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martes, 23 de agosto de 2011

20 DE AGOSTO DE 1906: NACIMIENTO DEL HISTORIADOR JOSÉ MARÍA “PEPE” ROSA

Dedicado especialmente al compañero Daniel Adrián Di Giacinti, quien -cuando yo nada más había escrito una o dos notas en revistas locales- puso la confianza en mí de llevarme de la mano -orientado por "Don Pepe"- a la severa investigación de nuestro pasado, hacerme creer un "historiador" y colaborar con la escritura de más de 200 fascículos de aparición semanal. Gracias Daniel mi deuda es inmensa. Ahora Di Giacinti está en la publicación de una obra inmensa de un gran potencial audiovisual interactivo a través de DVD´s denominada

Perón, La Revolución Olvidada.

José María Rosa, a quien los que sentíamos cierta jerarquía de intimidad con él, le llamábamos confianzudamente "Don Pepe", nació en Buenos Aires un 20 de agosto de 1906, falleciendo en la misma ciudad el 2 de julio de 1991.

Historiador vocacional, aunque le puso tanta garra a esa vocación que superó con creces a su graduación profesional, pues se había recibido de abogado, por lo tanto podemos considerarlo uno de los fundadores de la profesión de Historiador-Investigador.

También en su larga y prolífica vida incursionó en la diplomacia.

Tanto por tirios como por troyanos, "Don Pepe" está calificado como uno de los más importantes historiadores que tuvo el país.

Poseedor de un gran espíritu militante, funda, con esa impronta de lucha, la Revista Línea.

Además fue un reputado profesor universitario, siendo uno de los más respetados y consultados historiadores de la corriente que se llamó revisionista, aunque la de él no fue tan clásica inaugurando una forma peculiar, entretenida, de interesar al gran público por la historia, sacándola como objeto únicamente de especialistas.

Rosa nació en el seno de una familia tradicional, a las que más adelantes sin ambajes llamaríamos oligárquicas.

El bisabuelo de "Pepe", Vicente Rosa, había llegado desde España en 1828.

Su abuelo, José María, abogado de prestigio, fue ministro de Hacienda en la segunda presidencia de Julio Argentino Roca y de Roque Sáenz Peña.

Se recibe de abogado a la temprana edad de 20 años.

Tuvo un breve paso por el ejercicio de la profesión y luego, también actuó como juez de instrucción; pero parecía que el destino le había marcado una misión más noble al servicio de los bones homes y de la inteligencia humana; por eso tal vez se dedique a la enseñanza, tanto en cátedras universitarias como secundarias.

De su experiencia como Juez en Santa Fe sale su primer libro "Más allá del código".

En 1931 contrae enlace con María Luisa Julia Delfina Bunge, con quien tuvieron tres hijos y una hija, cuyos nombres serían José María, Eduardo Manuel, Juan Ignacio y Lucila.

Su compromiso político comenzaría en las filas de la Democracia Progresista, pero sus interés por la historia lo llevó al encuentro con el pueblo real y subyacente (él le llamaría "La Argentina Invisible", tiempo antes del 17 de Octubre de 1945).

Completa sus estudios doctorándose con la tésis "Orígenes místicos del Estado" que es también tema de su segundo libro, de 1936: "Interpretación Religiosa de la Historia", donde examina la historia como la sociedad en el tiempo, descartando las visiones institucionales, raciales, periodísticas o épicas.

Debemos aclarar que siempre a la luz de "su" creencia por la que podemos clasificarlo dentro del denominado nacionalismo católico.

Residió en Santa Fe, donde dictaba clases en la facultad de derecho, en las cátedras de Historia de las Instituciones y en esa misma ciudad, junto con otros estudiosos de la historia fundó en 1938 el "Instituto de Estudios Federalistas", desde donde se dictaron conferencias, se establecieron lazos con entidades similares en el país y en el exterior y a través de ellas se perfiló una vigorosa corriente de los que buscaban "revisar" la historia y sobre todo mirarla desde un ángulo social, que es el costado más valioso en la búsqueda de identidad de los pueblos.

En 1942 sale su primer libro de historia argentina, "Defensa y pérdida de nuestra independencia económica" que configuraría el principio de una larga serie de publicaciones, algunas de las cuales, luego, serán detalladas.

En 1945, ya sumado a la naciente corriente nacional y popular de pensamiento y acción política, debió trasladarse a Buenos Aires por desinteligencias con el rectorado y algunos centros de estudiantes, fruto de su militancia política e histórica.

Centra entonces su actividad en la universidad de La Plata, ejerciendo también la docencia en colegios secundarios.

Por entonces publica "Nos, los representantes del pueblo", "La Misión García ante Lord Strangford" y "El Cóndor ciego".

La llamada "Revolución Libertadora" lo deja cesante y lo encarcela en ocasión de la detención de su amigo John William Cooke (que no era ni nacionalista -aunque luchaba desde el campo nacional- ni, menos, católico), a quién había dado refugio en su casa.

Estas cosas para quien no es peronista no se entienden demasiado bien; porque la base de análisis filosófico de Cooke es el marxismo y la de Rosa es el cristianismo.

Pero simplemente tenemos que observar el gobierno nacional y popular de Chávez en la revolución bolivariana en Venezuela, que es marxista, cristiana, latinoamericana y antiimperialista.

Aunque parezca demencial, la acusación que le imputan a "Don Pepe" es de corromper a la juventud con su "rosismo" (Parece Sócrates, simplemente les faltó blanquear la cosa diciendo: que corrompía a la juventud por su inteligencia; y darle para tomar la cicuta).

Luego de varios meses de prisión, sale, para tomar el camino de una decidida militancia, ahora más activa y dinámica, enrolándose en el fallido y trágico intento del General Valle del 9 de junio de 1956.

La asustada reacción del gobierno "gorila" de entonces lo buscó para fusilarlo, pero consigue pasar a Montevideo y de allí, aceptando una invitación del Instituto de Cultura Hispánica, que le promete la edición de su libro "La Caída de Rosas".

Viaja a España, donde permanece hasta 1958, ejerciendo el periodismo y dando conferencias en distintos ámbitos. Vuelve para sobrevivir de lo poco que le producen sus publicaciones y artículos y eventuales cursos de historia, que da permanentemente en sindicatos de todo el país.

Entre 1955 y 1970 realiza publicaciones en los semanarios nacionalistas "Azul y Blanco" y "Segunda Republica" que dirigían Marcelo Sanchez Sorondo, Ricardo Curutchet y Luis Rivet, y cuya redaccion funcionaba en el estudio del Dr. Jorge Ramos Mejia en la calle Charcas 684 de la Ciudad de Buenos Aires.

Su actividad tiene como marco el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, entidad de la que fue presidente en varias oportunidades.

De esa época son sus libros "Rivadavia y el imperialismo financiero" y "La Guerra del Paraguay y las montoneras argentinas".

A raíz de esta última publicación su nombre pasa a ser muy conocido en el Paraguay, lugar desde el cual fuera invitado permanentemente a dar conferencias o asistir a eventos relacionados con el prócer máximo paraguayo, Francisco Solano López.

Mientras tanto participa activamente en lo que se llamó la Resistencia Peronista, convirtiéndose en uno de sus referentes más respetados y queridos.

Es en ese período que el movimiento Peronista, antes indiferente, toma con entusiasmo las banderas revisionistas y las hace suyas.

Rosa integraría la comitiva de notables que van a buscar a Perón en el famoso vuelo chárter del 17 de noviembre de 1972.

Para entonces ya se había publicado su Historia Argentina, obra en trece tomos a los que, luego de su muerte, se le agregaron cuatro más con el aval intelectual de Fermín Chávez.

El General Perón -en su tercera presidencia- dispone que se haga cargo de la embajada en Asunción, considerando que su prestigio en Paraguay pudiese ser positivo para los intereses nacionales dado que en ese tiempo se jugaban en las cotas de altura de la represa de Corpus, la factibilidad de construir Yaciretá.

Muerto Perón, tuvo desinteligencias con el canciller Vignes y optó por aceptar la embajada en Atenas, donde permaneció hasta el golpe militar de 1976.

Regresó a Buenos Aires, donde sus libros eran retirados de las bibliotecas y su nombre puesto en un "cono de silencio".

Pero el viejo luchador no se resignaba a quedarse de brazos cruzados.

Es así como se fundó la revista "Línea" (y, por pretender abarcar a todo el pensamiento de la línea nacional): "la voz de los que no tienen voz".

El propósito fue mantener viva la llama del pensamiento nacional y mostrar que subyacía otra Argentina llamada a renacer.

No pudieron los militares acusar a Pepe Rosa de ser guerrillero solo porque su figura era demasiado visible y conocida. Pero buscaron todos los medios para acallarlo, desde el secuestro de la revista hasta los innumerables juicios entablados en su contra.

Pero "Línea", cada vez con más coraje, salió adelante y fue la única voz distinta que se escuchó durante esos años de plomo.

Mientras tanto continuó con la publicación de libros y artículos en algunos medios que poco a poco se animaban a expresarse.

Su última batalla, que le costó el alejamiento de algunos amigos "nacionalistas" cortos de vista fue sobre la cuestión del Beagle, que casi nos había llevado a una tonta e irreparable guerra entre hermanos.

Su vida se apagó el 2 de julio de 1991, muriendo en forma serena, como compensación a la vida de lucha que tuvo.

Su obra pertenece a la corriente revisionista argentina, con matices particulares y brillantes por momentos, que se opone a la historia oficial de nuestro país.

A, prácticamente una intimación suya, se declara el día 20 de noviembre, en conmemoración de la Batalla de la Vuelta de Obligado, Día de la Soberanía Nacional.

Fundó la Revista Línea (la voz de los que no tienen voz) que se opuso a la dictadura militar de 1976 a 1983.

Algunas de sus obras son:

• Más allá del código (1933)

• Defensa y pérdida de nuestra independencia económica (1943)

• Artigas, prócer de la nacionalidad (1949)

• La misión García ante Lord Strangford (1951)

• El cóndor ciego. La extraña muerte de Lavalle (1952)

• Nos, los representantes del pueblo (1955)

• Del municipio indiano a la provincia argentina (1958)

• La caída de Rosas (1958) (tal vez el trabajo más completo y documentado)

• El pronunciamiento de Urquiza (1960)

• Artigas, la Revolución de Mayo y la unidad hispano-americana (1960)

• El revisionismo responde (1964)

• Rivadavia y el imperialismo financiero (1964)

• La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas (1965)

• Doctores, militares e ingleses en la independencia nacional (1968)

• Historia del revisionismo (1968)

• Rosas, nuestro contemporáneo (1970)

• El fetiche de la constitución (1984)

• Historia Argentina, 13 Tomos

• Peron 30 años que conmovieron la politica argentina (1987)

Y otras, que salieron bajo el paraguas seductor de su sempiterno nombre... ¡Gracias maestro! ¡Gracias, por dejarme usar el irreverente "Don Pepe!...

EL TRIUNFO DE UNA RENUNCIA: CABILDO ABIERTO DEL 22 DE AGOSTO DE 1951

Por Leticia Manauta

“El pueblo que en 1810 se reunió para preguntar de qué se trataba, se reúne para decir que quiere que el General Perón siga dirigiendo los destinos de la Patria” (Discurso Eva Perón del 22 de Agosto de 1951).

Marea humana, miles de trabajadores y trabajadoras convocadas por la CGT; las familias completas, con los agradecidos ancianos por tantas cosas, los Derechos de la Ancianidad, las jubilaciones, los hogares. Miles de mujeres que se preparaban para ejercer sus derechos cívicos, que empezaban a participar activamente en la política y el sindicalismo; estaban “los únicos privilegiados”, muchos niños, están las imágenes, las fotos, las grabaciones de ese día memorable.

No sólo estaban los capitalinos y el conurbano, habían venidos de todo el territorio nacional. “La columna vertebral” del movimiento no se había privado de convocar a nadie. Sentían que habían tomado el porvenir en sus manos, por eso esos miles de miles estaban alegres, saludaban al palco con las manos, con pañuelos que se agitaban como flores, si se miraba desde arriba. Que poderoso es un pueblo movilizado!!!, pero mucho más cuando se siente seguro, alegre, agradecido y quiere decidir sobre quienes lo van a representar. No sintieron ese 22 de Agosto ni el frío , ni el cansancio, estaban , permanecían y sobre todo insistían.

Querían definir la compañera de fórmula que acompañaría al General Perón en las próximas elecciones. Querían consagrar la fórmula Perón – Perón. Lo hacían de esa manera, respondiendo a la convocatoria de la Confederación General del Trabajo. Ganando la calle, alegres porque se encontraban juntos, porque se reconocían, porque nuevamente se sentían un pueblo junto a su líder y a la compañera Evita. Ya enferma, pálida y flaquita. Con su voz ronca, que a veces se quebraba por la emoción, pero firme, leal, entera.

Todos en esa inmensa avenida , la más ancha, la que nombra la fecha de la Independencia, la primera , porque la segunda era la que protagonizaban junto a Perón y Evita. Todos sabían ”que la oligarquía, los mediocres, los vendepatria, todavía no estaban derrotados”, desde sus guaridas acechaban, esperando el momento de bombardear al gobierno popular.

“No fueron los sabios, ni los ricos, ni los poderosos , los que creyeron; fueron los humildes” recrea el Evangelio en ese atardecer de encuentro, de pasión, de entrega. Ella emocionada, temblorosa, entregada a su pueblo, protagoniza un diálogo único en la historia política argentina, cuando esos miles le exigen que conteste si va aceptar ser la vicepresidenta de la fórmula. Un diálogo, no monólogo, donde piden y exigen , ahora, no, ahora, hoy, no nos vamos, y se quedan, aguardan , esperan una afirmación, ella insiste que renuncia a los honores, no a la lucha, que siempre estará con ellos y con Perón. Pero para todos los allí convocados no es lo mismo, la quieren en el Gobierno. Y en ese pedir, exigir, en ese tratar de eludir una respuesta directa, la muchacha exclama casi sin fuerzas “Compañeros: como dijo el General Perón: ‘Yo haré lo que diga el pueblo’.”

En las sombras rogaban por que el cáncer avanzara rápido, que algo la borrara para siempre. Ya les llegaría el momento de ultrajarla, muerta, de desaparecerla, de injuriarla e inventar a “la mujer del látigo”, sin entender que también Jesús echó a los mercaderes del templo. Pero que alivio sintieron cuando ella por la Red Argentina de Radio Difusión, el 31 de Agosto de ese año informa su renuncia irrevocable al honor de formar parte de la fórmula presidencial. Y si ella guardó eterna gratitud hacia los miles que estuvieron ese 22 de Agosto, y en especial a la CGT, y a todos nos dejó su corazón. Es justo decir que sus acciones, su figura, su hacer se agigantaron y ennoblecieron aún más después de ese renunciamiento, ni un solo vestigio de egoísmo, de mezquindad o falta de grandeza pudo ser asociado a nuestra querida Evita.

Fuente: Télam

lunes, 22 de agosto de 2011

Leonardo Favio: Una sinfonía de sentimientos

Por Martín Piqué
El gran director de cine repasa su próximo proyecto, anuncia su intención de volver a cantar y habla de sus miedos, el dolor, la muerte, Dios y el sexo. Elogia a Cristina, recuerda a Perón, y exhibe el entramado de una historia que conmueve en cada respuesta y a pura carcajada. Con ustedes: Favio.
La historia de esta entrevista comenzó poco antes de que se cumpliera el primer aniversario de Tiempo Argentino. Este medio se comunicó con una asistente de Leonardo Favio. Pidió un reportaje con el actor, compositor, cantante y director de cine con la esperanza de que el resultado de la conversación –desde 2008 que Favio no da entrevistas a diarios– acompañara la edición por el primer año de este diario. El mendocino presentó ese año su última película, la bellísima Aniceto, una nueva versión de El Romance del Aniceto y la Francisca pero en clave de ballet. El pedido no se pudo concretar, pero la disposición del propio Favio, como también de su asistente personal Verónica Muriel, más la insistencia periódica propia de un periodista político que también es cinéfilo, permitieron que este cronista y el fotógrafo Mariano Vega pudieran llegar hasta el pequeño departamento de la calle Pasteur al 700 para charlar durante dos horas con el director de cine más importante de la Argentina.

El mendocino nacido en Luján de Cuyo, a sus 73 años, pasó un tiempo delicado de salud y todavía tiene que andar con cuidado. Hace un año estuvo internado por una fractura de cadera; hoy se cuida con bebidas energizantes y con el cariño incondicional que le prodiga Muriel, que está embarazada y también vive para el cine. Los dos forman un dúo con complicidades imposibles de desnudar. Se conocen de memoria. Y juntos reciben a Tiempo Argentino en un living austero, desordenado en el que predomina el color blanco. En una pequeña repisa se ven portarretratos que muestran a Favio con Diego Maradona (“a mi maestro motivador, con amor”, dice la dedicatoria del año 1987), con la presidenta Cristina Fernández y con el General Perón. En blanco y negro, la foto con Perón tuvo alguna difusión pública: el cineasta y cantante lleva sombrero con visera, su anfitrión, exiliado en Puerta de Hierro, está enfundado en un abrigo de estilo inglés.

Favio habla bajito. Se ríe mucho. Está contento. Se larga a contar sobre su próximo proyecto, la película en la que ya está trabajando: hace dos años que viene escribiendo el guión. Se trata de la historia de Margarita, una gitana con la que tuvo una historia de amor. “Una pendeja divina”, recuerda con una sonrisa pícara. La charla se prolongará por dos horas, con breves estallidos de risa o silencios para mostrar distancia o desagrado ante algún nombre propio mencionado por el periodista.

–En sus películas siempre aparece el tema de lo popular. Su próxima película, la historia de Margarita, como en su momento Soñar, soñar, volverá sobre el tema de los gitanos, las colectividades, el Parque Japonés…
–Margarita es una realidad en mi vida. Un día yo estaba corriendo en la plaza Las Heras, porque tenía la oficina enfrente. Tenía 40 años. Había retomado canto después de mucho tiempo, porque tenía contratos en el exterior, y estaba gordo, como estoy ahora. Entonces empecé a correr. Y un día, a la tarde, un grupo de gitanos y gitanas que estaban sentados en el pasto de la plaza, como se sientan ellos, me llaman a los gritos. “¡Che, Favio, vení!” Y cuando me acerco me dicen: “¿Te acordás de Margarita?” Yo casi me muero. A Margarita la había conocido cuando era una criatura. El metejón que me agarré me mataba. Y me contaron: “Ella siempre le decía al marido que el novio eras vos.” Entonces me enteró que ella guardaba todos los recortes de las revistas en las que yo aparecía y comencé a trabajar. “Siempre hablaba de vos.” “Se murió el año pasado en el hospital Fernández”, me contaron. Desde ese momento anduvimos llamando a todos lados, buscando datos, recabando información. El apellido era Traiko. Ella era de una familia muy tradicional de gitanos.

–Le pregunté sobre lo popular. ¿Qué es lo popular para usted?
– La gente que yo conozco. Los intelectuales que caminan por la misma vereda de la gente. Los obreros, los trabajadores, los panaderos. La gente. Y después está lo otro, que es el mundo que yo no conozco y que nunca me animaré a contar. Porque no sabría cómo hacerles colocar los cubiertos sobre la mesa. Las familias muy poderosas. Lo popular, en cambio, es la gente, la que transita.

–Usted es religioso, ¿qué es Dios para Leonardo Favio?
–El centro de todo, el origen de todo. Un artista debe tener a la izquierda a la gente, al centro Dios y a la derecha la estética.

–Esa es una definición que suele repetir, casi un latiguillo. ¿Qué significa “a la derecha, la estética y a la izquierda, la gente”?
–Significa que la gente esté más cercana al corazón. Mucho más que lo estético. Hay grandes pintores, algunos novelistas también que escriben muy bien…

–¿Borges?
–Borges escribió muuuuuy bien. Pero no hablemos de Borges que fue un ser muy especial. Vuelvo a lo que decía: esos pintores, esos novelistas, son fríos como los sapos, no saben que existe la gente. O cuando llegan a saberlo, ya son viejos.

–¿Eso se aprende, o se nace con ese don? Llegarle a la gente.
–No, eso viene con vos. Viene en tus genes. Pero también depende del círculo en el cual te formaste, de la elección de vida. Si hay algo que le pido a Dios, es amar todavía más a la gente. A los que no tienen posibilidades de ser escuchados. Estar con ellos. Caminar con ellos. No hay ningún misterio. Todo es cuestión de amor.

–En el cine, sin embargo, hay un misterio, una exigencia de la escena, de la imagen, de la poesía, que no se reduzca el mensaje a una posición ideológica previa.
–Claro. Yo no hago cine peronista. Yo soy un director de cine que además es peronista. Haga la película que haga, en algo tiene que demostrarse que hay amor. En algo. Porque yo no me puedo alejar de mi naturaleza. Luchar contra la naturaleza es imposible.

–¿Y la vida del hombre no es luchar contra la naturaleza?
–Nooo. Es tratar de empardar, ¿pero cómo vas a luchar contra la naturaleza? Es la creación misma, la sabiduría.

–¿Pero el paso del tiempo, que es uno de los grandes miedos de la humanidad?
–Yo no sé cómo piensan los árboles. Y tienen vida, y tienen inteligencia, se mueren de tristeza. Todo eso es parte de la vida. En la historia de la humanidad y de la Tierra hay más muertos que vivos. Entonces, a mí no me asusta para nada la muerte. Para mí es un gran interrogante, nada más. Lo que sí le temo, porque soy muy cobarde con el dolor, es a la humillación del dolor. En eso sí soy asustadizo. Los dolores me joden mucho. Mucho, mucho. Uno puede llegar a la traición por el dolor. Pero es jodidísimo. Pero bendito sea el que logra comprender todo eso.

–¿Cómo definiría la historia de Aniceto, sus dos mujeres y el gallo negro de riña? ¿Es una “fábula moral”, por el tema de la lealtad y la traición, por la pasión sexual por Lucía y el amor casi de niña de Francisca?
–La pasión te desborda. No tenés control. Creo se lo escuché decir ayer a Chávez. Y la pasión es dolor. Es un camino de dolor. En la historia, Aniceto tiene una obsesión tal con la Lucía, una ceguera tan grande, que no alcanza ver, o ya perdió el interés, por la inocencia de la chiquilina (por Francisca). Entonces se le cae el mundo. Y no hay nada que se compare al dolor de lo de Lucía. Nada.

–Al dolor de que esté con otro.
–… (Sonríe y afirma).

–¿En su vida hubo Lucías y Franciscas?
–Y sí, pero no tantas. Porque además yo he sido muy boludo (ríe). Me gustaba jugar al monógamo.

–¿Se arrepiente de la monogamia?
–No. Yo creo que el hombre es monógamo porque es cagón. Porque la naturaleza manda a que vos tengas muchas hembras, porque en todo es así. Y la pasión, el amor o el dolor, por uno o por otro, y más fuerte en una que en otra, se va a dar igual. Pero con naturalidad, no trampeando, llegando tarde a la oficina… Y entonces tenés tres, cuatro o cinco, o lo que te de el bolsillo y la personalidad. No. Yo he sufrido mucho.

–¿Por amor?
–Sí, a mí siempre el amor siempre me costó muchas lágrimas. Muchas.

–Otro de los grandes temas de su obra es el peronismo. Viendo las últimas escenas de Sinfonía del Sentimiento, esa despedida de Perón, quería preguntarle qué escenas, qué imágenes de su cine, resumen lo que significa el peronismo.
–Evita en su discurso de despedida ante la Plaza de Mayo, posterior al renunciamiento. Cuando está por morir. Cuando dice “si yo no llego a estar, si Dios no me devuelve la salud, cuídenlo”. Eso me parece el discurso más militante. Porque Perón era un filósofo, un grande, un inalcanzable. Tenía veinte cerebros. A uno se le hacía imposible llegar a esas esferas. Pero vos escuchabas a Eva y era tu parte.

–Usted es un obsesivo de los planos. Están las anécdotas de gente que ha trabajado con usted de cortar una copia casi en el último momento. Eso habla hasta de una pasión por la imagen, como todo cineasta.
–Locura por la imagen.

–¿Qué escena elegiría de sus películas para retratar al peronismo?
–La reunión de Gatica con Perón y Evita en la cama. Porque Gatica es la síntesis del pueblo. Y está al lado de los dos. Entonces se turba y no sabe como reaccionar frente a esa imagen de Perón y Evita en la cama. Y Perón se lleva un dedo a la boca y le dice “shhhh”. Le pide silencio. Está más allá. Yo diría que ésa es una escena peronista.

–Vamos a otro gran tema, el sexo. En un reportaje de 2007 usted dijo que, a los 20 años, “sufría mucho cogiendo” porque le quedaba un gran vacío. ¿Tuvo algún conflicto con el sexo?
–Era un animalito. Muy simple. Nada conflictivo. Hacíamos campeonatos, nos reuníamos cinco o seis vaguitos en el río, y jugábamos a ver a cuál se le iba más lejos. No fue para nada conflictivo.

–¿Y estar con una mujer?
–Fue hermoso. La primera mujer con la que estuve fue una a la que le decían “la boliviana”. Venía cada tanto a Luján. Vivía en Mendoza, era bonita. Yo le conseguía los clientes. Me acuerdo que me dijo “lo único que no permito es que me besen en los labios, porque eso es de mi hombre”. Yo nunca he tenido conflicto con el sexo. ¿A qué llamás conflicto?

–Al dolor, a no pasarla bien.
–Ah, sí. Y sí. Y sí. Hay que tener mucho huevo para enamorarse. Hay que ser muy insensato.

–Cuando recuerda sus años de infancia, esa infancia dura allá en Mendoza y ve hoy a los pibes abandonados, en medio de la pobreza más dura, ¿qué piensa?
–Yo eso ya lo vi cuando estuve por Centroamérica o en Colombia, en tantos lados, en México. Era algo cotidiano. Por eso, cuando volví a la Argentina recién eran los comienzos de esa situación… Porque en la Argentina esa realidad antes no existía, al menos en esa dimensión. Imaginate que antes, a un pibito, porque vendía flores en la calle le hicieron un tango, Chiquilín de Bachín.

–Ya era mucho, en esa época, que un pibe vendiera flores en la calle.
–Sí. Y ahora ves esta situación. Es la droga. Es la droga. Y cuando se metió, es imparable. Y se la meten a los niños, a los pibitos, y los van perdiendo. Es muy jodida la calle.

–¿Por qué?
–Es jodida. Y ellos son tan poderosos, un niño es tan poderoso, que no tiene sentido ni del riesgo ni de nada. El que consiga parar la droga… pero no sé cómo van a hacer, porque son tantos los millones de dólares.

–El mismo peronismo que había cuidado de los pibes con la Fundación Eva Perón fue el que, en los ’90, los arrojó a la calle con el neoliberalismo.
–Sí, pero ahora el trabajo es tanto… No te olvides que este gobierno recibió todo podrido. ¿Te das cuenta? El salvataje que se está haciendo es hasta dónde se puede. Porque te desborda. Hay una honda preocupación por eso. Y lo van a llegar a controlar. Hay que darle tiempo al tiempo.

–¿Votó en las Primarias?
–Por supuesto.

–¿Se puede saber a quién?
–¿Eh? Es voto cantado ya. Si no me querían dejar entrar (ríe).

–¿No lo querían dejar entrar a la escuela?
–Claro. “No, es voto cantado, usted no puede entrar acá”, me dijeron en broma (N. de R.: su asistente, Verónica, se ríe a carcajadas; Favio también).

–¿Y cómo vio el resultado?
–Y… estamos un poco tristes. Yo le tengo mucho miedo a la Carrió (ríe otra vez).

–¿Le gusta Cristina como presidenta?
–Me gusta como todo. Como presidenta y como mujer, es una belleza. Además, es un ser humano de una inteligencia, un talento y una capacidad para expresar lo que siente que te infunde un poco de… Arrugás ante ella. No es fácil.

–Un varón peronista que arruga… quién diría.
–Y, es que arrugás, porque frente a semejante personaje... Te inhibe. Además, ella te canta todo lo que va a pasar. Mirá lo que les está pasando a estos atorrantes de los gobiernos italiano, francés, inglés… Es vergonzoso cómo se manejan las Naciones Unidas. Pero la juventud los va a hacer mierda. Porque ya salió. Y a la juventud no la parás con nada. Cuando se suben a la moto, se suben a la moto. Y ahí van los medios que están diciendo lo que ocurre con los españoles. Se están animando, y cada vez más, y se multiplican. Porque hasta hacen el amor mejor luchando, participando. Porque son jóvenes.

–Hablando de lo que le acontece a la juventud. Le quería preguntar por un hecho que aparece en todas sus biografías, insoslayable, que es su participación en Ezeiza durante el retorno de Perón.
–¿Lo de Ezeiza? No, no me interesa hablar de eso.

–¿No quiere hablar de eso?
–No. La juventud en todas las épocas se jugó. No es nuevo. Es lógico. Es como el árbol, cuando es joven es vigoroso. En mis charlas con los jóvenes, yo los escucho con atención. Y pueden decir una boludez, porque no tienen un speech preparado para nada, son vírgenes, pero de ellos sale una verdad, una fuerza, una rebelión que llega un momento en que arrugás frente a los pibes. Y te agarra cierta vergüenza porque ya no podés mandar con ellos a la par. Te agarra envidia de tener vigor, de ser joven, de estar con ellos gritando.

–Volviendo al cine, repasaba declaraciones suyas en las que se diferenciaba de la generación de cineastas del ’60, que tomaban al cine francés como modelo. Si usted tuviera que mencionar directores que han sido puntales en su filmografía. Que los ha seguido con atención, que los ha admirado. ¿Quiénes son?
–Obviamente, Orson Welles. Es único e irrepetible. Ni siquiera él se pudo repetir. Y acá hubo gente muy talentosa. David Kohon, que está olvidado. Y ahora hay cineastas maravillosos, como Jorge Gaggero, el de Cama Adentro o Vida en Falcon, que es un monstruo. Después, los de El Hombre de al Lado (por Mariano Cohn y Gastón Duprat).

–¿Cómo se lleva con la radio y la televisión?
–Hay gente que está trabajando en eso. (N. de la R.: se refiere a la Ley de Medios). Porque hoy estamos viviendo los últimos estertores de este sistema. Además, al frente de esa lucha está un pibe que es muy brillante

–¿Quién?
–Gabriel Mariotto. Es brillante.

–¿Le gusta Mariotto? ¿Qué le gusta?
–Todo. Tiene mucha calle, tiene mucha lectura y tiene mucha convicción. Es más rápido que un jet.

–¿Cuáles son sus proyectos con la historia de Margarita, la gitana?
–Hacer esta película. Y si Dios me da fuerzas y voluntad volver a la canción. Tengo muchas propuestas para cantar.

–¿Le gustan los homenajes o lo ponen incómodo?
–Me ponen muy incómodo. Hay cosas que te gustan, que te honran, y otras no tanto. Yo suelo decir que llegué a todo esto por la ventana. Y encuentro una devolución muy linda pero otras situaciones me ponen incómodo. La honra más grande que tuve en mi vida fue haberlo conocido a Perón. Haber estado con Perón.

–¿Cuál es la anécdota compartida con Perón y que lo pinta de cuerpo entero como político y como persona?
–En 1973, él me invitó a la casa, allá en España, en Puerta de Hierro. Y yo, papanata de mí, tardé mucho en arreglarme y bañarme, y llegué como veinte minutos tarde. Cuando llegamos, Perón estaba en la puerta de la quinta, donde había una casilla con un policía de custodia. Y cuando me vio, dijo: (N. de R.: Favio imita la voz de Perón) “oh, caramba, creí que les había pasado algo”. “No, mi general, sólo llegué tarde”. Y después, la verdad, no sé cómo pude llegar hasta la casa y sentarme. Eran veinte toneladas de sabiduría y de amor que caminaban a mi lado. Era un tipo muy dulce. Comprensivo. Yo no le hablé de política, aunque podría haber dicho varias boludeces tranquilamente, porque él siempre disimulaba si estaba escuchando una pavada: era un campeón. Entonces, me puse a hablar de capar los chanchos, porque yo lo había aprendido en las escuelas técnico–agrícolas, que eran granjas, a la que había ido de pibe y que habían sido fundadas por él. Yo sabía mucho de gallinas. Y a él le gustaba. De las blancas, de las Leghorn, que son más ponedoras. A Perón le gusta mucho todo eso. Y además, eran las granjas que había hecho él, era una de las tantas medidas que había dejado su gobierno (ríe).

–¿Y Perón había visto sus películas?
–No.

–¿No era muy cinéfilo?
–Nooooo. Sí, en cambio, había escuchado la canción que yo le dediqué. (N. de la R.: se refiere a “Estoy orgulloso de mi general”). Mucho. A mí me daba pudor que los políticos vieran mis películas. Porque se dormían. Me acuerdo que fui con el doctor Cámpora al estreno de Juan Moreira. En el cine estaba Gelbard a un costado mío, divino el ruso, y Cámpora del otro. Y a los cinco minutos, cuando apagaron la luz, Cámpora ya estaba roncando (N. de la R: imita el ruido del ronquido y ríe). Entonces yo lo moví un poco para que dejara de roncar: era un papelón que un invitado así, que estaba por asumir la Presidencia de la Nación, se durmiera en la avant–premiere.

–¿Hay algún tema del que le gustaría hablar que no hayamos hablado?
–No, está bien.

–Luis Majul le preguntaría si es feliz o si tiene miedo…
–(Ríe aparatosamente, su asesora se suma a la carcajada). No tengo miedo.

21/08/11 Tiempo Argentino

domingo, 21 de agosto de 2011

22 de agosto, de 1972 a 2011. Un homenaje a 39 años de la masacre desatada en la base Almirante Zar de Trelew bajo el gobierno de Lanusse

Por Miguel Russo

Miran al frente, en fila, serenos. No miran la cámara que los fija para siempre en esa fila. Las armas descansan a sus pies como si fueran juguetes rotos. Son juguetes rotos. En el piso, las armas forman otra fila. Duplican otra fila, la de ellos. Serena, la fila, en el piso, pero rota. La otra, la que forman ellos, no. Ellos están ahí porque deben estar ahí. No eligieron la fila: ni la que forman serenos ni la que duplican, rota, sobre el piso. Ellos habían elegido ser una sola montaña, dos filas que se anudaran para buscar otras formas. Serenas, quizás, las formas, pero no rotas. De eso están seguros. Esa fila no, esa duplicación de la fila no. Miran y saben que son mirados. Lo saben aunque no fijen su mirada en la cámara. No tienen tiempo para cámaras. Tiempo. En esos tiempos que corren, las generaciones no tienen tiempo para mirar las cámaras. Esa generación no tiene tiempo. Nadie les regaló tiempo. Lo están buscando, quizás.
Por la forma en que miran, serenos, en fila, dan la sensación de estar haciendo ese tiempo. De estar llevando un tiempo para adelante. Tal vez no lo sepan, pero lo están logrando. De la peor manera, esa fila que mira al frente se transforma en imagen de un tiempo que ya está prefigurado de antemano. Un tiempo que no es el que esa fila estaba haciendo. Un tiempo en que las filas, ya no serenas, duplicadas hasta el infinito, van a estar irremediablemente rotas. Quizás tenga razón Susan Sontag cuando dice que el tiempo existe para que le sucedan cosas. Quizás tenga razón cuando dice, también, que el espacio existe para que esas cosas no le sucedan todas al mismo tiempo.
Quizás en esa fila, en esa imagen de la fila, esa fila serena que mira al frente, se unan todo el tiempo y todo el espacio. Como si todas las cosas les sucedieran a todos durante todo el tiempo. Y a lo mejor es así ese 15 de agosto de 1972.

El 22 de agosto de 1972, María Antonia Berger está a punto de morir. Dicen que a todos los que están a punto de morir le suceden miles de escenas en la cabeza. Amores, infancia, mascotas, juegos, fragmentos de charlas, olores, calles, sonrisas. A María Antonia Berger le pasa eso. Y no es dolor, es bronca. No le duele el estómago reventado por una ráfaga de ametralladora. Le da bronca que esa mancha roja le manche más de rojo el pulóver rojo. No le duele la mandíbula partida por el balazo con el que el cabo Marandino quiso rematarla. Le da bronca no poder hablar, gritar, mandar a la mierda al cabo. Por el pasillo angosto, sucio, que separa las dos hileras de celdas, caminan dos sombras. Esas sombras son el capitán Luis Emilio Sosa y el teniente Roberto Guillermo Bravo. Una de esas sombras, Sosa, quiere olvidarse de todo y grita como un chico malcriado. “Fue Pujadas –grita–, fue una fuga. Quisieron sacarme el arma, una fuga, Pujadas.” Grita, Sosa, la sombra que es Sosa, que siempre va a ser Sosa. Grita con voz aguda la sombra. Una voz que le cambia a ronca cuando dice, ordena: “una fuga”. María Antonia Berger quiere guardarse las escenas de los amores, de la infancia, de las calles, de los olores, de las charlas, de las sonrisas. Cierra los ojos fuerte para que esas imágenes no se le vayan, no la dejen ahí, sola, tirada en el piso de una de las celdas. “Pucha”, piensa María Antonia Berger mirándose el pulóver rojo roto. “Me muero”, piensa. Y no es el dolor, es la bronca la que la hace mojar su dedo en la mancha roja. Esa mancha roja que tiñe más de rojo todavía los bordes del pulóver roto. Y con el dedo manchado de rojo escribe en el piso “lomje”. “Lomje”, escribe con bronca, con todas las escenas en la cabeza: libres o muertos, jamás esclavos.
Después, como en un sueño, escucha que llega un juez, que ese juez pregunta qué es todo eso y que la sombra de Sosa, esa sombra que Sosa será para siempre, repite, ordena, dice: “una fuga”. María Antonia Berger escucha, como en un sueño, que el juez manda buscar una ambulancia. “Urgente”, escucha Berger desde su sueño. La sombra que es y será Sosa putea de costado, como escupiendo la puteada, y le hace una seña a la otra sombra que es Bravo para que cumpla el pedido del juez. La sangre se va secando en el piso de la celda, al lado de María Antonia. “Lomje”, lee, apenas, como si el sueño siguiera, María Antonia Berger. Entonces, sin dolor, con bronca, se queja para que alguien sepa que está viva. Que las escenas no la dejaron sola.

Dicen, y dicen los que saben, que esos no eran tiempos de calma. Dicen que eran tiempos de pasión, violentos como toda pasión. Ideológicamente violentos, apasionados. Al radical Arturo Illia lo había derrocado un golpe militar en 1966. Las fotos de los diarios de 1966 mostraban a un Illia abrumado mientras era sacado de la Casa de Gobierno como si se tratara de un mal sueño, de un alumno medio travieso al que hay que disciplinar para que aprenda. Illia debía aprender que con los medicamentos no se juega. O, mejor, que con los dueños de los laboratorios que venden esos medicamentos no se juega. Mejor aún, que con las multinacionales de la salud no se juega. Como con ninguna multinacional. Juan Carlos Onganía, un militar que calzaba bigote y fascismo con igual prestancia, iba a ser el encargado de enseñarle. Y, de paso, enseñarle también al país que las ideas raras se solucionaban con una buena dosis de bastonazos. A Onganía, su bigote y su fascismo, lo sucedió otro militar, un azorado Roberto Marcelo Levingston. Un Levingston anodino que poco y nada sabía del asunto, pero que cumplía solícito con los mandatos del palo y el capital. Un Levingston solícito que, solícito como siempre, dejó paso a otro militar, liberal, esta vez, Alejandro Agustín Lanusse.
Dicen, y dicen los que saben, que en 1972 Lanusse peleaba contra un exiliado Juan Perón en la búsqueda de una solución democrática (y los que saben, cuando dicen democracia, le ponen comillas a la palabra) al candombe del país. Dicen que para Lanusse, el candombe del país tenía una pata fuerte en las organizaciones guerrilleras que combatían a su gobierno. Poco le importaba a Lanusse que esas organizaciones fueran de distinta raíz ideológica. Para un militar liberal, argentino y liberal, le da lo mismo el socialismo que el peronismo, el maoísmo que el marxismo, la v corta o el puño en alto. Para un militar liberal, argentino y liberal, las organizaciones guerrilleras –y los que colaboran con ellas, y los que simpatizan con ellas, y los que conocen algo de ellas, y los que no saben nada de ellas, y los que desconocen todo sobre ellas– son el enemigo. ¿Qué le importaba a Lanusse –ese militar liberal y argentino– si las diferencias entre esas organizaciones guerrilleras tenían como centro de todo al hombre que desde 1945 era protagonista principal de la política nacional? ¿Qué le importaba a Lanusse –militar argentino y liberal– cómo caracterizaban las organizaciones guerrilleras a Perón y su justicialismo? Eran el enemigo. Un enemigo que atentaba contra su sueño de enquistarse en el gobierno a través del Gran Acuerdo Nacional. Un acuerdo que jugaba todas las cartas al aislamiento de las organizaciones guerrilleras. El enemigo. Y dicen, los que saben, que para un militar liberal y argentino, el verdadero enemigo, que puede estar detrás de las organizaciones guerrilleras, es la pérdida del poder.

A Rawson, en Chubut, la rodea el desierto. Buenos Aires le queda a mil quinientos kilómetros. Lanusse y su junta militar, que pisa en Buenos Aires y a Buenos Aires, pisa también a Chubut y a Rawson. Pero Rawson no es Buenos Aires, no es ese sueño raro que muchos llaman Buenos Aires. Rawson es otro sueño, tan o más raro que otras ciudades. Un sueño cercado por la nada. Y hacia esa nada Lanusse manda lo que no quiere que exista. Lo que Lanusse, con su poder, decide que no exista va a parar ahí: sindicalistas, guerrilleros, presos políticos, sueños que no son. O, mejor, que para Lanusse y su junta militar liberal y argentina no deben ser. En esa nada, allá por abril de 1972, hay más de doscientos sueños que no deben ser. Sueños que rodea el desierto. Los que viven en ese sueño llamada Rawson ven llegar a esos sueños que no deben ser. Saben que Lanusse los mandó ahí para aislarlos del país entero. Pero saben también, y la repiten, una verdad atroz para cualquier militar liberal y argentino: “la taba le salió culo”. Ahora, esa nada llamada Rawson se transformaba en parte de esa nada llamada Argentina. “La taba le salió culo”, dicen los pobladores de ese sueño. Lanusse no, Lanusse dice que desde ahí es imposible escaparse. Liberal y militar, desconoce una regla de oro de la cárcel: el detenido tiene un solo objetivo, un solo deber, escaparse.
En eso piensan los más de doscientos sueños que, para Lanusse, no deben ser.
El plan tarda meses en estar listo. Pero en la cárcel hay tiempo. Y el tiempo se aprovecha pensando, discutiendo, planeando. Dicen: aprovechándolo. Los seis sueños que dirigen la operación para fugarse son las cabezas de tres organizaciones guerrilleras distintas. Hay marxistas como Mario Roberto Santucho, Domingo Mena y Enrique Gorriarán Merlo. Hay marxistas-peronistas como Roberto Quieto y Marcos Osatinsky. Hay peronistas como Fernando Vaca Narvaja.
Sueñan demasiado para no ser. Sueñan que consiguen un uniforme de oficial del ejército y lo consiguen. Sueñan que consiguen algunas armas cortas y las consiguen. Sueñan que hacen con jabón y con madera otras armas de juguete y las hacen. Y las armas de juguete son más reales que las de verdad. Todo es posible cuando sueñan.
Desde afuera, desde esa nada que los rodea, sueñan que van a llegar camiones y autos para sacarlos de ahí. Y saben que afuera, donde se pueden conseguir camiones y autos, también se sueña. Y siguen soñando que un avión los va a sacar del país, de ese mal sueño que muchos llaman, en 1972, Argentina. Sueñan, esos sueños que para Lanusse no deben ser, el orden de fuga de los distintos grupos: seis primero, diecisiete después, ciento veinte por último. De Rawson a Trelew, al aeropuerto. De Trelew a Chile, ese sueño socialista que Salvador Allende hacía llamar, con mayúsculas, Chile. Y, desde allí, continuar el sueño que desvelaba a Lanusse y a todos los militares liberales y argentinos.
Todo había sido soñado por esos sueños que no debían ser. Todo, menos un almuerzo, justo ese almuerzo del martes 15 de agosto.
–Hace meses que comemos cordero, Roby –le dice, inquieto, Gorriarán a Santucho–. ¿Justo hoy tenían que darnos asado de vaca?
–Puro pedo, Pelado, puro pedo –lo calma Santucho–. Pero no comamos demasiado, vamos a tener que correr bastante.
Otro sueño que no debía ser para Lanusse, el dirigente sindical Agustín Tosco, preso como si pudiera estarlo alguna vez, come como siempre. “Yo no voy con ustedes”, dicen que dijo Tosco. “Estoy a favor de la fuga, pero a mí sólo puede liberarme la lucha popular”, dicen que dijo Tosco. Y debe haberlo dicho, nomás, porque mientras lava su plato de aluminio, hace un gesto breve, sonriente, deseando suerte a esos otros sueños que se preparan para ser a pesar de Lanusse.
Las seis y media de la tarde es una hora como cualquiera para soñar que se es y empezar a serlo. Las seis y media de la tarde de ese 15 de agosto es la hora en que empieza todo, en que el torbellino se pone en marcha. Es la hora en que Marcos Osatinsky sueña y da la orden de empezar a ser. Una hora después, el penal de Rawson sigue rodeado por el desierto, pero ahora tomado por los presos que esperan los coches para irse.
Los presos comunes, las manos aferradas a los barrotes, sonríen en silencio mientras ven pasar a ese grupo de sueños que se van para ser. Tosco sonríe en silencio, las manos aferradas a los barrotes como los demás. Sueñan los presos comunes en esos sueños. No saben cómo explicarlo, pero alientan esos sueños en silencio. Cada uno piensa en el sueño de manera distinta, personal, sólida. Esos sueños se les hacen realidad, toman formas, se hacen cuerpos. Y, como cuerpos, se hacen sueños que se van para ser. Y las manos aprietan un poco más los barrotes. Ninguno habla, ninguno dice nada. Saben. Pero una equivocación de señales, una mala interpretación, una de esas cosas que en los sueños por ser pueden suceder, sucede. No todos los vehículos entran a la cárcel. El primer grupo de seis sale en el único auto que entró.
El segundo, ahora de diecinueve, llama tres taxis desde la cárcel fingiendo un traslado de oficiales. Los otros ciento veinte vuelven a los pasillos, la vista de los presos comunes en el piso, las manos aferradas aún a los barrotes, en silencio, sin decir nada, con el sueño un poco machucado. Y mientras el primer grupo llega a tiempo al aeropuerto para abordar el avión controlado por otros guerrilleros, el grupo de los taxis se demora.
Cruzan la ciudad, haciendo el recorrido más largo, para evitar la base naval Almirante Zar. Uno de los coches se retrasa, los que viajan en los otros dos deciden esperarlo. Ninguno llega a tiempo. El grupo de diecinueve prófugos toma el aeropuerto, pero ya no hay avión. Ni el que se fue, ni ninguno que vendrá. Entonces, piden la presencia de un juez, de abogados, de médicos y de periodistas para entregarse a las tropas que, al mando del capitán Luis Emilio Sosa, ya rodeaba la estación aérea.
La cámara de televisión que llega al lugar y transmite, lo muestra. Sosa, una sombra con ropa de combate y casco en la nuca, grita como un chico malcriado, da órdenes, se enfurece ante dos jóvenes: Mariano Pujadas y Susana Lesgart. Lesgart, para peor, lleva un fusil en las manos. “Un fusil en las manos de una mujer –piensa Sosa, la sombra de Sosa–. Eso es un ultraje a la Armada.” No piensa más y grita, Sosa, no sabe hacer otra cosa que gritar. Pujadas, a menos de un metro de distancia, lo mira fijo: “Calma. Hablemos como personas. Vamos a rendirnos y volver al penal de Rawson, pero sin gritos”. Entonces los diecinueve forman la fila, miran al frente, serenos. Forman una fila duplicada con las armas en el piso. La cámara dispara, está la foto, y ellos siguen mirando de frente.
Sosa, a pesar de “su victoria”, sabe, comprende, y comprender lo enfurece, que lo están dejando como un pelotudo frente a su tropa.
Había un pacto, pero se rompe. En lugar de volverlos a Rawson, los 19 prisioneros son trasladados a la Base Aeronaval Almirante Zar, en Trelew. Había una determinación: Lanusse, mal parado por la fuga de lo que el suponía esa nada de la cual ningún sueño que no debía ser podía escaparse, decide el “escarmiento”. Trelew, Rawson, Buenos Aires, Chile, el mundo entero sabrá de lo que es capaz un militar liberal y argentino. Sosa, esa sombra que es y será siempre Sosa, va cumplir una orden, claro, pero también se va a dar un gusto.

Con el lenguaje despiadado de todos los comunicados oficiales, Lanusse dice, manda decir, más o menos, que en la madrugada del 22 de agosto de 1972 se produjo un nuevo intento de fuga de los guerrilleros que habían querido huir el día 15. Con el lenguaje brutal de todos los comunicados oficiales, Lanusse dice, manda decir, que durante una requisa de rutina a las tres y media de la madrugada del 22 de agosto de 1972, Mariano Pujadas reduce al capitán Sosa (y el comunicado no habla de la sombra que es Sosa) y le arrebata su pistola ametralladora. Con el lenguaje torpe y mentiroso de todos los comunicados oficiales, Lanusse dice, manda decir, que luego, con Sosa como escudo y Pujadas disparando, todos los guerrilleros avanzan contra la guardia. Quiere hacer creer Lanusse, con el lenguaje despiadado, brutal, torpe y mentiroso de todos los comunicados oficiales, que los guerrilleros avanzaron hacia los disparos de los marinos que custodiaban la única salida del único y estrecho pasillo en el que estaban las celdas. Dice, el comunicado oficial y su lenguaje, que hubo once muertos de manera inmediata. Calla que tres más murieron desangrados y sin atención a las pocas horas de los disparos. Y que tres sobreviven con varias balas en su cuerpo.
María Antonia Berger era uno de esos sobrevivientes. Sosa, la sombra que es y será para siempre Sosa, camina por el pasillo gritando que se trató de una fuga. María Antonia Berger no siente dolor, siente bronca y mira cómo se ensancha la mancha roja en su pulóver rojo. Cierra los ojos para que no se le vayan las escenas: amores, infancia, calles, olores, charlas, sonrisas. Escucha algo, escucha la palabra “ambulancia”, se queja para que sepan que está viva.
Sobrevivirá, junto a los otros dos sueños que para Lanusse no deben ser, unos años más, hasta que otros militares, tan de bigote y fascismo como Videla, tan liberales y argentinos como Lanusse, decidan que no tenga razón Susan Sontag, aunque no la conozcan ni sepan lo que dice, cuando dice que el tiempo existe para que le sucedan cosas. Que no tenga razón cuando dice que el espacio existe para que esas cosas no le sucedan todas al mismo tiempo.
Porque quizás en esa fila serena que mira al frente se unan todo el tiempo y todo el espacio que iba a venir. Como si todas las cosas les sucedieran a todos durante todo el tiempo que iba a venir. Como si esa fila serena, que mira al frente, que duplica otra fila de armas en el piso, como rotas, siga marcando el inicio de algo que nunca debió ser.

Reconstruirán la unidad básica “el peronista combatiente”

La vieja casona de los Lizaso cuenta con murales de época, afiches y pintadas en los que se recuerda a combatientes de la resistencia peronista y Montoneros. La provincia garantizará la restauración y su transformación en un museo.
Por MARTÍN PIQUÉ

Desde afuera se ve una casona de dos plantas, tapiada en todo su perímetro, con un patio descubierto que da justo a la esquina de la Avenida Mitre y Malaver, partido de Vicente López. La casona perteneció a la familia Lizaso, un apellido de raigambre peronista. A partir de 1973, con el triunfo de Cámpora, esa casa familiar –parecida a tantas otras del Conurbano– se convirtió en la Unidad Básica “El Peronista Combatiente”, espacio de reunión de agrupaciones estudiantiles y sindicales que dirigían los hermanos Jorge y Miguel Lizaso.

El viernes, a casi 40 años de aquel ’73, con la casona en pie y convertida en un signo de época –en sus paredes aún se pueden ver afiches de Montoneros y de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), recuerdos a los caídos o impactantes consignas como “en una Revolución se triunfa o se muere”–, el gobierno de la provincia de Buenos Aires comenzó las obras de restauración para convertir lo que supo ser una Unidad Básica en la Casa de la Memoria y Resistencia Jorge “Nono” Lizaso.El nuevo espacio de la memoria tendrá cobertura legal. Pasará a ser administrado por una comisión integrada por los vecinos que, desde 1998, se organizaron para resguardar el patrimonio. El viernes, en el acto en el que se anunció el inicio de la restauración, estuvo el escribano adjunto de la escribanía general bonaerense, Luciano Scatolini. El funcionario entregó la escritura con la compra de la propiedad a nombre de la gobernación.La Casa de la Memoria llevará el nombre de Jorge Lizaso, miembro de la JTP y un militante muy conocido en la zona. Los Lizaso eran una familia identificada con el peronismo. Su padre, Pedro, había sido el primer intendente de Vicente López; uno de sus hermanos, Carlos, fue fusilado en 1956, durante el alzamiento del general Juan José Valle. Jorge y su hermano Miguel ingresaron en Montoneros a principios de los ’70. Jorge fue secuestrado y asesinado en la ESMA. Miguel murió en un enfrentamiento.

El caserón de Malaver y Mitre, la avenida que marca el límite entre Florida y Munro, guarda tesoros que lo hacen único. Es un monumento histórico. En sus paredes se ven pintadas con aerosol que recuerdan a Felipe Vallese y a Sabino Navarro; leyendas que identifican a los ocupantes de la casa con Montoneros; afiches de 1973 que denuncian el asesinato de Manuel Belloni y Diego Ruy Frondizi y que convocan a un homenaje en un club de Rincón de Milberg a dos años del crimen. Belloni y Ruz Frondizi militaban en la JP. Fueron asesinados por la Policía Bonaerense. La actriz Victoria Onetto, reconocida en el ambiente del cine, es hija de Belloni.

El viernes, en el inicio de las tareas de restauración –se colocaron pilotes para impedir el derrumbe–, una multitud se concentró sobre la calle Malaver. El clima era de alegría, todavía resonaban los cantitos por el triunfo de Cristina en las primarias. Entre la gente se veían a militantes y vecinos que trabajaron por la preservación del patrimonio de la vieja Unidad Básica, como Justo Pereyra y Alejandro “Gringo” Cabilla. Pereyra y sobre todo su mujer, Victoria “Lita” Artola, fallecida en 2007, militante histórica que llegó a ser diputada nacional, fueron verdaderos artífices de la preservación de la casa familiar de los Lizaso.Para dar inicio a la restauración se organizó un acto en el que participaron la ministra de Infraestructura bonaerense, Cristina Álvarez Rodríguez; la diputada Diana Conti; el secretario general de La Cámpora, Andrés “Cuervo” Larroque; los dirigentes Edgardo Binstock y Alfredo “Loby” Antonuccio –ambos con pasado montonero–, y el dirigente de la JP Evita y candidato a diputado Leonardo Del Grosso. Entre tantos peronistas también hubo lugar para el anfitrión, radical él: en el palco estuvo el intendente Enrique “Japonés” García.

De largo compromiso con la protección de la ex Unidad Básica, la diputada Conti festejó que la casona –que estuvo a punto de ser demolida– se convierta en un “espacio para la memoria, interactivo, que funcionará por el trabajo de los vecinos”. Desde el micrófono, el secretario general de La Cámpora ubicó a Néstor Kirchner, a Hugo “Turi” Perié y al “Nono” Lizaso como parte de una continuidad histórica, en la que también ubicó a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. Larroque definió a la casa de los Lizaso como “un túnel del tiempo que conecta a la militancia con las luchas más valientes y valerosas del pueblo argentino”.

Sobrina nieta de Evita, Álvarez Rodríguez aseguró que la Casa de la Memoria será “un hito de la memoria de la vida cotidiana de aquella época (por los ’70)”. “Los Lizaso eran gente común que ponía todo de sí por la causa del pueblo. Esta era una casa peronista, en el primer piso vivían ellos y abajo militaban”, dijo la ministra en diálogo con Tiempo Argentino.