naturaleza, más allá de que apoyemos con reservas algunas acciones del gobierno. Tenemos que conservar la democracia y si en algo tenemos que mirarnos es en lo que pasa en Paraguay. La mayoría automática que tienen determinados poderes políticos terminan sobreponiéndose al diálogo, a la concertación y esto no es bueno para la democracia.” ¿Y la ausencia de Daniel Scioli? ¿Es cómplice de la movida moyanista como creen muchos o funcional a la estrategia kirchnerista a largo plazo?
Desayunaba ayer con Araceli Bellota en un café de Almagro tras una malograda charla pública que no se realizó cuando ella me contó una anécdota sobre una charla entre Perón y Vandor antes del inefable crimen del dirigente de la UOM. Relata Araceli que Perón le dijo: “A usted lo matan; se ha metido en un lío que a usted lo van a matar.” Lo mataban unos o lo mataban otros, porque él había aceptado dinero de la embajada americana y creía que se los iba a fumar a los de la CIA. “Ahora, usted está entre la espada y la pared: si usted le falla al Movimiento, el Movimiento lo mata; y si usted le falla a la CIA, la CIA lo mata.” Y agregó Perón: “Me acuerdo que lloró. Le dije: usted no es tan habilidoso como se cree, no sea idiota, en esto no hay habilidad, hay honorabilidad, que no es lo mismo.”
¿Será una cuestión de habilidad o de honorabilidad la de Moyano en su dilema tan distinto, obviamente, al de Vandor?

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