
Un plan de viviendas ambicioso, con precedentes lejanos. Lo más accesible de
Pro.Cre.Ar. y lo más trabajoso. Dos funcionarios en ascenso, lecturas varias.
Peronómetros mal calibrados. Scioli, sus movidas mediáticas y algunas señales.
Los intendentes conurbanos, con lógica propia. Y algo sobre discursos, música y
armonía.
Por Mario Wainfeld
En la semana que pasó se cumplió otro aniversario del último discurso
pronunciado por el tres veces presidente Juan Domingo Perón, desde el balcón de
la Casa Rosada. Fue aquel en el que, acaso intuyendo su pronto final, enunció
que se llevaba en “mis oídos la más maravillosa música que es, para mí, la
palabra del pueblo argentino”. La armonía político-musical había nacido treinta
años antes, con hitos sensibles. Uno de ellos fue un gran plan de viviendas, con
créditos del Banco Hipotecario, comenzado en el primer mandato. Las cifras
varían, según la fuente y tal vez según su cercanía con el justicialismo. En
cualquier caso, oscilan entre 300.000 y 400.000, un número formidable para una
población que, redondeando de nuevo, andaba por la mitad de la actual.
La mayoría de los hogares, que se expandieron en todo el territorio nacional, se
bautizaron “casitas cajón”, por su forma. Tenían un jardín chico adelante, a
menudo ornado con enanitos de terracota. Algunas sobreviven con decoro, merced
al tesón de los dueños. Otras ya fueron, otras padecieron el transcurso del
tiempo y las crisis. Luego se edificaron barrios “a la alto” con edificios de
variada calidad, monoblocks, de la mano de los Planes Fonavi. En el ’73, el
tercer peronismo bosquejó un proyecto parental con el de los ’50, menos
ambicioso en la cantidad, que no llegó a plasmarse.
Como fuera, hay que remontarse a aquel pasado remoto, al inicio de los “treinta
gloriosos” años ulteriores a la llamada Segunda Guerra Mundial, para ubicar un
Plan estatal de dimensiones o pretensiones similares al Pro.Cre.Ar anunciado el
martes pasado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
Como ocurrió con el primer peronismo, el Programa tiene un aditamento
interesante para una parte del universo de potenciales beneficiarios. Se trata
del impulso a las pymes y al comercio local. En ellos recaerá el beneficio de lo
que construyan quienes son ya propietarios de terrenos. Esos créditos serán los
que se concretarán más pronto, como lo indican el sentido común, las previsiones
de funcionarios y los primeros datos de pedidos de audiencia presentados ante la
Anses. Pequeñas empresas, albañiles de barrio y hasta autoconstrucción en
ciernes, entonces.
Mucho más trabajosa será la tarea de adecuación de terrenos fiscales. Hay dos
desafíos arduos para superar: la infraestructura urbana y la regularidad de los
títulos. Poner la propiedad pública al servicio de una necesidad-derecho
ciudadano es un valor notable del Pro.Cre.Ar. Funcionarios concernidos se
entusiasman: hay disponible un “PBI hundido”, un patrimonio inmobiliario estatal
subaprovechado, balcanizado entre distintas reparticiones o entes residuales. He
ahí otro mensaje interesante, un modo virtuoso de sacarle el jugo al patrimonio
público. La enunciación se complejiza al pensar la prolijidad registral de esas
propiedades, que deben estar impecables para ser vendidas en regla. No es fácil,
mirarlos con lupa suele ser asomarse a un berenjenal jurídico.
La distribución geográfica dispar es otro aspecto. En la mayoría de los partidos
del conurbano bonaerense las tierras fiscales disponibles escasean o,
literalmente, no existen.
Aun con esos ripios a superar, las metas de la iniciativa conjugan con el abecé
keynesiano para afrontar una etapa de crisis internacional, con impacto sensible
en el crecimiento local. Las proyecciones acerca de puestos de trabajo a crearse
o impacto en el PBI deben ser tomadas con pinzas: siempre hay voluntarismo y
ojímetro en tales cálculos. Pero, si se consiguiera una parte importante de los
objetivos, las consecuencias virtuosas serían innegables.
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Los que dudan y los que creen: Enardecidos comentaristas de las ediciones on
line de los grandes medios y periodistas del mismo “palo” expresan su
incredulidad. No va a andar, nada hizo el kirchnerismo en esta materia
(distorsionan), es otro simulacro... En paralelo, ciudadanos de a pie se
inscriben de forma masiva. Acaso no confían del todo, pero se conducen con
racionalidad económica. Los que se empalagan con la conducta de “los mercados”
deberían reparar en la lógica de los ciudadanos. Acuden al Estado, apuestan a
que la movida resulte. Es pura racionalidad instrumental: el “no” ya lo tienen.
¿Y si es una añagaza, una cortina de humo “K”? Parafraseando al General entonces
tronará el escarmiento electoral. La democracia es un sistema que contiene un
ingrediente carismático básico: el que manda debe revalidarse cotidianamente a
través de sus obras. La autoridad legal es un aditamento ineludible, pero a la
hora del voto se miden desempeños. El Gobierno ha generado una expectativa
enorme, las ganancias o pérdidas por el resultado se harán sentir por el pueblo
soberano.
La presentación de Pro.Cre.Ar. fue buena en un sentido básico: los posibles
interesados entendieron que hay una oportunidad. Una ciudadanía celosa de sus
derechos y combativa no es el mejor público para distraer con juegos de manos.
Puestos a pensar la vigencia del peronismo, esa referencia ha de tener su
gravitación.
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Puesta en escena: El viceministro de Economía, Axel Kicillof, y el titular de la
Anses antecedieron a la Presidenta en el anuncio del Pro.Cre.Ar. La oratoria de
Cristina Kirchner es un tópico que apasiona a aliados y adversarios. Hace ya un
tiempo que su discurso, stricto sensu, se integra con un repertorio de recursos
escenográficos que (cual si fueran conjurados) tirios y troyanos leen y traducen
con fruición. Hay, claro, un empoderamiento de los jóvenes funcionarios que se
explicaron con desenvoltura y aportando data para un público más avezado que el
que mira por tevé.
Avidos por llegar a conclusiones catastrofistas y unívocas (un error
metodológico recurrente), analistas opositores infieren que el “cristinismo” ha
dado vuelta un par de páginas. Rompe con el peronismo y aun con el kirchnerismo
originario. Julio De Vido, el ministro de Planificación, es el ejemplo más
socorrido. Está desvalido, arguyen, versus los jóvenes de La Cámpora ascendidos
por la presidenta Cristina. Ni Kicillof ni Bossio son orgánicos de esa
agrupación pero los profetas son poco afectos a los detalles o a la información
misma.
Nada queda del elenco de Néstor Kirchner, se deprimen. Es raro porque jamás
ahorraron denuestos en vida del ex presidente. También es poco riguroso:
Cristina sigue teniendo en sus puestos a funcionarios cruciales que amanecieron
en sus cargos en 2003. El propio De Vido (hasta nueva orden), el secretario
legal y técnico Carlos Zannini, los ministros Alicia Kirchner y Carlos Tomada
sólo por repasar a los más empinados. Son un grupo grande, si se coteja su
continuidad con la de funcionarios de gobiernos anteriores.
Pero acaso la mayor inconsecuencia del relato “deskirchnerizador” sea Guillermo
Moreno. El funcionario más fustigado por las corporaciones económicas, a quien
“Néstor” (ahora todos lo evocan con el nombre de pila) definió como la mejor
figura de Gabinete. El Mega Secretario sigue en el candelero, locuaz e
hiperquinético aunque diste bastante de ser afín a La Cámpora.
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El otro rostro del peronismo: El peronómetro de personas que conocen poco al
justicialismo y lo entienden menos detecta que Cristina Kirchner ya no integra
el Movimiento. Sondean los rostros de los intendentes del conurbano (a quienes
detestan y no comprenden) o de los gobernadores. Interpretan que el ex jefe de
Gabinete Alberto Fernández ha creado un partido de masas y no un sello de goma.
Y se extasían con los amagues de autonomía del gobernador Daniel Scioli.
El peronómetro del cronista arroja otra medición. Raro que no sea peronista
quien militó siempre en esa fuerza y cuyas concepciones del poder y la
gobernabilidad son arquetípicas de la cultura justicialista.
Observaciones terrenales pueden habilitar un cuadro menos académico. Mandatarios
bonaerenses con votos “del territorio” resienten la ausencia de Néstor Kirchner,
quien, progresivamente y en especial con Cristina presidenta, solía articular
con ellos, “contenerlos”, darles palique. Ese rol, esa intermediación con la
pátina encantadora del poder, no ha sido suplido con éxito, casi no suplido. La
interlocución con De Vido prosigue pero la merma de la obra pública le ha
restado encanto. Intendentes y gobernadores rezongan, muy por lo bajo e
intramuros, de estar lejos de Olivos y la Rosada.
Claro que si de peronistas hablamos, es forzoso sopesar los intereses amén de la
tertulia, cuyo valor no está negando el cronista, al contrario. Son factores que
se complementan.
Los intendentes, sobre todo los conurbanos, saben que su suerte económica y
política está enlazada con la Nación. En promedio, les ha ido muy bien desde
2003 o 2007: muchos de ellos son reelectos o pertenecen a una agrupación que
domina el territorio.
Las dificultades financieras de la actual etapa son altas, el propio pago del
aguinaldo en los próximos días hace fruncir los ceños de varios, que no de
todos. La coparticipación provincial mermó significativamente en 2012. El
impacto de la reforma impositiva reciente es dispar. La participación del nuevo
inmobiliario en el conurbano es baja, acaso del cinco por ciento. Más nutrientes
serán las subas de los ingresos brutos y de las tasas a la tevé por cable y al
juego. Pero los fondos llegarán recién en el segundo semestre, lo que puede ser
un tubo de oxígeno reforzado porque esa época del año es, habitualmente,
financieramente más propicia que los primeros meses.
La solución siempre depende, en fracción apreciable, de los flujos nacionales.
Fuertes en las urnas cuando juegan de locales, muy diluidos apenas los
transgreden, los alcaldes perucas hacen cuentas y (salvo contados casos como el
tigrense Sergio Massa) mantienen los pies en el plato.
Los coqueteos de Scioli con el ministro Roberto Lavagna los tienen sin cuidado:
nada producirán en sus efectividades conducentes. Alberto Fernández (una
“viuda”, bromean incluso cerca de Scioli) no les mueve el pelo.
Diferente es la reacción respecto de los contactos con Moyano, aunque tampoco
favorable. El líder camionero es poco estimado por “el territorio”. La
recolección de basura es uno de los ítems más gravosos para todos los
municipios. Las demandas salariales lícitas y crecientes de Moyano incordian a
los intendentes. Y sus presiones muy habituales los enardecen. “No hay uno de
nosotros que no haya sido apretado por el Negro”, confidencia un dirigente muy
votado en su distrito. Las paritarias del ramo se pactan entre el gremio y las
patronales, sin participación del poder político. “Nos dejan afuera, arreglan
aumentos enormes y las empresas trasladan los costos.” Unas horas sin
recolección de basura es un dolor de cabeza, unos días una amenaza destituyente,
computan según su propia tabla.
Lo económico no quita lo cortés. Los apodados “barones” también evocan con
bronca y memoria el desembarco de Moyano en el Partido Justicialista, sin
reconocimientos ni gestos amigables a los poderes locales. Las relaciones
públicas no son el fuerte de “Hugo”, ni el reconocimiento de los “otros”, así se
trate de compañeros-aliados circunstanciales.
El gobernador arma su picadito con Moyano. La Rosada toma nota y junta broncas.
En el duro terruño cercano a La Ñata, los pareceres no son tan diferentes.
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Toco y me voy: Las encuestas, aseguran en La Plata, mantienen inmune al
amiantado Scioli. Con esa base, el gobernador combina desplantes, amagues y
gestos de pertenencia hacia la Rosada. Difunde el match contra el equipo de los
camioneros. Divulga una charla reservada con Lavagna. Deja que sus
lugartenientes mencionen al desgaire que “jugará” en 2013 con una lista de
diputados nacionales que encabecen el ubicuo Massa y su esposa Karina Rabollini.
En su derredor relativizan, ma non troppo, el reunionismo tan visibilizado.
“Muchos gobernadores se juntan con Moyano, a escondidas –fumigan suavemente a
sus pares– nosotros lo hacemos a la luz del día.” De Economía se habla con
muchos, ablandan, para luego acentuar distancias: “Tampoco es cuestión de
escuchar nada más que a Kicillof o a Moreno”.
La apretura financiera también agobia al gobernador, quien mantiene tratativas
cotidianas con el gobierno nacional. Su trato con los intendentes conurbanos
combina las buenas ondas propias del estilo sciolista con reclamos de rigor que
llegan desde los municipios: más plata, más recursos para los hospitales, más
patrulleros, menos ostentación para afuera, menos cultivo de la imagen del
gobernador en desmedro de la cooperación. Una tensión pragmática donde cada cual
atiende su juego y cuida su caudal propio.
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Escenas: La Presidenta trabaja su relato y los escenarios que lo rodean. Ese
devenir fascina a propios y ajenos. Sus adversarios controvierten los discursos
y, últimamente, también se ensañan con quienes la acompañan. Tal vez fantasean
que ése sea un modo de deslegitimarla, a poco tiempo de un veredicto popular
rotundo. Si probamos que la señora Salustriana de la Puna no dijo lo que dijo...
Si develamos que un presunto obrero que charla con la Presidenta es (¡horror!)
un militante político...
Se procura que el archivo (con perdón, “a lo 6, 7, 8”) equivalga a una elección
presidencial. Excesiva fantasía, ligada a la carestía de referencias políticas
alternativas.
Los que asoman la cabeza, Scioli y el jefe de Gobierno Mauricio Macri, manejan
buenos dispositivos mediáticos y de publicidad. No se fundan en su capacidad
oratoria, como Cristina Kirchner, por razones obvias. Pero cultivan con esmero
ese jardín, buscando su target. El de Scioli aspira a ser más extendido
socialmente, punto digno de interés.
El relato y sus adornos son práctica corriente de cualquier político
contemporáneo. Basta ver el cuidado de las intervenciones públicas del
presidente norteamericano Barack Obama. O rememorar (casi nadie lo hace) cuán
estudiada y profesional era la comunicación del ex presidente Fernando de la
Rúa. Hasta el fiasco que hizo en el programa de Marcelo Tinelli fue producto de
tratativas detallistas y análisis de mercado profundos. No anduvo, claro. No
siempre funciona, dirá quien lee esta columna. Al hombre le faltaba madera. De
eso se trata.
Las palabras y el relato son fundantes pero la relación entre gobernantes y
ciudadanos en democracia están supeditadas a variables más determinantes. Cuando
nadie recuerde si Pro.Cre.Ar. fue anunciado en el Museo del Bicentenario o en el
miniestadio de Ferro, muchos argentinos sopesarán qué fue de esas promesas. O
más en general, cómo le fue en la etapa kirchnerista. Hasta ahora, lo revalidó
dos veces, tantas como al hombre que (no sin haber cometido errores y tropelías)
se llevó en los oídos la más maravillosa música. Esa que suena sólo cuando hay
aprobación. El actual gobierno deberá esmerarse para mantenerla con hechos en
los bravos años venideros, de eso depende su perduración.
Cortinas de humo
Hace cuestión de un semestre cundía la alarma republicana tras la creación del
Instituto Dorrego. Avizoraban amenazas tremendas: unicato, enseñanza obligatoria
de ciertos textos, persecución a los no revisionistas y anche a algunos
revisionistas. El escándalo se evaporó en el aire. Ninguna de las agorerías se
plasmó, la libertad de expresión y de cátedra se sostienen, en términos
aceptables.
Cuando comenzó este año, aniversario de la guerra de Malvinas, también sonaron
alertas opositoras. Pronosticaban la exacerbación de narrativas patrioteras y
chauvinistas, quién sabe hasta belicistas. Y se preocupaban porque “la gesta de
Malvinas” podía funcionar como una cortina de humo que ocultara todas las cuitas
y debates de una sociedad diversa y compleja.
La presentación de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ante el Comité
de Descolonización de la ONU es discutible, como casi todo. Pero, salvo las
autoridades británicas, nadie lo tildó de violento o nacionalista con zeta. La
intervención fue pensada en toda su extensión, que abarcó a un malvinense
crítico y la alusión de un non paper desclasificado que comprueba tratativas
entre el presidente Juan Domingo Perón y las autoridades inglesas, allá por
1974.
La compañía de un vasto abanico de legisladores de la oposición (casi todo el
arco político con representación parlamentaria a nivel nacional) y la sumatoria
de nuevas adhesiones redondearon un discurso sólido, sugestivo e institucional.
Ya llegado el invierno, superados los aniversarios del desembarco y la
rendición, la malvinización no se fue de madre. El aniversario avivó polémicas,
se aportó material histórico (como el ya citado y el informe Rattenbach), se
puso la lupa sobre violaciones de derechos humanos contra argentinos cometidos
por oficiales de sus Fuerzas Armadas. Se escribió mucho, se discutió bastante,
se dinamizó la acción diplomática. La Argentina no se apartó de la línea
pacífica que llevan sus surtidos gobiernos desde 1983. Así como la salud no es
apenas la ausencia de enfermedad, el pacifismo criollo ha sido más que no
guerrear: fue activo y enérgico. En superar los conflictos limítrofes con países
hermanos (aun con el lunar que fue el entredicho con Uruguay por la pastera). En
intervenir decisivamente para sostener la gobernabilidad en países del
vecindario, desmontar aprestos bélicos, mostrar unidad con la Unasur contra
intentos de golpes de Estado.
Ni delirios belicistas, ni cortinas de humo. Bien mirado, este año ha desbordado
intensidad (de Repsol a Daniel Reposo, de la reforma al Banco Central al lockout
del “campo”, de la interna de la CGT al Pro.Cre.Ar). Ninguna sorpresa hubo,
salvo para los apocalípticos. Imposible detener la dinámica de un sistema
político vivaz y de una sociedad democrática. Y mucho menos, ocultarla con
cortinas de humo.
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